“Don Juan, un musical a sangre y fuego” irrumpe con fuerza en el panorama del teatro musical. Una apuesta arriesgada que busca conciliar pasado y actualidad, lo divino y lo profano. Sin apenas modificaciones en el texto original, esta nueva producción mantiene el contenido, pero modifica de manera radical el continente. De esta forma, se busca llegar al público del siglo XXI sin decepcionar a los amantes de los clásicos.

Se suele decir que la música amansa a las fieras, pero ese no será el caso de este fantástico musical que se estrena este 5 de octubre en el teatro De la Luz Philips, en la Gran Vía. Lejos de calmar al espectador, esta nueva versión de la obra de José Zorrilla lo sumergirá desde el mismo comienzo en un mundo de pasiones, apuestas, venganza, lucha,  arrepentimiento, llanto y risas que hará imposible pensar en nada más que en lo que ocurre allí durante las aproximadamente dos horas que dura la función.

El célebre personaje del Don Juan forma parte de la sabiduría popular desde hace más de cuatro siglos. Todos hemos oído hablar de él, y más de una vez lo hemos visto reflejado en personas reales. Seductor, temerario e incapaz de atenerse a norma alguna, se materializó por primera vez en la mítica obra de Tirso de Molina, “El burlador de Sevilla”. Doscientos años más tarde Zorrilla estrenaba en el madrileño Teatro de la Cruz “Don Juan Tenorio: drama religioso-fantástico-romántico”. Harían falta casi otros dos siglos más para transformar esta obra en un verdadero musical al más puro estilo de Broadway. Desde la música hasta la escenografía, la sutil unión y coordinación de todos  los elementos teatrales convierte a este musical en un todo indivisible.

Tras más de 25 años embarcado en este proyecto compositivo, Antonio Calvo demuestra una vez más su gran habilidad para describir a través de la música multitud de escenarios, situaciones y emociones, que no dejará a nadie indiferente. Desde el auténtico swing, pasando por el rock, el blues,  el jazz y las baladas propias del pop,  hasta cantos fúnebres, piezas angelicales, arias de ópera y auténticas bandas sonoras. Sin pasar por alto la importante presencia del folklore andaluz, ya que encontramos ritmos y cadencias propias de los tablaos flamencos. Pocos son los musicales que engloban tantos estilos diferentes de una forma tan original.

 El compositor asocia la música contemporánea  popular, donde predomina el bajo, la batería y  la guitarra eléctrica,  con las escenas que inducen al pecado y con las situaciones profanas. Son los personajes más impíos y pecaminosos los que poseen voces rasgadas y potentes, como el caso de don Juan o Brígida, y es justamente en burdeles y tabernas donde aparecen estos estilos. Por el contrario, la música más culta, suave y angelical, donde predomina el ritmo lento e instrumentos más delicados,  será la que se asocie con las situaciones de paz y los personajes más puros. Es el caso de la dulce voz de doña Inés o de las baladas de amor que reflejan la pasión contenida de los protagonistas.

Los personajes son fieles a la obra original, evolucionan por el propio curso de los acontecimientos y consiguen llegar al público de formas muy distintas. En esta producción participan un total de 24 actores y 40 empleados. Toni Bernetti y Estíbaliz Martyn son los encargados de dar vida a los personajes principales de la obra. Como fuerzas contrarias, don Juan es la pasión, el impulso y la libertad, mientras que doña Inés es la prudencia, la pureza y la responsabilidad. Estíbaliz Martyn es conocida por su trabajo en el mundo de la ópera, la zarzuela y el teatro musical. Entre sus últimos trabajos, destaca su papel de Reina de la Noche en la famosísima ópera de Mozart, “La Flauta Mágica”.

El escenario tiempla bajo la presencia de Patricia Clark, actriz argentina que representa a Brígida, sirvienta de doña Inés en el convento,  que actúa como celestina para conseguir que esta sucumba a los encantos de don Juan. Patricia consigue dejar al público boquiabierto con su espectacular voz y el descaro de su personaje. Esta actriz ha compartido escenario con figuras tan representativas como lo son Aretha  Franklin y Ray Charles.

Así mismo, toda la puesta en escena es acompañada por un increíble despliegue técnico. Miguel Brayda es el encargado de la escenografía. Gracias a su amplia experiencia en el mundo del espectáculo y la moda ha conseguido con éxito lograr al mismo tiempo variedad y coherencia apostando por más de 15 cambios de escenario a lo largo de la función, que consiguen dejar boquiabierto al espectador durante prácticamente toda la obra. Además, la tramoya consta de plataformas móviles, elevadores y máquinas de humo entre otros muchos recursos técnicos para lograr dinamismo y agilidad en la trama. Todo esto consigue llevar a la actualidad la Sevilla del siglo XVI. Cobra importancia la apuesta por la experimentación del espacio escénico.

A esto se añade un ambicioso proyecto de luces, efectos especiales y video. Todo se introduce sutilmente en la obra, incorporándolos como herramientas narrativas. Cabe destacar la importancia de los efectos de magia, que burlan la razón del espectador, así como la importancia de las proyecciones de video, que nos hacen sentirnos de una manera más directa dentro de la acción. De esta forma se introduce el cine dentro del teatro. El encargado de tales videos no es ni más ni menos que el cineasta Pepe Caraballo.

El vestuario constituye una característica esencial en esta nueva versión. Se basa en la idea de unión entre lo antiguo y lo moderno, incorporando elementos característicos de los siglos XVIII y XIX, además de añadir conceptos contemporáneos con los que el público está mucho más familiarizado, como prendas ceñidas y estilizadas que recuerdan en ocasiones a los cabarets de los años 20. Así mismo, en el traje de don Juan encontramos claras referencias a la década de los 50, que recuerdan a una estrella de rock o un motorista,  estilo propio de musicales como Grease. Doña Inés, por el contrario viste con un atuendo mucho más conservador, que le acompaña a lo largo de toda la obra sin apenas cambios. Todo esto ha sido posible gracias al diseñador catalán Lluis Juste de Nin, director creativo de la prestigiosa marca de perfumes Armand Basi, y la diseñadora  Eloise Kazaan, ganadora del premio al mejor vestuario teatral en la Cuadrienal de Praga de 2007 y parte del jurado internacional de la misma en 2015.

En definitiva, nos encontramos ante un proyecto pionero en su conjunto que busca sorprender al público e impulsar, mediante la creatividad e imaginación, la creación teatral hacia nuevos horizontes. Aún no sabemos si algún otro intrépido apostará por continuar por esta nueva senda, de ser así este sería el comienzo de una nueva corriente teatral. De momento esta apuesta hace resurgir de entre las cenizas a un clásico que, aunque implícito en nuestras vidas, comenzaba ya a formar parte del pasado. Don Juan regresa con el ferviente deseo de unir épocas, estilos e ideales.

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