Cuando suena un himno y varios señores se llevan la mano al pecho, muchos de ellos entonando letras que narran historias de gloria y conquista, se ondea una bandera de vivos colores y se piensa en el concepto de identidad nacional, las palabras que, con mayor probabilidad, surgen en la cabeza de aquellas personas que se sienten cercanas a su país son: orgullo, pasión, patria… Si entre estas personas estuvieran los directores argentinos Mariano Cohn y Gastón Duprat, los vocablos a los que asociarían dichos acordes estarían más cercanos a la estupidez, la idolatría, el ego y la cobardía. Y es que El ciudadano ilustre, obra que representará a Argentina en la ceremonia de los Oscars, trata en su lectura más profunda de cómo una nación se forja, ante todo, sobre estatuas caídas de ídolos mitificados y semidioses tan cercanos del amor como del odio, y que reflejan en sus acciones los sueños que el pueblo nunca imaginó alcanzar.

La figura de Daniel Mantovani es la que sirve como elemento central y catalizador de la idea citada en el párrafo anterior. Mantovani es un Premio Nobel de Literatura nacido en Salas, una población rural de Argentina, que ha estado viviendo en Europa durante los 40 años que ha durado su profusa carrera literaria. Los personajes de sus novelas están inspirados en los personajes de su pueblo, algo que él nunca ha escondido y que acabará por traicionarle. Óscar Martínez, contrastadísimo actor argentino, da vida a este afamado escritor de forma soberbia e impecable. Convierte en hipnótico cada monólogo del guion, hace sentir la tensión al espectador, contagia su visión del conflicto que se desarrolla en la pantalla y acaba haciéndonos partícipes a tiempo completo de su narrativa. Con la carrera de este film hacia la estatuilla de la academia de cine de Estados Unidos, Martínez ya ha aparecido en el mismo número de ocasiones que Ricardo Darín en esta gala. Lo cierto es que en el caso que nos compete, la actuación del veterano intérprete es tan sólida que acaba cargando en sus espaldas con el peso de la historia al completo. No en vano, ha sido merecedor por primera vez en su carrera del premio a mejor actor del Festival Internacional de Cine de Venecia.

Caminando de puntillas por el apartado técnico de El ciudadano ilustre, habría que destacar un guion que, si bien da la sensación de no mostrar todo lo que promete, es coherente, divertido y excepcionalmente fluido. Por contra, la realización deja bastante que desear, y se adivina una cierta dejadez en la fotografía y la edición de sonido. Nada que te saque de la historia pero elementos que tendrá que superar la cinta de Duprat y Cohn si quiere alzarse con el codiciado Oscar.

 

La realidad y la magia

El discurso que inicia El ciudadano ilustre es una de las presentaciones de personajes más fidedignas, definitorias y directas que se recuerda en el cine moderno. Daniel Mantovani se autodefine con su discurso de recogida del Nobel, insultando de paso a las autoridades presentes. Finalmente, recibe el aplauso de jurado y público, ambos rendidos a su genialidad. A pesar de eso, Mantovani ejerce en esta ocasión de adivino y es que asegura que recibir semejante premio no puede ser sino el signo inequívoco de su inminente decadencia. Y es eso lo que vemos a continuación. Con una elipsis de varios años, los cineastas argentinos nos muestran que, efectivamente, las musas han abandonado el afamado escritor, que anula todas las citas que tenía previstas a la vez que declina cada premio que le otorgan. Esta presentación dilatada pero necesaria del protagonista, nos muestra a alguien vacío de ideas, aburrido, solitario y con la imposible intención de pasar desapercibido. Como guinda a esta magistral introducción, el detonante: la carta que llega desde Salas, su lugar de nacimiento, en el que creció, al que abandonó para marchar a Europa desde dónde escribió sobre ese mismo emplazamiento. El rechazo inicial a dicha invitación, acaba derivando en una añoranza incontrolable. Finalmente, Mantovani acepta la condecoración como ciudadano ilustre y viaja, de incógnito, a Salas.

Se divide el film en capítulos, como si de una de sus novelas se tratase. Es en el segundo episodio en el que se nos muestra al pueblo. Salas, a pesar de ser un lugar, estar compuesto por historias, seres humanos y situaciones, es, en sí mismo, un personaje. De hecho se revelará como el antagonista del escritor. El primer momento de cercanía con un habitante de Salas, se da cuando este accede a recogerlo desde el aeropuerto. Ambos pasan la noche en medio del campo debido a un pinchazo en el coche. El cuento narrado por nuestro protagonista durante esa escena es un aviso de lo hipnótico del personaje que ocupa la centralidad de esta obra. Mirando a cámara y con medio rostro ensombrecido, la actuación de Óscar Martínez hace de Daniel Mantovani un cuentacuentos mágico que es capaz de abstraer de la realidad tanto al ‘paleto’ que tiene frente a él, como al espectador, que no tiene otra opción que sentarse en la misma fogata a escuchar, con la boca abierta, las historias humanas que siempre nos han fascinado incluso más que la fantasía elaborada.

La presentación del pueblo que, en su conjunto es un personaje más que una localización, uno complejo y lleno de matices es el lapso más cómico de este inicio de largometraje, de esta preparación del terreno para lo que vendrá después. La inclusión de un Power Point cutre como narración de la vida de Mantovani es la introducción ideal para este segundo acto. El alcalde, el concurso de pintura, el amigo que ahora está casado con la ex novia, la adolescente que está loca por él, la surrealista entrevista televisiva y el encuentro con varios de sus admiradores, son momentos de carcajada asegurada y de tensión palpable.

Conforme la historia recorre su camino, nos percatamos de que El ciudadano ilustre es algo más que una comedia, puesto que nos empieza a golpear en el estómago con comparaciones odiosas y una espiral de locura ya imparable.

 

Dios en el barro

Finalmente, el mensaje que nos queda en este largometraje es el de la debilidad del ser humano, que necesita ir del amor al odio constantemente para sentirse vivo. Por un lado, el amor del pueblo hacia su máximo referente: un premio Nobel, y el de Daniel a su pueblo por todo lo que le ha inspirado. Sin embargo, el enfrentamiento con la realidad, cuando ese Dios, esa imagen perfecta que tenía Salas de Daniel, baja al barro, ambos descubren que no son como creían, que la realidad es que ahora viven dos universos paralelos. Y aunque Daniel encuentra complicidad en algunos personajes, acaba enfrentado con la mayoría, provocando al pueblo hasta un punto de no retorno, en el que se trata de él o ellos.

De lo que trata El ciudadano ilustre es de la redención humana. De perdonarse a uno mismo por no haber enterrado nunca a su propio padre, por no haber podido volver a su lugar de nacimiento en el que, sin embargo, ha vivido toda su vida de la mano de su obra literaria. El lío en el que se ve imbuído Daniel acaba por devorarlo y escupiéndolo al exterior con violencia.

Sin apartar la comedia, ‘El ciudadano ilustre’ es una fábula que hemos visto, leído y escuchado cientos de veces, pero que, cuando nos la vuelven a contar no nos queda otra opción que sentarnos junto al fuego y escuchar con la boca abierta el regreso de un Premio Nobel a su inculto pueblo.

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