La sorpresa fue mayúscula cuando HBO confirmó la producción de una segunda temporada de ‘Big Little Lies’. La serie había sido concebida como una historia cerrada, basada en la novela homónima de Liane Moriarty, y había tenido un final más que satisfactorio para todos sus espectadores. Pero la plataforma decidió apostar por estirar este exitoso producto y sumarle un importantísimo nombre a su reparto: Meryl Streep

En el momento en el que la laureada actriz se sumó al proyecto, aquellos que vieron un error en la renovación comenzaron a preguntarse qué tendría esa segunda temporada para que una artista de la talla de Streep regresara a la televisión. Ahora ya conocemos esa respuesta. Ahora que la debatida segunda temporada ha terminado somos conscientes de ese por qué y de otros muchos, como el que se esconde detrás de la propia renovación de la serie. 

Y es que ‘Big Little Lies’ podría ser una serie eterna. Son muchos los espectadores -entre los que me encuentro- que han descubierto esta temporada que serían capaces de seguir a las 5 de Monterrey sin necesidad de que ocurriera nada especial en sus vidas. Muchos esperaban que esta segunda temporada se quedara vacía o que tuviera una trama demasiado impostada, pero ha ocurrido todo lo contrario. 

Más allá de la historia de Celeste y la custodia de sus hijos, uno de los principales pilares de la tercera temporada, hemos encontrado un enorme interés en los asuntos cotidianos de la vida de nuestras cinco protagonistas. Volver a enamorarse, una crisis matrimonial, problemas económicos, una búsqueda personal… Historias del día a día, que bien podrían ser trasladadas a nuestras vidas, son las que nos han vuelto a atrapar. Conflictos profundos y en los que nos vemos reflejados, tratados de nuevo desde el respeto y sin edulcorantes, como ya se hizo en la primera temporada.

Esta segunda temporada nos ha ayudado a comprender que no necesitamos un asesinato para querer seguir viendo esta serie. Sólo necesitamos a sus protagonistas -a las femeninas, pero también a los masculinos y, sobre todo, también a los niños-, esa fotografía magnífica que bien podría constituir una obra de arte, una banda sonora escogida de manera impecable y esa manera de narrar tan particular, tan cruda y tan pausada que nos tiene atrapados.

Por eso es una serie eterna, porque su mayor virtud no está en la trama -a la que no buscamos desmerecer, ni mucho menos-, sino en el conjunto. Y también es una serie necesaria, porque en ella se tratan temas reales de manera real, con una óptica realista, que no busca ni el morbo de la violencia, la tristeza o la angustia extremas ni tampoco una dulcificación que nunca tiene sentido. ‘Big Little Lies’ se ha convertido en un espejo para madres de todo el mundo, que han visto por fin cómo un producto televisivo las consideraba como lo que son: personas más allá de su labor de madres. Pero también un espejo para mujeres jóvenes y ancianas, para hombres jóvenes, maduros y ancianos, para víctimas, para infieles, para monstruos, para quienes están perdidos y no saben cómo encontrarse… En definitiva, para todos. 

Por ahora, pese a su final abierto, no sabemos si tendremos una tercera temporada de ‘Big Little Lies’, pero hemos llegado a una conclusión: podríamos ver un número infinito de ellas sin cansarnos y sin que perdiera el sentido. 

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