Me gustan las películas de Olivier Assayas. Creo que tenemos gustos afines, aunque presentados en direcciones diferentes. Es decir: a él le gusta hacer un tipo de cine muy concreto y a mí me gusta ese tipo de cine. Me gustan los temas que propone en sus películas, me gusta la delicadeza y la sutileza con la que decide abordar esos temas en los que, por cierto, nunca se queda en la superficie, y me gustan los recursos que suele emplear. No he visto su filmografía completa, pero cómo me gusta lo visto hasta ahora.

‘Las horas del verano’ (2008) es un bello drama familiar protagonizado por Juliette Binoche, Charles Berling, Jérémie Rénier y Édith Scob, con secundarios que aguantan bien el envite emocional propuesto por Assayas, que pasa en ocasiones por explorar lo que entendemos por rutinario.

La familia aquí presentada debe afrontar el fallecimiento de su madre, con todo lo que eso conlleva. La matriarca era la guardiana de una importante colección de arte del siglo XIX, y las decisiones que deben tomarse a partir de la herencia recibida se convierten en un escaparate que muestra la distancia existente entre miembros de una familia, que surge por los diferentes caminos tomados, y cómo el paso del tiempo es aceptado de diversas maneras.

Assayas ambienta muy bien sus historias. Con imágenes cotidianas, pero siempre evocadoras, es evidente lo mucho que le interesan los espacios; en ‘Las horas del verano’, además, reflexionamos también sobre las maneras diferentes de entender un mismo espacio. No es una película que siga un ritmo frenético de acción, pero a cambio asistimos a diálogos pensados y recreados con mucha naturalidad, cercanos porque son la vida misma, y con una dedicada atención a los detalles, a las sonrisas de la familia, en las que siempre que puede se entretiene. Los silencios en esta película son tan poderosos que no necesitamos que los personajes hablen: conectas con ellos de tal manera que piensas por ellos lo que imaginas que pueden estar pensando (perdón por el rocambolesco juego de palabras).

Me gusta, además, cómo el cineasta plantea un asunto (en este caso, el fallecimiento de una figura importante en el núcleo familiar) a partir del cual discurren otros que no siempre tienen que ver con ello, porque eso es lo que sucede en la vida: pasan cosas, y después pasan otras cosas que pueden tener que ver o no con lo anterior, pero que afectan al ser humano. Eso es, al final, lo que importa. El ser humano, cómo éste afronta la existencia. En ‘Las horas del verano’, también importa cómo afronta el final y qué queda tras nosotros. «Son mayores, tienen su vida, hay muchas cosas que se irán conmigo», explica esa gran figura de la madre, con tristeza y también con resignación.

Todo acompaña en ‘Las horas del verano’, como suelen acompañar los diferentes elementos en el cine de Assayas. Es uno de los máximos expositores del cine francés de los últimos años, y se advierte muy fácilmente la mirada tan personal que tiene a la hora de presentarnos un mundo, que es el nuestro, que él vuelve suyo siempre.

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