Olvida la solemne épica de las sagas que prometen respuestas y redención. Skyshade abre sus páginas como quien te ofrece la mano… para guiarte directamente al caos y después dejarte sola con las consecuencias. Aquí no hay consuelo, hay caída. Y tú, lectora consciente y masoquista emocional certificada, sigues pasando páginas como si no supieras lo que viene: dolor bonito, promesas rotas y magia que arde más de lo que cura.
Isla Crown vuelve hecha una bomba de relojería con corona: poder sin estabilidad, trauma sin procesar y el don maravilloso de atraer problemas, profecías y hombres emocionalmente peligrosos. Entre Grim, bandera roja que uno quiere colgar en su balcón porque la oscuridad siempre vende, y Oro, ese sol radiante que parece sano hasta que recuerdas que la luz también ciega y quema, Isla no elige. Y honestamente, ¿por qué elegir cuando la tragedia suele ser más estética en triángulo?
La trama avanza a base de mordiscos: portales prohibidos, tormentas que huelen a fin del mundo, traiciones que duelen más porque venían disfrazadas de lealtad, y una ancestral Lark que aparece a recordarnos que la familia siempre sabe cómo arruinarlo todo con estilo. Cada capítulo es un recordatorio de que aquí nada es estable y nadie está a salvo, especialmente tu cordura como lectora.
Y llegamos al final. Ese final.Tú pensando:Es el tercer libro, algo cerrará, merezco paz, he pagado este trauma.
JAJAJA. Qué ingenuidad tan tierna.
Alex Aster no cierra nada. Te deja colgando de un acantilado emocional sin cuerda, sin barandilla y sin vergüenza. Un cliffhanger obsceno, cruel, adictivo. De esos que no terminan, solo te suspenden en el vacío mientras ella, desde lo alto, te dice:“Nos vemos en el siguiente, cariño.”
Conclusión: Dolió. Me fascinó. Estoy indignada. Y sí, voy a volver, porque aparentemente he decidido que mi vida literaria sea sufrir con brillo.













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