No todos los hechizos empiezan con un caldero y una luna llena. Algunos comienzan con una mujer cansada que riega sus plantas intentando no pensar en el pasado. Magia Práctica pertenece a ese tipo de magia: la que no brilla, pero pesa; la que se hereda sin pedirla y se intenta esconder debajo de una vida aparentemente normal. Y sí, lo confieso: llegué al libro empujada por la nostalgia de la película de los noventa —esa en la que Sandra Bullock y Nicole Kidman hacían que la tragedia pareciera un anuncio de perfume con escobas y tacones—, convencida de que me esperaban pócimas y drama. Pero Hoffman tiene otros planes.
Aquí la magia no estalla: se filtra entre los días. Su historia avanza con paso tranquilo, casi doméstico, mientras Sally y Gillian Owens aprenden que huir del destino familiar es tan inútil como intentar esconder una marca de nacimiento en mitad del alma. Sally busca orden, Gillian busca caos, y entre ambas se mueve esa lección amarga que Hoffman deja caer con elegancia: que el amor, en esta familia, siempre viene con factura.
No voy a mentir: hay momentos en los que el ritmo se espesa y uno desearía una pizca más de chispa, de ese desorden encantador que tenía la película. Pero Hoffman compensa la falta de fuegos artificiales con ternura, ironía y una melancolía que sabe quedarse pegada como el perfume viejo de las tías Franny y Jet.
Magia Práctica es una historia que no te deslumbra, te susurra. No te promete grandes conjuros, sino la calma de aceptar quién eres, aunque eso implique llevar siempre un poco de magia —y de tristeza— en los bolsillos.













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