Este no es un libro que se lea con prisa.
Es un libro que te pide silencio.
Alchemised me recibió con cierta aspereza, casi con frialdad. Me costó entrar, como cuesta cruzar un umbral cuando intuyes que al otro lado no hay consuelo inmediato. Pero una vez dentro, ya no hubo escapatoria. No lo leí: lo habité. Lo viví con el cuerpo, lo sufrí con el pecho apretado y lo amé con esa clase de amor que no es cómodo, pero sí verdadero.
Es mi primera lectura de 2026 y no tengo ninguna duda: va directa a mi top del año.
Este libro es duro. Honesto. Incómodo.
Como lo es cualquier guerra cuando se cuenta sin maquillaje.
Aquí nadie gana de verdad. Todos pierden algo. Se sacrifica más de lo que se conserva y lo poco que sobrevive lo hace a base de resistencia, no de esperanza ingenua. Alchemised no busca épica: busca verdad. Y la encuentra en el cansancio, en la culpa, en la memoria rota, en la necesidad de seguir respirando cuando ya no queda nada más que dar.
La primera parte es deliberadamente confusa. Fragmentada. Desorientadora. Como la mente de Helena —Marino—, que despierta sin recuerdos, atrapada en una realidad que no termina de comprender. El lector avanza con ella, a ciegas, compartiendo esa sensación de pérdida constante, de no saber en quién confiar, de no reconocerse del todo.
Y en medio de ese caos aparece Ferron —Kaine—.
El villano.
El torturador.
El rostro donde se concentra tu odio más primitivo.
Durante buena parte del libro, él es ira pura. Crueldad. Amenaza constante. Su violencia no se dulcifica ni se justifica: se padece. Se odia. Alchemised no te permite apartar la mirada ni buscar atajos emocionales. Te obliga a habitar ese rechazo sin filtros, a compartir con Helena la vulnerabilidad, el miedo y el desprecio. Y, aun así, incluso entonces, hay algo que la sostiene por encima del dolor: la lealtad.
La lealtad como bandera.
La fidelidad a la palabra dada.
La imposibilidad moral de abandonar a nadie a su suerte, de dejar a otro sufriendo, solo.
Helena no resiste por esperanza, sino por promesas. Porque fallar a su palabra sería perderse del todo.
Cuando la memoria empieza a recomponerse y las piezas del relato encajan, no llega el alivio. Llega una verdad más pesada. Ferron deja de ser solo el villano absoluto y Marino deja de ser únicamente la mártir intocable. Los bordes se vuelven peligrosos. La lealtad se pone a prueba una y otra vez, no por amor, sino por elección. Por ese “me quedo” que duele más que huir.
Lo que existe entre Marino y Ferron no es fácil ni limpio. Nace roto. Desde el desequilibrio. Desde el daño. Es una tensión constante, contenida hasta doler. Hay silencios que pesan más que cualquier confesión, miradas que sostienen más que un abrazo y un amor que no necesita alzar la voz para ser inmenso. No promete futuros luminosos. Resiste. Permanece. Y eso, en mitad de la guerra, es un acto casi violento de valentía.
Luc y Lila sostienen esa misma bandera desde otro lugar. Son lealtad silenciosa, cotidiana, sin heroicidades grandilocuentes. Aportan ternura sin ingenuidad, calor sin suavizar el horror. Son el recordatorio de que cuidar también es resistir. Y por eso duelen tanto: porque no alivian la historia, la hacen más cruda, recordándonos todo lo que está en juego y todo lo que puede romperse.
Y por encima de todo, está el amor.
No como refugio.
No como salvación.
Sino como un hilo sempiterno, casi invisible, que sigue tensándose incluso cuando nadie es consciente de que existe. Helena no lo ve al principio. Su memoria rota tampoco le permite reconocer ese lazo que la ha guiado siempre. Camina sostenida por el deber, por la lealtad, por promesas que se niega a traicionar… sin saber que es el amor —silencioso, obstinado— el que la conduce paso a paso.
Ese hilo no grita ni exige ser nombrado. Simplemente permanece. La sostiene cuando todo se desmorona. La empuja a seguir incluso cuando el cuerpo ya no puede más. Y, sin que ella lo sepa, la guía una y otra vez hacia los brazos de quien jamás dejaría de pelear por ella. De quien lucha no por redención, sino por elección.
Porque en Alchemised amar no es salvar ni ser salvado.
Es no abandonar.
Es quedarse cuando la memoria falla, cuando la guerra arrasa, cuando todo invita a huir.
Y ahí es donde este libro termina de quedarse.
No en la épica.
No en la tragedia.
Sino en esa verdad incómoda y profundamente hermosa: que incluso en la oscuridad más absoluta, el amor sigue encontrando el camino.
Y eso… no se olvida. (JAMÁS)













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