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Reseña de “Mentira” de Juan Gomez-Jurado

Mentira
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Confiar en la narradora de Mentira es como aceptar una copa de vino de alguien que acaba de decirte que trabaja manipulando pruebas.
Sabes que no deberías.
Sabes que algo no encaja.
Y aun así brindas.

Porque la mentira, cuando está bien construida, resulta irresistible.

En Mentira, Juan Gómez-Jurado nos presenta a una mujer que dice llamarse Eva Ramos. Dice. Porque desde la primera página entendemos que su identidad no es un dato: es una herramienta. Eva se dedica profesionalmente a mentir. A solucionar problemas. A borrar rastros. A reconstruir versiones de los hechos con una precisión quirúrgica. Pero cuando queda atrapada en una aldea asturiana aislada por una tormenta de nieve —ese paisaje blanco que no purifica, sino que asfixia— el juego cambia. Allí nadie puede marcharse. Y nadie está limpio.

La nieve lo cubre todo.
Las mentiras también.

Lo brillante de esta novela es que no juega al clásico “quién lo hizo”. Juega al “qué es verdad”. Y cuando crees haber entendido las reglas, descubres que el tablero estaba inclinado desde el principio.

Hay thrillers que aceleran el pulso.
Mentira acelera la desconfianza.

Eva no busca que la quieras. Busca que la observes. Y cuanto más la observas, más incómodo resulta admitir que quizá el narrador menos fiable no es ella… sino tu propia necesidad de creer.

Terminé el libro y solo pude decir: “wow”.
No por el giro. No por el artificio. Sino por la inteligencia fría que lo sostiene todo. Por esa sensación de que cada pieza estaba colocada con una intención milimétrica.

Y entonces llega el final.

Y el final no es un giro.
Es una estocada.

Es el colmo de las mentiras de la narradora. Es magistral. Es ponzoñoso. Es de esos desenlaces que te obligan a cerrar el libro despacio y quedarte mirando la cubierta como si dentro hubiera algo vivo.

Porque ahí ya no piensas solo en la historia.
Piensas en el escritor.

Piensas en la mente que fue capaz de diseñar ese engaño, sostenerlo con pulso firme y rematarlo sin temblar.

Podría decir que sospeché.
Podría afirmar que no me dejé manipular.

Sería mentira.

Y ese es el mayor triunfo de esta novela.

Mentira no te engaña: te conduce exactamente hasta el punto donde quiere que estés. Y cuando crees haber llegado, descubres que el último movimiento ya estaba calculado desde el principio.

Cerrar este libro no es terminar una historia.
Es aceptar que has disfrutado del engaño.

Y que, si el autor volviera a ofrecerte otra copa, volverías a brindar.

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