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Reseña “Dorayaki” de Durian Sukegawa

dorayaki
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No empieces este libro buscando una gran historia.
Empiézalo si alguna vez has sentido que el mundo te miraba antes de escucharte.

Dorayaki habla de una pequeña pastelería y de una receta aparentemente simple: dos bizcochos y una pasta dulce de judías azuki. Pero en realidad habla de algo mucho más incómodo: de nuestra tendencia a apartar lo que no entendemos. De cómo juzgamos un cuerpo antes de conocer el alma que lo habita.

Tokue llega con las manos deformadas y una sonrisa que no pide permiso. Y basta eso —sus manos— para que el mundo la reduzca. La señale. La tema. Sin preguntas. Sin interés real por comprender. ¿Cuántas veces hacemos lo mismo? ¿Cuántas veces confundimos diferencia con amenaza?

Sentaro, que también arrastra su propia herida invisible, aprende algo esencial al escucharla hablar de las judías. Porque Tokue no cocina solo por oficio. Cocina como quien honra la vida. Escucha a las azuki. Les habla. Espera el momento exacto. Les concede el tiempo que merecen. Y en ese gesto hay una lección silenciosa: todo —y todos— necesitamos ser mirados con paciencia.

Sukegawa escribe desde un lugar muy sereno. No denuncia con rabia. No busca la lágrima fácil. Simplemente muestra. Y al mostrar, nos coloca frente al espejo. Nos obliga a reconocer que el verdadero aislamiento no siempre lo crea la enfermedad o la diferencia, sino la mirada ajena.

La novela avanza despacio, como la cocción de la pasta dulce. Y quizá por eso no tiene un final rotundo. Bajo mi humilde punto de vista, es algo muy propio de cierta literatura asiática —y del propio Sukegawa—: la vida no se cierra con moralejas. Continúa. Fluye. Deja preguntas suspendidas, como pétalos en el aire.

Dorayaki es breve. Suave. Delicado.
Pero no es inocente.

Te invita a detenerte.
A mirar mejor.
A preguntarte a quién has dejado fuera por no haberte detenido a entender.

Y cuando lo terminas, no sientes un gran impacto. Sientes algo más hondo: una ternura tranquila… y la sospecha de que quizá reconciliarse con la vida empieza por dejar de juzgarla tan deprisa.

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