En el corazón de Huertas ha abierto un lugar que no promete felicidad. Promete algo más raro, más honesto y, quizá por eso, más necesario: comprensión. Llorería Club nace como un refugio emocional con barra, un espacio donde quejarse no solo está permitido, sino normalizado. Aquí el drama no se romantiza, se comparte. Las desgracias cotidianas no se esconden, se convierten en relato. Y la risa, lejos de ser superficial, funciona como una forma de alivio colectivo.
No es un bar temático ni una escenografía del malestar. Es una experiencia emocional construida desde la ironía, el humor ácido y la empatía. Pensado para quienes viven cansados, pero funcionales; para los que sobreviven a correos pasivo-agresivos, a reuniones que podrían ser un email y a resacas que duran tres días, Llorería Club propone algo poco habitual: un lugar donde no hace falta fingir que todo va bien.
“Queríamos crear un espacio incómodamente honesto, divertido y necesario. Un sitio al que entras por curiosidad y te quedas porque te sientes entendido”, explica Sheryl Costa, directora y voz principal del proyecto.

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El concepto se articula alrededor de algo tan simple como universal: las quejas. Las del trabajo, las del cuerpo, las de la vida adulta. Aquí no se buscan soluciones rápidas ni frases motivacionales. Se busca catarsis. La queja no se soluciona, se comparte. El drama no se cura, se transforma en risa. Lo negativo no se niega, se resignifica. En Llorería Club, verbalizar el cansancio no es debilidad, es una forma de vínculo social. La ironía convive con la empatía, y el humor se convierte en una herramienta para sostener lo que pesa.
La propuesta líquida acompaña este discurso desde la emoción. En un panorama donde la coctelería suele centrarse en la técnica o la estética, Llorería Club apuesta por el relato. Su carta se define como una coctelería de autor emocional, basada en hierbas calmantes, botánicos aromáticos y sabores reconfortantes. Cada cóctel nace de una narrativa reconocible: ansiedad, estrés, desamor, agotamiento laboral o cansancio vital. No prometen curas milagrosas. Prometen alivio momentáneo… y una sonrisa.
Aquí la bebida no es solo un producto, es un gesto. Un pequeño paréntesis sensorial que acompaña al relato personal de quien se sienta en la barra. La coctelería no se entiende como exhibición, sino como experiencia. Menos fuegos artificiales, más conexión.

El equipo forma parte esencial de esta historia. Liderado por Sheryl Costa, el proyecto cuenta con perfiles como Iria Pérez, Emiliano y Jeam Pierre Zurita, profesionales que entienden la hospitalidad como algo más que servir copas. En Llorería Club se construyen experiencias emocionales, no solo consumiciones.
El espacio huye del victimismo vacío, de la toxicidad gratuita y del postureo. No se burla del dolor ajeno ni ofrece psicología barata. Propone honestidad emocional, humor inteligente y una sensación reconfortante de no estar solo. En una ciudad que siempre corre, este nuevo refugio invita a parar, sentarse y soltar lo que pesa.












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