Hay días en los que el cuerpo no te pide un novelón de 600 páginas ni un trauma existencial en cinco actos. Hay días en los que solo quieres algo que te haga sonreír sin exigirte nada a cambio. Y ahí entra Alice y los corazones rotos, que no promete salvarte la vida… pero la endulza un poco.
Alice Petersen no es la heroína de un cuento de hadas. Es la de una de esas historias que empiezan con un “esto no puede ir a peor” y terminan, bueno, un poquito mejor de lo que esperabas. No siempre toma buenas decisiones, ni pretende hacerlo, pero tiene algo que engancha: esa mezcla de torpeza emocional y dignidad a medio construir que resulta, curiosamente, muy real.
Y luego está Anita. Anita es caos puro, con brillantina y corazón. La típica amiga que llega tarde, habla demasiado, mete la pata y aun así, si la vida se te incendia, aparece con un extintor y un abrazo. Es imposible no quererla. De hecho, probablemente sea ella quien se roba la mitad del libro sin pedir permiso.
La pluma de Toni Quinta es ligera y divertida, con ese humor que no se fuerza, que surge de lo cotidiano, del desastre que todos fingimos controlar. Su historia se lee con facilidad, sin necesidad de marcadores ni relecturas, y cuando te das cuenta, ya vas por el final pensando que te encantaría quedarte un poco más en ese pequeño universo.
¿Que deja algún hilo suelto? Sí, claro. Pero si la vida real no viene con todos los cabos atados, ¿por qué tendría que hacerlo una buena historia? Aquí las imperfecciones no molestan; hacen que todo sea más creíble, más humano… más Alice.
En resumen: Alice y los corazones rotos es como una tarde de amigas con risas, confesiones y alguna lágrima discreta. No te cambia la existencia, pero te recuerda que hasta los días rotos pueden tener su encanto. Y eso, entre tanto dramatismo literario, se agradece más de lo que parece.













Comments