Hay finales que cierran una historia.
Y hay finales que pronuncian un juramento.
El desenlace de Dos coronas retorcidas no se limita a apagar la luz del mundo que ha creado: la deja encendida dentro de ti, como una vela que ya sabes que no podrás soplar. Porque esta historia no termina con una victoria, sino con una promesa:
Te amaré durante cien años… y una eternidad después.
Eso es este final.Una declaración valiente en un universo que castiga a quien ama demasiado.
Rachel Gillig escribe un cierre épico sin estruendo, sin fuegos artificiales innecesarios. Aquí la épica es resistir. Elegir. Perder. Volver a elegir aun sabiendo el precio. La magia no salva: exige. Y los personajes aceptan ese trato con una dignidad que desarma.
Elspeth ya no lucha por ser completa; lucha por ser verdadera. Aprende que amar no siempre es vencer a la oscuridad, sino convivir con ella sin mentirse. El Rey Pastor deja de ser solo leyenda o amenaza y se convierte en algo más antiguo y más triste: la prueba de que incluso los monstruos nacen del amor torcido por el miedo.Y en medio de todo, el romance.
No el romance que promete finales felices, sino el que promete lealtad más allá del final. Ravyn no ama para poseer ni para salvar: ama para permanecer. Para decir “estoy” incluso cuando el futuro no ofrece consuelo. Y eso —eso— es una forma de heroísmo que pocas historias se atreven a escribir.
El tono es gótico hasta los huesos: bosques que recuerdan, cartas que pesan como reliquias, coronas que no adornan, sino que hieren. Pero también es profundamente tierno, porque entiende que la ternura no está en la luz, sino en no abandonar cuando llega la noche.
Cerré este libro con la sensación de haber leído algo irrevocable. Como si la historia me hubiera mirado a los ojos y me hubiera dicho:esto no es un final, es un pacto.
Te amaré durante cien años… y una eternidad después. No como promesa ingenua. Sino como acto de fe. Como amor que no pide permiso al tiempo.Y hay palabras así —raras, feroces, suaves— que no quieren quedarse en el papel. Quieren quedarse en la piel.













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