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‘Diecisiete’: el arte de contar sin palabras

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Se han hecho demasiado largos los seis años que han pasado desde el estreno de ‘La gran familia española’. A estas alturas y con un Goya y seis nominaciones a la espalda, no existe riesgo alguno al afirmar que Daniel Sánchez Arévalo es uno de los grandes directores de su generación. También me sale decir que es quizá el que mejor sabe tratar el cine amable, por llamarlo de alguna manera, ese que busca generar en el espectador solo sentimientos positivos, aunque tire de experiencias negativas y de la figura del perdedor. Un maestro a la hora de dar color a las salas de cine y al interior de los espectadores, que siempre terminan con una sensación global buena, positiva e incluso alegre. Y qué difícil es conseguir esto cuando hablas de realidad. 

Este viernes 18 de octubre la espera llegó a su fin con el estreno en Netflix de ‘Diecisiete, el último largometraje del director madrileño. Una road movie que sigue el viaje, tanto físico como espiritual, de dos hermanos a los que la vida a separado. En esta aventura, en la que buscan encontrar al perro que Héctor (Biel Montoro), el pequeño, cuidaba en el centro de menores en el que está internado, les acompañan su abuela y un perro de tres patas. Un curioso equipo en el que, sin buscarlo o sin forzarlo, se genera una red de lazos, dependencias y sentimientos que acaba por hacerlo redondo. 

Como ya viene siendo una costumbre, Sánchez Arévalo ha tirado de realidad para contarnos una historia en la que la familia, la infancia y las raíces tienen una enorme importancia. Estos son tres elementos que aparecen de forma recurrente en su cine y que, junto a su firma, funcionan como un reloj suizo en lo que a conectar con el público se refiere. No importa que nos hable del regreso al pueblo en el que veraneaban sus protagonistas, de una boda un tanto peculiar o del loco viaje de dos hermanos que se lanzan reproches de manera continua, las historias que nos cuenta siempre tienen algo de nosotros

Esta conexión con el espectador existe en ‘Diecisiete’ desde su primera escena, y es una de sus grandes virtudes. Pero llega acompañada del maravilloso arte de contar sin palabras. No hay nada como cruzar una mirada con un ser querido y comprender lo que está pensando, aquello que quiere compartir contigo sin que el resto se entere. Comunicar sin palabras es una de las tareas más complejas para el ser humano, puesto que requiere de un dominio absoluto de la comunicación, un conocimiento total del mensaje y una complicidad férrea y real con el receptor. Y Sánchez Arévalo lo ha sabido hacer con maestría, delicadeza y sentido. 

Detrás de cada escena, de muchos gestos y de las miradas de los protagonistas de ‘Diecisiete’, hay sentimientos que no saben o no quieren expresar, miedos e inseguridades, historias compartidas que han quedado enterradas en lo más profundo de sus recuerdos. Hay realidades que el director no nos entrega masticadas, sino que las comparte de manera silenciosa, a través de detalles que no necesitan palabras. Muchas veces, el cine cae en el error de ser demasiado explicativo, de darnos todo, hasta los sentimientos, con palabras, con pelos y señales. Ahí se pierde algo de magia, se pierde esa sensación única que el espectador experimenta cuando conecta con el personaje y averigua lo que está pasando por su mente. Una sensación que recorre ‘Diecisiete’ de comienzo a cierre. 

'Diecisiete'

Sánchez Arévalo ni siquiera ha querido hablar de manera clara en la cinta del diagnóstico de Héctor, un claro caso de Asperger con el que busca representar a todas esas personas que nunca han sido diagnosticadas. Tampoco nos cuenta la historia del padre que abandona a sus hijos, porque no hace falta, porque ya sabemos lo que implica y porque no necesitamos saber más. Dos ejemplos en una película cargada de ellos, en la que el arte de contar sin palabras también aparece representado de una manera que sólo podía llegarnos bajo el sello de este director. 

La abuela, una anciana que sufrió un derrame hace años y cuyo estado de salud se vio bastante mermado por el mismo, sólo puede comunicarse a través de una palabra (inventada): tarapara. Pese a que esta unión de letras y sílabas a priori no nos dice nada, no posee un significado concreto, somos capaces de comprender qué quiere decir con ella en cada momento, igual que lo hacen sus nietos. Porque la lengua nos ayuda, sí, pero en la comunicación hay muchos más factores. Y Daniel Sánchez Arévalo ha demostrado controlarlos de manera maestra, haciendo uso de las miradas, las entonaciones, las situaciones, los sentimientos y hasta palabras inventadas, y comunicando y transmitiendo exactamente lo que quiere

Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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