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20 escenas sublimes de ‘El Retorno del Rey’ para recordarla en el aniversario de su estreno

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Este martes 17 de diciembre de 2019 se cumplen 16 años del estreno de ‘El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey’, la última película de la adaptación cinematográfica de la fantástica obra literaria que escribió J.R.R. Tolkien el siglo pasado. Un numero y talentoso equipo de trabajo liderado por Peter Jackson fue el encargado de crear una de las mejores películas de la historia del cine; tanto es así, que la Academia de Cine de Estados Unidos tuvo a bien premiar la cinta con el Premio Oscar a mejor película del año.

Sobran las palabras cuando se trata de ‘El Señor de los Anillos’ en general y de ‘El Retorno del Rey’ en particular; faltan las palabras cuando se trata de esta obra. La mejor forma que se me ha ocurrido de abordar este homenaje, de hablar de esta película, es dejar que la propia película hable. Todo esto nos contó en su día.

La corrupción de Sméagol. El destino quiso que Sméagol encontrara el Anillo Único el día de su cumpleaños, mientras pescaba con su primo Déagol. ‘El Retorno del Rey’ arranca con unas imágenes luminosas que van oscureciéndose: Déagol encuentra el Anillo, Sméagol sucumbe ante él en ese mismo instante, y mata por él. Y se convierte poco a poco, día tras día, en la criatura que hemos llegado a conocer como Gollum. Él mismo nos lo cuenta, las imágenes nos muestran la transformación. “Mi tesoro” son las palabras con las que concluye la escena. La siguiente imagen nos lleva hasta Frodo, que observa con atención, curiosidad y ambición el Anillo. Su tesoro.

Pippin cree haber encontrado su propio tesoro en las ruinas. El palantir lo llama, y a pesar de las advertencias de Gandalf, a pesar de los peligros que corren, Pippin atiende su llamada. Mientras Legolas explica a Aragorn que el mal acecha, a la luz del amanecer, con ese misticismo propio del elfo que tanto aporta a la estética de la cinta, Pippin se hace con el palantir y también sucumbe. Es una escena en la que queda demostrada la destreza en la dirección: las rápidas imágenes se intercalan y todos los personajes quedan involucrados de alguna manera en la acción y el peligro. Es importante porque conecta directamente con Sauron, porque tiene consecuencias futuras y porque la personalidad de nuestros protagonistas queda reflejada una vez más: el místico y sensible Legolas, el siempre preocupado y atento Aragorn, el protector y poderoso Gandalf, el pícaro y curioso Peregrin Tuk.

A pesar de que Arwen es forzada a abandonar sus tierras y su futuro ante la amenaza inminente, es el segundo quien se presenta ante ella, revelándola un niño de ojos azules en brazos de Aragorn. Arwen entonces lo sabe, rechaza la protección y corre en busca de su padre. “El futuro se está agotando”, le dice él. “Pero aún es nuestro”, le contesta ella. Ecos del pasado, cambios de planos, la magnificencia que requiere la obra de Tolkien y al final una decisión: la espada debe ser forjada de nuevo.

“¡Gondor pide auxilio!”, y el tiempo se detiene. “Y Rohán responderá”. Las almenaras arden, Pippin ha cumplido con su misión, Aragorn vuelve a respirar, Rohán acudirá a la llamada. Es una de esas escenas que se quedan grabadas, precisamente, a fuego en la memoria.

Siguiendo un plan trazado en varios tiempos, Golum consigue inculpar a Sam de tres cosas: de conspiración, de crueldad y de deslealtad hacia Frodo, hacia la misión, hacia su destino. Sam se revuelve, agresivo, y carga contra Golum. Golum confirma con los actos de éste sus propias palabras. Frodo está agotado, nervioso, a punto de desfallecer. Y lo ve claro: “ya no puedes ayudarme”, y le pide a Sam que se vaya a casa. Sam se encoge, se deja caer y llora. Y yo también.

Pippin nos canta. Las imágenes se alternan: por un lado, este señor tan desagradable llamado Denethor, padre de Boromir y Faramir, comiendo, ajeno a la batalla. La sangre no resbala por su mandíbula, aunque lo parece: la sangre resbala por el hijo que todavía tiene.

Elrond responde por su hija y acude en busca de Aragorn, que se prepara para la batalla. “La Sombra se cierne sobre nosotros, Aragorn. El fin ha llegado”, pero Aragorn no quiere escuchar hablar de algo semejante: “será su fin. No el nuestro”. Un rey frente a otro, y la espada de Elendil. Elrond le tiende a Aragorn la espada de sus antepasados, la espada del Rey de los Hombres, la espada que pudo con Sauron, y le encomienda una misión: buscar a aquellos que moran en las montañas. “No responden ante nadie”, dice Aragorn, pero sí: “responderán ante el Rey de Gondor. “Olvida al Montaraz. Ocupa el lugar que te corresponde”.

Las montañas. Legolas y Gimli demostrando su lealtad, su fe ciega, su apoyo incondicional. Aragorn. El sendero cerrado. Los seres de otro mundo, los que no cumplieron su promesa, en quienes no se puede confiar. La sensación de muerte. Aragorn siendo el rey que es. El chocar de las espadas. La promesa de libertad. El poder de Aragorn.

La red que teje Ella Laraña no es nada comparado con lo que ha tejido Gollum, que deja a su amo solo ante este temible ser y ante la oscuridad y la angustia de saberse cerca de Mordor, solo, sin soluciones. Frodo comprende el engaño de Golum, y dice una sola cosa: “Sam”. Gollum se deshace en alegría, y pelean por el Anillo. Aunque a punto de acabar con él, Frodo se ve reflejado en su desdicha y sigue resistiéndose, o al menos eso cree, a la influencia del Anillo. Tiene que destruirlo. Pero Gollum no está dispuesto a aceptarlo: vuelve a atacarlo, y cae por el precipicio. Frodo se queda solo, y a punto está de caer él también. “Lo siento mucho, Sam”, vuelve a decir. Imagina, ve, sueña con Galadriel. “Si tú no encuentras solución, nadie lo hará”. Entonces se levanta como el héroe que es.

“Coraje, Merry. Coraje por nuestros amigos”.

Éowyn no es un hombre. Algún día hablaré de este personaje como se merece, por el momento: esta escena. Esta escena como mantra, como oración, como ejemplo, como palabras que decir antes de morir. El valor, la seguridad, la fuerza, la reivindicación, el ser uno mismo. Todo en una escena.

El desconsuelo de Pippin ante lo que entiende como la batalla final encuentra su contrapunto en el sabio Gandalf, que con mucha maestría, como ya venía haciendo toda la historia, nos da esperanza, nos reconforta, nos guía. “¿Final? No, el viaje no concluye aquí. La muerte es sólo otro sendero, que recorreremos todos. El velo gris de este mundo se levanta y todo se convierte en plateado cristal. Es entonces cuando se ve…” “¿Qué, Gandalf? ¿Qué se ve?”, pregunta Pippin y preguntamos todos. “La blanca orilla. Y mas allá, la inmensa campiña verde, tendida ante un fugaz amanecer”, y es admirable cómo Ian McKellen, nuestro Gandalf, sabe sonreír con los ojos.

Sí, en ‘El Retorno del Rey’ tenemos esta escena:

Llega esa última batalla que tanto temía Pippin. Los Hombres saben que no pueden ganar con la misma seguridad con la que saben que harán todo lo que sea necesario para impedir que Sauron advierta la presencia de Frodo. No pueden ganar, pero a lo mejor Frodo puede. Mientras, tienen que plantar batalla, sin importar cuál sea el resultado. Y Aragorn, casi rey, rey por completo en más de un sentido, sabe que ha llegado el momento de ocupar su lugar. “Hijos de Gondor y de Rohan, mis hermanos… Veo en vuestros ojos el mismo miedo que encogería mi propio corazón. Pudiera llegar el día en que valor de los hombres decayera, en que olvidáramos a nuestros compañeros y se rompieran los lazos de nuestra comunidad, en que una hora de lobos y escudos rotos rubricaran la consumación de la edad de los hombres… Pero hoy no es ese día. En este día lucharemos. Por todo aquello que vuestro corazón ama de esta buena tierra, os llamo a luchar. ¡Hombres del Oeste!”. ¡Rey!

Mientras los Hombres plantan cara, Frodo y Sam ascienden el Monte del Destino. Tienen que destruir el Anillo. Han conseguido superar todos los obstáculos imaginables, están juntos de nuevo… Pero Frodo cae. No soporta el peso del Anillo, no soporta el agotamiento extremo que siente, no soporta una lucha que se está eternizando. Y está asustado, porque lo ve, porque lo siente, porque está ahí mismo. Y no puede más. No puede seguir. Y entonces pasa esto, porque Sam puede por los dos:

“Nunca imaginé que moriría luchando junto a un elfo”.

A estas alturas de la película ya soy todo lágrimas.

Pippin tiene miedo, Merry tiene miedo, pero son los primeros en correr cuando Aragorn da la señal. Tras sus gritos de aliento, su señal es un susurro. Y no puede ser más significativo: “por Frodo”.

Frodo casi pierde la batalla, pues el poder del Anillo es demasiado grande y la perspectiva de perderlo le asusta tanto como le asustó a Sméagol en su día. Paradójicamente, es Golum quien termina salvándolos a todos. Frodo y Sam huyen, y nos dejan una de las escenas más bonitas de la trilogía:

Vais a permitirme que me abstenga de más comentarios. Voy a acogerme a la película, a lo que dice, a lo que transmite, a lo que significan estas dos últimas e inolvidables escenas que coronan una fantástica trilogía ante la que me arrodillaré siempre.

“Llegan ahora los días del rey. Bienaventurados sean”.

“Vosotros, amigos, no debéis inclinaros”.

Judith Torquemada

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