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Te damos muchas razones por las que Oslo (Noruega) debe ser tu escapada principal este invierno

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No sé si estás pensando en realizar un próximo viaje, si prefieres que comience el próximo año para planteártelo porque en 2019 ya has viajado demasiado o si eres de los que en meses invernales solo quiere saber del trío de oro (sofá, manta y película, claro), pero en cualquiera de los casos quizá te interese lo que tengo que decirte. Tiene que ver con Oslo, la capital de Noruega. Y tiene también mucho que ver con que estos meses que llegan -noviembre, diciembre, enero- son meses perfectos para viajar.

Precisamente porque son pocas las personas (millones, pero pocos millones) que se animan a viajar, lo que significa que lugares que en otras épocas del año encontraríamos abarrotados permanecen vacíos, o casi vacíos. Pero, sobre todo, lo siguiente: son muchos los lugares que nos ofrecen su mejor cara en invierno. Y Noruega es ese tipo de lugar, como lo es Oslo.

Quizá Oslo no sea una ciudad bonita al estilo de Roma o Florencia, pero su centro tranquilo, sereno y ordenado transmite una sensación de belleza imperecedera que puede conquistar a cualquiera. Los paseos en torno al Palacio Real o la orillas de unas aguas que pueden estar congelado dependiendo de cuándo realicemos nuestra visita, nos transmitirán cosas difíciles de experimentar lejos del Norte de Europa. Conservo el silencio que me regaló Oslo aquel enero como si fuera un tesoro, porque no he vuelto a escucharlo en ninguna otra parte desde entonces.

Y no tiene nada que ver con que no haya gente por las calles, aunque esa fue mi primera sensación al aterrizar. Es cierto que la vida permanece como en pausa hasta bien entrada la tarde, cuando ya es completamente de noche, pero me gustó ver el ambiente social que hay cuando todos han abandonado sus quehaceres. Las calles, las cafeterías y las terrazas nos indican que en Oslo hay mucha vida, aunque sea una vida tranquila. Y sí: terrazas, en enero, en Oslo, a dieciocho grados bajo cero.

Es una ciudad singular, con un estilo de vida propio; propio de países fríos, supongo. Las horas de luz son reducidas y el frío se cuela entre los huesos, lo que puede dificultar un poco la vida del turista en sus primeras horas. Nada que no pueda solucionarse con un par de capas de ropa (o varias), el calzado y los complementos adecuados, y ganas de conocer la ciudad. Una ciudad que en seguida se presta a ello, con gente seria pero amable, enclaves que nos dejarán con la boca abierta, como el Parque Frogner, y ese clima invernal que te atrapará sin que te des cuenta. Verse rodeado de montones de nieve, caminar bajo esta con tranquilidad porque parece que todo se adapta a ella, hasta el turista, te transforma en otra persona durante unos días.

Al final, ni siquiera el frío podrá con la curiosidad que a uno le entra al ver un lago congelado por el que poder caminar (pero un poco, sin arriesgar) ni tampoco con la adrenalina histórica que experimentas al adentrarte en el castillo-fortaleza de Akershus. Otros imprescindibles: la Ópera de Oslo (cuidado con los resbalones en el suelo congelado), el interesante Centro del Premio Nobel de la Paz y el museo de Edvard Munch, pintor noruego que puede hacer gritar a cualquiera con sus cuadros. De placer estético, se entiende.

Además, para rematar nuestro viaje: los fiordos. Y Noruega, en general. Si tenemos oportunidad de pasar varios días en el país, no podemos dejar de visitar el Norte, donde abandonaremos la tranquila y serena Oslo para adentrarnos en pueblos de cuento que viven a los pies de las montañas una vida que a algunos les costaría imaginar. En el muy Norte nos encontramos con la ciudad ártica de Tromsø, especialista desde hace tiempo en recibir turistas. Es relativamente fácil ver auroras boreales en los alrededores de una ciudad histórica que nos descubrirá ese otro modo de vida que, aunque parezca que no, tenemos muy cerca. Noruega, en general, es toda una experiencia en invierno, empezando por Oslo, que será el lugar encargado de tomar nuestra medida con temperaturas bajas.

Ya ves: no es mala idea desprenderse de la manta, abandonar el sofá y dejar la película para otro día, porque nos está esperando una aventura a tan solo unas horas de aquí.

Judith Torquemada

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