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Así se vive en Tristán de Acuña, el lugar más remoto del planeta

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Quizá hayáis oído hablar de Tristán de Acuña en las últimas semanas, y quizá seáis de las personas que, como yo misma, habéis querido leer más, ver más, saber más. No es para menos. Tristán de Acuña nos parece algo casi imposible en el mundo en que habitamos, que es un mundo en el que, por lo general, no podemos movernos dos kilómetros sin encontrarnos a otras personas, otros asentamientos o una construcción industrial de cualquier tipo. Así que Tristán de Acuña, en estas condiciones, nos parece imposible.

Esta pequeña isla forma parte del archipiélago Tristán de Acuña, que consta, además de la isla principal del mismo nombre, de otras tres islas: la isla de Gough, donde sólo hay una estación meteorológica sudafricana, la isla Nightingale, deshabitada pero visitada frecuentemente por investigadores, e isla Inaccesible, cuyo nombre ya nos da una pista de su geografía imposible. No es como si Tristán de Acuña fuera fácilmente conquistable: el terreno hace imposible el aterrizaje, así que no tiene aeropuerto, y el estado de las aguas sólo facilita el desembarque unos sesenta días al año. En un puerto, por cierto, que es minúsculo. Antes de entrar en detalles, vamos a localizarla en el mapa:

Tristán de Acuña está considerado el lugar habitado más remoto del planeta. Se encuentra a casi 3.000 kilómetros de África, y a casi 3.500 kilómetros de América del Sur. Santa Elena, el lugar habitado más cercano a la isla, está a 2.400 kilómetros de distancia. Y, como ya hemos dicho, no tiene aeropuerto. ¿Cómo llegar a Tristán de Acuña, entonces? ¿Cómo se descubrió este lugar tan remoto? ¿Y cómo se vive? Vamos por partes.

La historia de Tristán de Acuña

Según se ha registrado en la historia, este conjunto de islas fueron avistadas por primera vez a comienzos del siglo XVI por un marinero portugués llamado Tristão de Cunha. No pudo desembarcar (porque es muy difícil hacerlo, como hemos dicho), pero las bautizó con su nombre. El primer registro de las islas consta, según datos, de 1509. Su descubrimiento no fue una casualidad, en cualquier caso: se encuentra en la que era la ruta preferida desde Europa hacia el Océano Índico.

El primer desembarco registrado lo realizó la tripulación del barco holandés “Heemstede”, en 1643, que empleó las tierras de Tristán de Acuña para reponer suministros. Y dejaron constancia de su paso por la isla aquel 17 de febrero de 1643. En los años siguientes, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales volvió a la isla en varias ocasiones, pero continuó siendo un lugar deshabitado. A comienzos del siglo XIX, en torno a 1810, un americano llamado Jonathan Lambert trató de asentarse junto con otros tres hombres en la isla. Tres años más tarde, sin embargo, una expedición confirmó que sólo un italiano llamado Tomasso Corri (a quien conocieron como Thomas Curry) sobrevivió; dicen, por cierto, que dejó enterrado un tesoro que todavía no se ha encontrado.

Fueron finalmente los británicos quienes se asentaron en la isla. Tras la batalla de Waterloo en 1815, con Napoleón encerrado en “la vecina” Santa Elena (recordemos, a más de 2.000 km de Tristán), decidieron establecer una base en la isla para evitar que fuera ocupada por los franceses para rescatar a Napoleón. Así fue como el escocés William Glass se estableció en el territorio, junto a su esposa sudafricana y sus dos hijos, y acompañados de un par de personas más. Establecieron, además, una especie de constitución por la que decidieron que todos tendrían los mismos bienes materiales, el mismo territorio y la misma posición social en una sociedad de menos de una decena de personas. En 1826, el británico Thomas Swain persuadió a Simon Amm para que viajara a Santa Elena con el objetivo de encontrar personas solteras dispuestas a asentarse en Tristán; para sorpresa de muchos, regresó un año más tarde con voluntarios. Poco a poco, Edimburgo de los Siete Mares fue creciendo. En 1832, contaba con 34 habitantes: seis adultos y veintidós niños.

Tristán de Acuña - Foto: NASA
Tristán de Acuña – Foto: NASA

Con las facilidades que fue proporcionando el paso del tiempo con su correspondiente desarrollo, empezó a llegar gente a la isla. Pero también hubo quien la abandonó cuando William Glass murió; y la tragedia definitiva se dio en alta mar, cuando el barco se hundió en su salida del lugar y murieron 15 personas. A finales del siglo XIX, un barco italiano naufragó y sus dos marineros supervivientes decidieron instalarse en el lugar; sabían de carpintería, así que les enseñaron a construir barcos para ir a pescar a las islas cercanas. El desarrollo también llegó a Tristán, y la religión católica, de la mano de dos hermanas irlandesas.

El siglo XX no fue nada fácil para ellos. Incomunicados durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, fue en 1961 cuando la tragedia azotó de nuevo la isla. En el centro de Tristán de Acuña se encuentra un volcán activo de 2000 m. que es, además, el principal “punto turístico” del lugar. En todos los años de ocupación, no se había registrado actividad volcánica, pero durante agosto y septiembre de 1961 despertó, y en octubre el volcán avisaba de que la vida en el lugar era imposible por el momento. Así que se acordó que debían evacuar a los habitantes del lugar, que por entonces ascendían a 264. Y aunque no era fácil abandonar la isla, por el estado del mar comentado y también por la ausencia de barcos, la suerte estuvo del lado de los isleños y pudieron marcharse.

Los acogieron en Reino Unido, después de un breve paso por Sudáfrica. Aunque muchos pudieron adaptarse a la nueva vida que prometía Surrey, otros fallecieron a causa de enfermedades comunes ante las que no estaban inmunizados, como la gripe, y otros muchos decidieron que ese estilo de vida no era para ellos. Mientras tanto, una expedición británica se acercó a la zona a principios de 1962 para estudiar el lugar; la fábrica para enlatar langosta, la principal fuente de ingresos de la isla, había quedado destruida, así como sus playas. Además, las casas del asentamiento, que no se encontraba en mal estado, habían sido saqueadas.

Pese a ello, un año más tarde del incidente los isleños decidieron que querían regresar; ante el asombro de los británicos. En agosto de 1963 partió la primera expedición para reconstruir el lugar, y el 10 de noviembre de 1963 la mayoría de los que tuvieron que dejar su lugar de origen estaban de vuelta. Y hasta hoy.

La vida en Tristán de Acuña

La vida en Tristán de Acuña puede resultarnos curiosa, sobre todo acostumbrados como estamos a lo que tenemos aquí. Se habla un dialecto del inglés que mezcla expresiones del idioma del siglo XIX con expresiones italianas, entre otras. Apenas una decena de barcos llegan a la isla en todo el año, y también reciben visitas frecuentes necesarias: un dentista, una vez al año, un oftalmólogo, cada dos años. Para todo lo que sea urgente, deben trasladarse a Ciudad del Cabo. Aunque tienen hospital, con enfermeros, los doctores hacen estancias de seis meses a dos años, nunca se quedan de manera permanente.

Cada familia tiene su huerto particular; también tienen ganado y cuando hace buen tiempo se animan a pescar. Para todo lo demás, compran en el supermercado, que todo lo que tiene lo acumula en esas nueve o diez visitas al año de barcos llenos de productos de todo tipo.

Supermercado de Tristán de Acuña - Foto Brian Gratwicke
Supermercado de Tristán de Acuña – Foto: Brian Gratwicke

Como podéis imaginar, todos se conocen entre todos y de alguna manera, todos están emparentados con todos. El ambiente en la isla, por lo que puede verse en su página web, es fantástico. No hay crimen registrado, y tienen un centro de reuniones donde lo celebran todo. De hecho, tienen muchas fiestas, como el Queens Day, celebrada cada año a finales de febrero. Las noticias importantes las cuelgan en su página web, que funciona como una especie de tablón de anuncios para que sus parientes que viven fuera se enteren de lo sucedido. Por noticias importantes me refiero a, por ejemplo, cuando se celebra un nacimiento, cuando dos personas se casan o cuando alguien se marcha a vivir al extranjero. Sucede a menudo porque, entre otras cosas, en la isla no hay universidad, aunque sí hay instituto. Y también Internet, en el cibercafé de la isla.

¿Quieres vivir en Tristán de Acuña? Bueno, no es nada fácil. Además de las complicaciones técnicas, tienes que tener el consentimiento por escrito de todos y cada uno de sus habitantes. ¿Quieres visitar Tristán de Acuña? Hablemos de eso.

Visitar Tristán de Acuña

El billete de ida y vuelta desde Ciudad del Cabo cuesta en torno a 1000€, y no solo hay pocos pasajes en cada barco, también hay pocos barcos, como ya he dicho, que lleguen hasta la isla. Por otro lado, también es necesario contar con el consentimiento de la administración de la isla.

Desde la administración, piden a los visitantes que se informen sobre la historia y la vida en la isla, y que piensen sobre unas cuestiones antes de ponerse en contactos con ellos para pedir una visita autorizada. Te informan, muy amablemente, de que uno debe pensar bien el tiempo que quiere permanecer en la isla, así como las actividades que uno quiere llevar a cabo. Te ofrecen la posibilidad de quedarte seis meses junto a ellos, pero uno también debe tener claro las dificultades por las que a veces hay que pasar para llegar (y para volver). Una vez que tenemos claro qué tipo de viaje queremos realizar, debe comunicarse a la administración y esperar una respuesta afirmativa. Si quieres grabar algo en vídeo, por cierto, tendrás que pagar 5000$ para conseguir el permiso; y antes de ir, no olvides acudir al médico para comprobar que tienes una salud fuerte, pues cualquier mínima enfermedad puede causar estragos en un lugar en el que no están inmunizados.

En fin, Tristán de Acuña parece de otro mundo, pero no es más que un rincón del nuestro que ha permanecido y permanece apartado, tranquilo y autosuficiente. No es extraño que siga impresionando.

Judith Torquemada
Periodista, taikista, marvelita y feminista. Escribo sobre cine, sobre libros y sobre viajes. También escribo historietas varias. Se me da bien hablar de Escocia, enamorarme de personajes ficticios y fantasear en general. Por Frodo. Y por Ned Stark.

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