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La valentía de Rodrigo Sorogoyen

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Si no has visto ‘Madre’, te recomendamos que no leas este artículo hasta que lo hayas hecho.

En los días previos al estreno de ‘Madre’ he escuchado incontables veces eso de “no es lo que te imaginas”. Incluso yo misma lo he pronunciado, porque quizá es lo primero que llama la atención de la película. La decisión de Rodrigo Sorogoyen de centrar el largometraje en la figura de la madre y en su duelo en lugar de hacerlo en la desaparición del hijo está siendo muy comentada y, también en ocasiones, algo criticada. Esto se explica por la tendencia del ser humano de adelantarse a los acontecimientos. Seguro que todos los que vimos el corto, cuando se confirmó que habría un largo en forma de secuela pensamos que en él descubriríamos el destino del pequeño Iván. Pero el director madrileño ha preferido apostar por un camino diferente

Hablando con él en la premiere de la película, se mostró tajante y seguro. A la hora de plantearse la construcción del largo, tuvo claro en todo momento que le interesaba más el viaje de esa madre que lo había perdido todo y su intento por encontrar de nuevo las ganas de vivir que lo que ocurrió con el hijo que perdió. Al fin y al cabo, esto último ya ha sido explorado en numerosos films y no es más que un thriller arquetípico, en el que se juega sobre seguro, en un terreno ya conocido. 

Luego está la parte humana. Estamos acostumbrados a contar y a ver las historias de padres que han perdido a sus hijos, pero que terminan conociendo su destino, ya sea positivo o negativo. En el peor de los casos, contemplamos ese terrible momento en el que la familia conoce la muerte de su ser querido. Un instante doloroso, pero que supone un punto y aparte, que permite arrancar un nuevo camino, aunque sea duro. Sin embargo, hay una realidad que no aparece tanto en la pantalla: la de las familias que cuentan con un miembro desaparecido del que nunca llegan a conocer su paradero o su estado. Una realidad angustiosa, en la que el tiempo queda detenido en el instante de la desaparición, lo cual dificulta y en algunos casos impide ese avance o esa creación de un nuevo camino. 

Rodrigo Sorogoyen ha decidido dar voz a estas personas invisibles, a sus incómodas y dolorosas verdades, que muchas veces sólo comprenden ellos mismos. Una incomprensión que vemos reflejada en ‘Madre’ en todo momento, incluso en los personajes más cercanos a Elena. Se habla de locura y se habla de obsesión cuando lo que realmente hay es una falta de empatía alarmante y una soledad para la que la protagonista encuentra la cura en la persona más inesperada. 

El director es valiente por mostrar esto, por saltarse la fórmula del éxito ya conocida y apostar por un largometraje totalmente diferente al corto con el que triunfó, por atreverse a romper los esquemas de los espectadores. Y es valiente por ofrecernos una historia oscura, incómoda, en la que el dolor se respira en cada plano, y acabar con nuestros prejuicios y nuestros complejos como sociedad y como seres humanos, sabiendo que puede chocar con ellos a la hora del visionado. 

La valentía del amor inocente

Con todo esto, Rodrigo Sorogoyen ya se la había jugado bastante, para muchos más que suficiente. Pero en este proyecto, el director ha ido a por todas, ha ido a hacer el cine que quiere hacer, el cine en el que cree. Y dentro de él se encuentra una historia de amor fuera de todas las reglas, en la que los juicios del espectador pueden intervenir desde un comienzo y que, en realidad, es mucho más inocente y auténtica que las que solemos ver en la gran pantalla. 

En ‘Madre’ nos encontramos con el ya conocido poder sanador del amor, pero lo hacemos en una forma muy poco convencional. Y asistimos a un enamoramiento real, en el que las miradas dicen más que las palabras y en el que los sentimientos van surgiendo de manera natural y, sobre todo, inocente, sin ser buscados. Un enamoramiento que va en contra de las normas, que va en contra de nuestro propio marco de pensamiento, de lo que consideramos como correcto. Pero que acaba siendo la luz en la oscuridad, la esperanza en medio del dolor, la vida tras la muerte -en sentido metafórico-. El arranque del tiempo que tantos años llevaba parado. 

Aquí nos encontramos de nuevo con la valentía del director, que no ha tenido miedo de incomodar al espectador y de sugerirle dilemas que le acompañarán después de salir de la sala. Una valentía que se percibe en la trama, en la narrativa escogida, en el poso que deja ‘Madre’. Sorogoyen se ha atrevido a que su película no guste, que es siempre el objetivo final de todo creador. 

Imagino que el director hace cine para contar historias que merecen la pena, para dar voz a quienes no la tienen, para generar reflexiones en el público, pero también para que guste. Como me ocurre a mí cuando escribo. Quiero contar lo que pienso, abrir los ojos de los lectores, también generar reflexiones, pero en el fondo, aunque nunca me lo admita ni siquiera a mí misma, quiero que lo que escribo guste. Atreverse a romper con este objetivo final es lo más valiente que puede hacer un creador, y Rodrigo Sorogoyen hizo esto desde la misma concepción de ‘Madre’. 

Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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