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Tiago Vega (‘Penny Dreadful: City of Angels’): entre dos realidades

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Este artículo puede contener spoilers de ‘Penny Dreadful: City of Angels’.  

Había pensado en titular este artículo con una referencia directa a los dos mundos en los que se mueve Tiago Vega. Pero la referencia oculta a Hannah Montana era demasiado. No quiero quitarle dramatismo a la situación de la estrella adolescente que es dos personas a la vez, ni mucho menos. Pero vivir en una sociedad fuertemente racista, entrar en un cuerpo de policía corrupto y, repito, fuertemente racista y tener que enfrentarte a tu familia… No hay tanta purpurina y tanto color en esta historia, a la que le pega mucho más una gama sepia. 

Santiago Vega nació en el seno de una familia mexicana afincada en Los Ángeles. Una familia humilde y trabajadora en la que no ha faltado nunca el amor, pese a que la vida no se lo ha puesto fácil. Su padre murió abrasado en los campos en los que trabajaba, ante la atenta mirada del niño Tiago, que fue salvado por la Santa Muerte cuando él mismo trataba de salvar a su padre. Un episodio traumático que le marcó, física y psicológicamente, y que aún a día de hoy, adulto y más maduro, sigue negando. O, mejor dicho, sigue viendo sin claridad. Porque ese día, cuando su padre murió sin que él pudiera remediarlo, perdió la fe natural con la que todos nacemos y borró por completo a la Santa Muerte. Y a toda creencia posible. 

La siguiente vez que nos encontramos frente a Tiago en ‘Penny Dreadful: City of Angels’ es ya todo un hombre, interpretado por Daniel Zovatto, mi gran descubrimiento personal de la serie. El primer hombre chicano que logra formar parte del cuerpo de policía de Los Ángeles y convertirse en detective. Un hito celebrado por parte de su familia, pero juzgado por algunos de los pilares más importantes de su vida, como su hermano Raúl. Para quienes luchan desde abajo, desde la protesta callejera y desde posiciones nada privilegiadas, es casi una traición entrar a formar parte del bando enemigo. Incluso aunque se haga con la intención de luchar desde dentro, no hay honor en ello. 

Así ven algunos el camino de Tiago, que no es más que un camino diferente con la misma meta: lograr la igualdad del pueblo chicano, de su gente. Entiendo que la decisión de tomar esa dirección y no seguir los pasos de su hermano Raúl está enormemente influenciada por la muerte de su padre. Las condiciones en las que trabajaba no eran las óptimas. Nadie se preocupaba ni se preocupa en ese momento (1938) de la situación de todos esos ciudadanos a los que consideran de segunda o de tercera. Y no importa lo mucho que protesten, la represión siempre es mayor. Por eso, para que no tengan que seguir sometidos al dominio de los ciudadanos de primera, hay que cambiar el sistema. Desde dentro. Hay que hacer justicia y, sobre todo, demostrarle a Los Ángeles y a los propios chicanos que son capaces de ser quienes quieran ser

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Un hombre bueno

Llevo días pensando en qué podría escribir sobre Tiago Vega. En cómo podría definirle. Y han surgido muchas características y muchas aristas del personaje, claro. Pero por encima de todo ha sobresalido una afirmación clara y concisa: es un hombre bueno. No veo ni un solo ápice de maldad en él. Ni siquiera cuando sus propios compañeros le rechazan o cuando le insultan. Ni cuando parte de su familia le juzga. No veo ira ni veo sed de venganza. Sólo ganas de hacerlo bien, de tomar el camino correcto y de cambiar la realidad a la que se enfrenta cada día. 

En sus grandes ojos transparentes no veo sentimientos negativos para con los demás. Encuentro una pureza que ni siquiera atisbo en el resto de personajes. También veo una tristeza que le acompaña desde niño, cuando prefería escuchar ‘La llorona’ antes que cualquier tema animado. Imagino que porque su alma ya era melancólica para ese momento. No era un niño común, sino un pequeño tranquilo y sensible, algo triste y solitario, pero bueno. Y así sigue siendo, años más tarde y con mucho más peso en sus hombros. 

Lo más inquietante de este personaje es que mantiene su inocencia. Siendo un niño, miró a la muerte de frente. Y desde entonces se ha enfrentado a la pobreza, al odio, a la desigualdad, a la injusticia y al miedo. A miradas de asco, a gestos racistas, a escupitajos en la cara y a decenas de puertas cerradas. Pero sigue siendo inocente. Por las noches, en su rincón seguro, se entrega a un alcohol ante el que se desnuda. Y por el día sigue creyendo en la mirada sincera de una mujer a la que cree tan oprimida como él. O en la buena intención de un compañero. O incluso en la propia sociedad, en la que, aunque no lo exprese claramente, sigue confiando. De no ser así, ni siquiera se habría planteado trabajar en un cambio. Lo hace porque lo cree posible. Porque confía en la bondad del ser humano, la que él sí posee

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Foto: Justin Lubin/SHOWTIME.

El dilema que le consume

Quiero pensar que la bondad, la ilusión y la inocencia de Tiago Vega no se van a agotar. Que no va a perder la tenacidad con la que avanza en la vida y que no va a dejar de luchar. Que no se va a rendir, como le pide a gritos un entorno que no le da respiro. Pero en su mirada, siempre transparente, se aprecia el cansancio. Cada vez más. Moverse en la cuerda floja entre dos realidades implica una tensión continúa y el riesgo permanente de caer en un abismo del que es casi imposible salir. 

Tiago perdió el equilibrio en el momento en el que disparó a Raúl. Deber y familia chocaron frontalmente y no pudo evitar hacer lo que era correcto. Acabar con quien suponía una amenaza para sus compañeros, frenar la locura que se había apoderado de su hermano. La cosa podría haber terminado peor, Raúl podría haber muerto y la culpa sería insoportable, pero su dedo apretando el gatillo es un fantasma que acompañará a Tiago durante lo que le reste de vida. También hará lo propio la mirada fría del pequeño Mateo y la seguridad de que no habría acabado preso de la delincuencia si no hubiera sido por ese tiro. Y la distancia muda que ya existe entre él y aquellos con los que comparte sangre e historia, pero no presente. 

Su decisión de combatir la desigualdad y la injusticia desde dentro tenía como consecuencia directa este dilema. Y también la soledad en la que se encuentra sumido. No hay felicidad alguna en su día a día, tanto es así que cuando la encuentra lo hace en pequeños detalles que para nosotros, espectadores privilegiados alejados de su realidad, no tienen demasiada importancia. En el fondo, sigue siendo el niño triste y melancólico al que casi nadie comprende, solo en medio de las llamas y sin terminar de ver claramente lo que tiene ante sí. La pregunta es: ¿abrirá Tiago los ojos antes de que la oscuridad los cierre por completo? 

Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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