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Crítica de ‘It’s a Sin’: un emocionante grito de libertad

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Esta crítica no contiene spoilers de ‘It’s a Sin’.

Termino de ver ‘It’s a Sin’ y pienso en lo difícil que es reconocer la libertad cuando uno la posee. Parece que necesitamos que nos muestren cómo es no tenerla, cómo es vivir sin ella, para que comprendamos que nos encontramos entre los afortunados que la disfrutan. También hace falta empatía, claro. Pero creo que ni siquiera aquellos que hacen gala de esta capacidad llegan a ser verdaderamente conscientes de la cantidad de personas oprimidas que les rodean.

No es esta la única reflexión que ha generado en mí la nueva serie de Russell T. Davies. Pero sí creo necesario comenzar hablando de ella, porque todo surge a partir de esa libertad y, sobre todo, de la ausencia de la misma.

Conocemos a Ritchie Tozer (Olly Alexander), Ash Mukherjee (Nathaniel Curtis), Roscoe Babatunde (Omari Douglas) y Colin Morris-Jones (Callum Scott Howells) cuando prácticamente están comenzando a vivir su verdadera vida. Cada uno proviene de un lugar y de una situación diferentes, pero todos comparten una realidad. Son homosexuales y nunca han tenido la oportunidad de serlo abiertamente. Por eso, nada más llegar a Londres, casi todos se dejan llevar por la curiosidad y por la necesidad de conocerse y de explorar su sexualidad. Y disfrutan de la vida, del sexo, del amor y de la amistad. Disfrutan de la noche, de las fiestas, de la oferta cultural y, sobre todo, de una libertad que nunca habían conocido. Y lo hacen junto a un nutrido grupo de amigos, en el que se encuentra la maravillosa Jill Baxter (Lydia West), en el que se sienten ellos mismos y, por tanto, se sienten poderosos.

Hasta que, de repente, toda esa felicidad, ese amor, esa libertad y esa autenticidad se ven amenazadas por un enemigo que jamás habrían imaginado. El SIDA se cuela en sus vidas en silencio y, poco a poco, va destruyendo todo lo que habían construido. De repente, esa libertad que merecían y que se habían trabajado ellos mismos se vuelve en su contra de manera injusta. Y lo pone todo patas arriba.

En ‘It’s a Sin’, Russell T. Davies nos traslada al Londres de la década de los 80 para mostrarnos cómo se vivió allí el surgimiento de la que muchos conocían como la Gay Plague. Lo hace a través de un relato cargado de luz y de color, que poco a poco va siendo engullido por la oscuridad. A través de una amistad bella y pura, de unos personajes bien definidos, con los que es prácticamente imposible no conectar. Y a través de historias que nos permiten visitar lo ocurrido desde muy diferentes perspectivas y a partir de muy distintas realidades.

También lo hace a través de su (ya de sobra conocida) sensibilidad, y de la verdad que aporta la experiencia. Porque aunque la juventud del creador se diferenciaba en muchos aspectos de la de Ritchie y compañía, la serie tiene un importante carácter autobiográfico. El Londres que vemos es el Londres que acogió a Davies cuando él mismo descubría su sexualidad. El que le acogió nada más salir del nido, deseoso de cumplir los sueños de una vida y con el hambre que tenemos todos cuando, por fin, probamos el primer bocado de libertad. Las inquietudes, los sentimientos y la angustia de los personajes de ‘It’s a Sin’ fueron, en su día, los de su propio creador. Y eso aporta un extra de verdad y de autenticidad a una producción que llegar cargada de ambas.

Un drama que invita a vivir


It's a Sin
Foto: RED Production Company & all3media international

‘It’s a Sin’ tiene un importante porcentaje de drama. Es evidente. Pero nunca llega a regocijarse en él. No se queda atascada en los sentimientos negativos, en el miedo y en el dolor. Sino que apunta siempre, en todo momento y frente a cualquier circunstancia, hacia la vida. He pensado mucho acerca de esto también. Toda enfermedad es enemiga de la vida, toda amenaza con acabar con ella y con arrebatarnos nuestro bien más valioso. Pero el SIDA, tal y como creo que acierta Davies a representar en la serie, llega quizá de una manera más cruel. Porque lo hace acompañado de la culpabilidad. Lo hace con un mensaje tan devastador como es el “te vas a morir porque has vivido”. “Te vas a morir por tu culpa”. “Te vas a morir porque lo mereces”.

Ese carácter de pecado cae como una nueva losa sobre quien ya lleva demasiadas sobre la espalda. Y, por sorprendente que pueda resultar, sigue estando medianamente presente en el imaginario de una importante parte de nuestra sociedad. Por eso, entre otras muchas razones, esta serie es necesaria y por eso llega en el momento adecuado. Porque ahora, desde la distancia, podemos comprender la locura y el sinsentido que se generó, podemos rechazar el odio y podemos horrorizarnos ante lo ocurrido. Y también podemos comprender la importancia de seguir mirando en esa dirección, de acabar con el tabú y de ofrecer la atención que merece a una enfermedad que sigue matando.

Con todo esto, pese a la dureza de lo que vemos y de los sentimientos que compartimos, una de las grandes virtudes de ‘It’s a Sin’ es el sabor final que deja. O que, si soy correcta, me ha dejado a mí. Con lágrimas en las mejillas, he terminado con el deseo de vivir. Sin límites y sin miedo. Con la seguridad de que ser libre, ser uno mismo y perseguir las metas que deseamos es lo que verdaderamente marca una vida. Mucho más que el tiempo. Y también con la convicción de que escuchar, querer, aceptar y visibilizar puede y podría haber salvado millones de vidas. La luz con la que arranca la serie es la luz con la que termina, después de un túnel que parecía interminable.

Un reparto encantador y una banda sonora inmejorable


It's a Sin
Foto: RED Production Company & all3media international

Russell T. Davies ha apostado por un reparto en su mayoría desconocido y novel. Y, al menos conmigo, ha conseguido el efecto que, imagino, buscaba. La conexión con esos jóvenes ilusionados, emocionados y genuinos ha sido casi inmediata. Sobre todo en dos casos concretos que, creo, merecen una mención aparte.

Olly Alexander (sí, el talentoso vocalista de la banda británica Years and Years) y Callum Scott Howells (una de las grandes sorpresas de la serie) realizan un trabajo impecable. El primero metiéndose en la piel de un Ritchie que es la representación de la vida, de las ganas y de la fuerza de voluntad. Y también el resultado de las heridas, de la ausencia de aceptación ajena y propia y de la opresión. Y el segundo como el dulce y responsable Colin, para el que todo era suficiente, capaz de hallar la felicidad en los detalles más cotidianos. Dos caras de una moneda que son responsables de una importante parte de la emoción de ‘It’s a Sin’.

Destacaría otros muchos aspectos de una serie que según pasan las horas me va gustando más, y más, y más… Pero creo que esto se está alargando demasiado. Junto con una idea brillante y necesaria, un guion que nos deja un monólogo final que rompe a cualquiera y un reparto al que no tengo pensado perderle la pista, la banda sonora de ‘It’s a Sin’ es uno de sus (muchos) puntos fuertes. Cada una de las canciones que van apareciendo nos trasladan a una época que, en muchos casos, ni siquiera hemos conocido. Y nos inundan de luz, de color y de vida.

Qué maravilla lograr que, hablando de muerte, de pérdida, de miedo y de abandono, sea la vida la que salga ganando.

‘It’s a Sin’ se estrena el próximo sábado 23 de enero en HBO.

'It's a Sin'

9

Lo Mejor
  • El mensaje que envía
  • Su verdad y su autenticidad
  • Reparto
  • Banda sonora
  • Estética, fotografía y vestuario
Lo Peor
  • -
Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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