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‘El club de los poetas muertos’: los amigos de toda una vida

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Hace treinta años que el mundo disfrutó por primera vez de ‘El club de los poetas muertos‘, dirigida por Peter Weir (‘Camino a la libertad’, 2010), con guion de Tom Schulman y protagonizada por nombres que nos han acompañado desde entonces, como Robin Williams o Ethan Hawke.

Tom Schulman se sirvió de buena parte de sus experiencias de adolescencia para escribir esta historia que va, sobre todo, de la vida. La vida de unos adolescentes que deciden afrontar cada uno de sus días con la intensidad y la consciencia que esa y cualquier etapa de la existencia requiere, saboreando los momentos, arriesgándose frente a los precipicios, enfrentándose a sus miedos, descubriendo y peleando por sus pasiones. ‘El club de los poetas muertos’ es una reivindicación de la vida que todos tenemos que vivir: la que es nuestra y solo nuestra. Y de paso va dejando mensajes de gran calado en las mentes adolescentes: lucha, ríe, emociónate, siente, esfuérzate, pero no dejes de ser prudente, responsable y consecuente con tus actos. No te rindas. Valora a los demás, quiere bien a los demás.

Precisamente de esto último hablaremos en estas líneas: de la amistad que vemos desarrollada entre los adolescentes protagonistas de nuestra historia. Sus nombres: Neil, Todd, Charlie, Knox… Y John Keating, el señor Keating, el gran profesor, que de alguna manera es una sombra en cada uno de sus pasos. De la mano de un guion excelente, sin excentricidades ni pomposidades artificiales, se establecen y se desarrollan una serie de relaciones honestas, verdaderas y emotivas, también por la carga emotiva que tiene la película en sí.

Viéndolos, viviéndolos en cierto modo, porque esta película está para vivirla (ya veis, todo gira en torno a eso), da la sensación de que entre esos muchachos surge esa clase de amistad que dura toda una vida. Porque comparten algo muy importante, actitud y pasión, y porque se conocen, se comprenden y se quieren más allá de sus diferencias o sus defectos. Cada escena, cada intervención, cada línea de diálogo, está pensada para transmitir esta creencia al espectador, y en cada escena, cada intervención y cada línea de diálogo esta creencia se desliza de manera natural, nunca forzada. Por eso en esta película encontramos situaciones y personajes tan reales, que creemos y queremos a pesar de lo distante que pueda pillarnos esa realidad.

Las miradas de complicidad que se cuelan entre los silencios, las largas charlas que mantienen, los planes que se animan a llevar a cabo sin que nada importe, más allá de ellos mismos y lo que forman, la forma en que se animan los unos a los otros a descubrirse a sí mismos, a descubrir el mundo y aquello que puede hacerles felices… Todo ello, como he dicho antes, sin excentricidades ni pomposidades artificiales, porque puede que las haya, puede que se exageren cosas, pero no es producto de una necesidad de buscar dramatismo sino de que en la adolescencia todo es exagerado. Todo es más grande. Parece que la vida nunca vuelve a importar tanto como importa en la adolescencia, o no de esa manera, cuando cada segundo cuenta. Y en esos segundos que cuentan, estos muchachos tienen al lado a otros muchachos que les empujan a contarlos.

Y nos vemos identificados en ellos, incluso después de haber dejado esta etapa atrás, la etapa en la que te subes a una mesa a gritar “¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!”. Quizá no lo harías ahora, pero sabes que lo hubieras hecho entonces, llevado por esas ganas de comerte el mundo, por la sensación de que todo es posible y apoyado por los amigos de toda una vida. Una vida que en ‘El club de los poetas muertos’ abarca un año de curso escolar, pero es un año tan importante que vale también para eso: para toda una vida.

Porque, al final, todos apoyan a Knox cuando lo único que puede hacer es pensar en Chris, en cómo conquistarla, cuando se mete en problemas por ello y parece olvidarse de todo lo demás. Celebran sus victorias, incluso lo que solo es una victoria sobre sí mismo por superar sus miedos y atreverse, y se lamentan de sus derrotas, que en realidad nunca lo son. Todos apoyan también a Charlie en sus excentricidades y sus gamberradas, juegan a sus juegos y perdonan sus errores, porque Charlie es complicado, pero sobre todo es amigo. También Todd es complicado, por su personalidad y circunstancias, porque parece distante, y son los demás quienes se acercan, lo integran y lo valoran, y le ayudan a valorarse a sí mismo. Y Neil, con sus pasiones y sus iniciativas, el líder sin colocarse por encima de nadie, quien más apoyo necesita. Lo recibe, en cada momento, de la mejor de las maneras. Y no es suficiente, pero de haberlo sido, Neil hubiera recordado toda su vida lo que los demás hicieron por él, como el resto lo recordará, como el tiempo que compartieron juntos y lo que hicieron crecer, también con el señor Keating. Y todo esto también es inolvidable para el espectador.

La prueba de que esta película es una de las más emotivas y sinceras que se han hecho nunca es que he escrito estas líneas sin detenerme en ningún momento, llevada por el recuerdo de lo visto y de lo vivido, y por las emociones que en mí despiertan esos recuerdos. Y qué es la amistad si no es emoción y sinceridad. Por eso estos muchachos siempre serán los primeros en los que pensaré cuando alguien me reclame una película con la que volver a sentirse adolescente y con la que recordar lo invencibles que nos sentíamos, junto a esos amigos que soñábamos tener toda una vida.

Judith Torquemada

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