'Morir para contar'
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7.5

Morir para contar

Lo Mejor
  • Los testimonios de primera mano impactan en el espectador
  • Acoge diferentes voces, que han vivido distintas experiencias
  • Muestra la verdad sin edulcorantes, con sus sombras y sus monstruos
  • Homenaje merecido para quienes perdieron la vida ejerciendo su profesión
Lo Peor
  • Encuentro una fuerte contradicción entre el testimonio de Hernán Zin y el del resto de reporteros, que en ocasiones no me encaja demasiado bien

La costumbre, el ritmo de vida que llevamos o el egoísmo intrínseco que parece acompañar al ser humano no nos permiten pararnos a pensar en lo afortunados que somos. Por haber nacido en un país perteneciente a eso que muchos llaman -para mí, con muy mal gusto- el ‘primer mundo’, en el que abrimos el grifo y sale agua y apretamos un botón y se enciende la luz. Afortunados por no haber tenido que vivir una guerra, ni siquiera que presenciarla, sólo a través de una televisión que podemos apagar cuando queramos. Afortunados porque tenemos comida, acceso a estudios y, en definitiva, muchas más oportunidades que quienes nacen en otros muchos lugares de nuestro planeta. 

Decía que el ser humano, al menos en nuestra sociedad actual, parece ir acompañado siempre de un egoísmo que no le permite mirar más allá de su ombligo. Una regla ante la que existen excepciones, como suele ocurrir con todas. Cooperantes que dejan sus vidas para entregárselas a quienes más lo necesitan, médicos que abandonan los hospitales en los que están acomodados para viajar a lugares recónditos en los que ponen en peligro sus vidas para salvar otras y periodistas que no dudan a la hora de ponerse en el punto de mira para contar la verdad que los poderosos no quieren que escuchemos. De estos últimos habla ‘Morir para contar’

Hernán Zin reúne en este documental, disponible en Netflix, a los mejores reporteros de conflicto que ha dado nuestro país en el último siglo. Nombres como Javier Espinosa, Mónica G. Prieto, Manu Brabo, Ramón Lobo o Gervasio Sánchez se han sumado a este proyecto, en el que se habla desde dentro de una profesión que siempre ha sido incomprendida, atacada y despreciada y sin la que el mundo no tendría sentido. Porque si no podemos conocer la verdad, si sólo nos dejan ver lo que los poderosos quieren que veamos, seríamos simplemente peones de su propio show. O víctimas. O incluso cómplices. La vida sin verdad no tiene sentido

Este documental, que está entroncado en dos pilares -el testimonio del propio Hernán Zin y las entrevistas de todos estos periodistas, fotógrafos y camarógrafos- nos acerca a la realidad que hay detrás de la mística que rodea la profesión de reportero de conflictos, nos habla de los motivos por los que estos profesionales deciden entrar en el ojo del huracán para compartir los horrores que ven allí, nos muestra las consecuencias personales que conlleva su trabajo y hace un bello y merecido homenaje a aquellos que han caído ejerciendo su profesión. 

A lo largo del documental, conocemos de primera mano las experiencias de profesionales que han visto morir a compañeros, amigos y familiares, que han sido secuestrados o heridos mientras realizaban su trabajo y que han visto tanto dolor que, como dice el propio Manu Brabo, poco a poco han ido perdiendo su propia alma. Relatos crudos, pero cargados de una verdad que será incómoda para aquellos que siempre han menospreciado su profesión. 

El título del documental hace referencia al precio que tienen que pagar estos profesionales para contar las barbaridades que ocurren en lugares en los que el poder no quiere que entremos. Muchas veces, han de morir para que la verdad de millones de personas oprimidas, vapuleadas, torturadas, asesinadas y un largo etcétera de horrores sea escuchada y conocida en el resto del planeta. Como lo hicieron Miguel Gil, Julio Fuentes, José Couso o Julio Anguita Parrado. Y como, por desgracia, lo seguirán haciendo otros tantos reporteros que entienden que su trabajo debe tener una función social, debe servir para algo, y que ellos son mucho más pequeños que la verdad necesaria y tantas veces sacrificada. 

Una hora y media de entrevistas, imágenes tomadas en diferentes conflictos e historias que calan y que harán comprender a muchos por qué esta profesión es una de las más generosas y necesarias que han existido y existirán. Como dice Mónica G. Prieto hablando del asesinato de quien fuera su marido, Julio Fuentes, «yo he podido perder a una persona, pero conozco familias que han perdido a catorce personas». Sus vidas no valen menos que las nuestras, somos afortunados por haber nacido donde hemos nacido y bajo las circunstancias en las que hemos nacido, pero no podemos taparnos los ojos y mirar hacia otro lado. Hay que contar lo que pasa, hay que mostrar los horrores que infringe el ser humano en sus iguales por un pedazo de tierra o un pozo de petróleo. Aunque eso nos cueste el sueño, el alma o incluso la vida

Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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