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‘José Couso, la mirada incómoda’: 16 años de impunidad

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Tenía 10 años cuando José Couso fue alcanzado por la metralla en el balcón de la habitación 1403 del Hotel Palestina en Bagdad. Seré más clara. Tenía 10 años cuando José Couso fue asesinado por el ejército estadounidense mientras grababa la ofensiva final de éste sobre la capital iraquí, un ataque que se combinó con el que sufrieron las centrales de las cadenas Al Jazeera y Abu Dhabi TV en dicha ciudad y que pretendía asustar a la prensa, echarla del país. En total, ese fatídico 8 de abril de 2003 fallecieron en Irak tres reporteros. Ninguno de ellos estaba en el frente, todos se encontraban en los centros de prensa que ya habían sido notificados a los dos bandos y que, en teoría, eran zona neutra. Todos ellos estaban cometiendo el que parece ser el peor crimen de todos para los que hacen la guerra: contar la verdad

El caso es que tenía sólo 10 años el día en que murió José Couso, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Como también recuerdo levantarme cada mañana para ir al colegio y ver, mientras desayunaba, las imágenes de una ciudad en penumbra que sólo se iluminaba con el estallido de las bombas que caían, aparentemente, de manera indiscriminada. Después de aquello, he visto muchos más horrores en televisión, pero no olvido esas imágenes. Ni el shock que supuso para el pueblo español conocer el fallecimiento del cámara José Couso, ni la sensación de incomprensión que invadía a todos, aunque muchos callaran. ¿Qué hacíamos nosotros en esa guerra? En mi mente infantil, recuerdo preguntarme por qué atacábamos un país lejano, que no nos había hecho nada y en el que no dejaban de morir inocentes. Han pasado 16 años, ahora sé los intereses, porque no son razones, que llevaron a Aznar y a su gobierno a entrar en esa guerra. Pero sigo haciéndome las mismas preguntas. 

Curiosamente, una década después de presenciar a través de la pantalla el horror de una guerra para la que nunca hubo justificación, si es que alguna vez la hay, estudiaba en la Facultad de Ciencias de la Información y mi interés por Oriente Medio comenzaba a crecer exponencialmente. Una década después de ser testigo mudo del asesinato de José Couso estaba estudiando su trabajo, viendo documentales acerca de lo ocurrido aquel 8 de abril y leyendo libros como ‘José Couso, la mirada oculta’, un trabajo en el que familiares, amigos y compañeros de José Couso, así como artistas que nunca llegaron a conocerle, se unieron para homenajear al camarógrafo y para pedir justicia. 

Ahora, 16 años después de su asesinato, los culpables siguen sin haber sido sentados en el banquillo de los acusados. El Tribunal Constitucional ha dado por cerrado el caso, denegando los recursos de amparo presentados por la familia de Couso. El gobierno español de la época y el Partido Popular no se han retractado en ningún momento, como tampoco lo ha hecho el ejecutivo estadounidense, que sigue manteniendo la versión del error como única explicación para un atentado no sólo contra las vidas de José Couso y Taras Protsyuk, sino contra la libertad. 16 años de impunidad ante un crimen de guerra que no sólo debe ser condenado, sino también penado. 

José Couso

Un libro para aprender

Con ‘José Couso, la mirada oculta’, aquellos que no vivieron ese triste episodio de nuestra historia o que no lo recuerdan con claridad, tendrán la oportunidad de conocer a fondo lo que ocurrió en el Hotel Palestina, así como las respuestas de los gobiernos estadounidense y español y el contexto en el que se produjo el ataque. Una parte informativa y divulgativa que tiene un valor incalculable, porque quienes nos cuentan lo sucedido son quienes lo vivieron en sus propias carnes, desde Bagdad, presenciando el horror de una guerra que nunca tenía que haber ocurrido. 

Además de conocer el caso concreto de Couso, el lector también aprende algo muy importante y muchas veces obviado o enterrado con acciones como el asesinato del gallego: la función del reportero de guerra. La función de esa mirada incómoda que quisieron sellar de un cañonazo, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia. El propio Couso resumió a la perfección la esencia de su trabajo unos días antes de su muerte, cuando los medios presionaban a sus enviados especiales para que abandonaran la zona, y él convencía a Carlos Hernández (periodista enviado por Antena 3) para que se quedara con estas palabras: «tenéis que quedaros, Carliños. No os podéis ir ahora. Hay que contar lo que aquí ocurra. Qué sería de toda esa gente si no hubiera periodistas, si no hubiera testigos de las barbaridades que unos y otros van a cometer». 

Si los reporteros de conflicto, que no son locos ni adictos a la adrenalina, sino gente sencilla con una empatía especial que a día de hoy escasea, no estuvieran presentes allí donde los poderosos quieren tapar la verdad, el planeta estaría ciego. Y el poder haría y desharía a su antojo, más aún. 

«Alguien tiene que contar a la gente sencilla lo que la gente sencilla siente cuando los tanques avanzan», decía Francisco Peregil. «Nos limitamos a hacer de intermediarios entre el dolor y el olvido», afirmaba el también asesinado Miguel Gil (camarógrafo español que murió en el año 2000 tras sufrir una emboscada en Sierra Leona). Hay muchas maneras de decirlo, los reporteros son la representación de la libertad, y esa es una de las grandes lecciones que nos enseña ‘José Couso, la mirada incómoda’. 

José Couso

Un libro para sentir

Este libro, compuesto por relatos de personas muy cercanas a Couso, entre ellas algunas de las que estaban a su lado cuando fue asesinado, también es un libro para sentir. Porque en él, a través de esas palabras cargadas de dolor y de cariño, podemos conocer un poco a la persona que se escondía detrás del visor. Aparentemente, un gran compañero, un enorme corazón y una de esas personas capaces de sacar lo mejor del resto incluso en los momentos más oscuros. Un hombre que adoraba a su familia y al que le apasionaba su trabajo, porque con él también podía marcar la diferencia, podía dar voz a quienes no la tenían. 

En sus páginas, viajamos hasta el pasado año 2003, vivimos en nuestra propia piel el angustioso momento en el que el Hotel Palestina fue disparado y las eternas horas que le siguieron. Lo hacemos a través de los relatos de Carlos Hernández, Olga Rodríguez, Gustavo Sierra o Jon Sistiaga. Unos relatos que son capaces de transmitir el dolor de una guerra que muchas veces vemos como ajena, de ponerle cara a todas esas víctimas que habían sido anónimas durante mucho tiempo. Porque como afirma en el libro Marta Herrero, ahora todos son Cousos. 

En él también encontramos cartas de su familia, de sus compañeros de Telecinco, de amigos que compartiendo algunos de sus recuerdos más íntimos, que son más tesoro que nunca, buscan generar en la sociedad una parte de la empatía que tenía el gallego. Para pedir una justicia que en ese momento llevaban persiguiendo meses. Una lucha que se sigue dilatando. Ya van 16 años. 

José Couso

Un libro contra la impunidad

Este 2 de noviembre se celebra el Día Internacional para Poner Fin a la Impunidad de los Crímenes contra Periodistas, y es un día perfecto para recordar y hablar de este ‘José Couso, la mirada incómoda’. Contra esa misma impunidad lucha este libro, en el se aportan testimonios más que suficientes para comprender que la muerte de Couso fue un asesinato que aún no ha sido condenado. 

El del camarógrafo de Telecinco es sólo un caso más, quizá el que más nos ha tocado como sociedad, pero no es ni mucho menos el único que ha tenido lugar en los últimos años, ni que decir en la historia. Los periodistas, cuando son libres, se convierten en enemigos para los hacedores de la guerra y del horror. Miradas incómodas que buscan una verdad que ellos quieren sepultar bajo las montañas de la propaganda y la censura. Y como contra la libertad sólo se puede luchar de una manera… ¡Boom!

No son riesgos a los que se enfrentan, como dijo José María Aznar tras el asesinato de José Couso. El fuego cruzado lo es, un disparo programado no. Eso se llama asesinato. Un asesinato que fue coordinado por unos y ejecutado por otros, pero en el que hay culpables que deben pagar. Porque la vida de los periodistas también vale, y ya es hora de que los asesinos cumplan su pena. Ya es hora de que matar a un reportero no sea algo gratuito, como ha ocurrido desde que existe la profesión. Y todo ello pese a que la Convención de Ginebra establece que los periodistas deben ser considerados como civiles por los dos bandos y, como tales, deben ser protegidos. Papel mojado

'José Couso, la mirada incómoda'
Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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