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Ni nostalgia ni cosa de mayores: la doble vida de un clásico del ocio español

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bingo
Foto: Anderson Rodrigues (Pexels)

Basta decir la palabra para que muchos imaginen una sala con humo, sillas de escay y cartones marcados a tinta. El tópico ha convertido al bingo en una reliquia de otra época, un pasatiempo de abuelas y tardes lentas. La realidad, sin embargo, se parece poco a esa estampa: nunca se fue del todo y, además, ha encontrado la manera de rejuvenecer sin renunciar a lo que siempre fue.

El tópico dice que es cosa de otra época

La imagen tiene parte de verdad y mucha de pereza. Es cierto que muchas salas físicas envejecieron con su público y que buena parte terminó cerrando, pero reducir todo un fenómeno a esa fotografía es quedarse en la superficie. Detrás del cliché hay una historia de masas y de intensa vida social que marcó a varias generaciones. Durante años, aquellos locales fueron de los pocos lugares donde se mezclaban jubilados y jóvenes de toda condición, sin que nadie preguntara de dónde venía cada cual.

Nació legal en 1977 y llenó las noches de los ochenta

Su carta de nacimiento oficial tiene fecha. El Real Decreto-ley 16/1977 devolvió la legalidad a los juegos de azar en España tras décadas de prohibición, y aquel mismo año, por una orden de junio, se aprobó su reglamento provisional. Lo que vino después fue una etapa de gran auge. Durante los años ochenta el número de salas aumentó de forma notable en buena parte del país, y muchas competían por atraer clientela con premios cada vez mayores. El grito de la línea y el del bingo cantados en voz alta formaban parte del paisaje sonoro de cualquier ciudad, entre el tintineo de las fichas y el humo de los cigarrillos. La Encyclopaedia Britannica sitúa su origen remoto en las loterías italianas documentadas desde 1476, base de los juegos de números modernos, que después pasó por adaptaciones británicas hasta cuajar en su forma actual. De aquella raíz conserva lo esencial: unos números y una palabra para cantar el premio.

La pantalla le dio una segunda juventud

Internet y unos hábitos de ocio cada vez más caseros explican el salto. Esa herencia social encontró en la pantalla un escenario nuevo, y el juego de toda la vida adoptó su versión de bingo online, una más entre las modalidades que hoy conviven en el ocio digital. Toda esa oferta con licencia está sujeta a la misma supervisión pública, y el cambio no fue solo tecnológico: amplió el perfil de quien juega, que dejó de ser el de la sala tradicional para abarcar edades y hábitos muy distintos.

Lo que no cambió fue el fondo. La mecánica sigue siendo la de siempre y, sobre todo, sobrevivió su parte social: los chats y las partidas compartidas reproducen, en versión digital, el murmullo de aquellas salas llenas. El soporte es nuevo; el gesto de tachar un número y esperar el siguiente, idéntico al de hace medio siglo. Quien jugó alguna vez en una sala reconoce al instante la tensión de esos segundos finales, aunque ahora la viva desde el sofá.

El público de hoy tampoco se parece al de entonces. Junto a quienes buscan el recuerdo de aquellas salas conviven jugadores jóvenes que llegaron directamente por la pantalla, atraídos por su ritmo rápido y por su componente de comunidad. La misma corriente cultural que ha recuperado los vinilos y las máquinas recreativas ha vuelto a mirar con cierto cariño a este clásico, reconvertido ahora en un producto plenamente contemporáneo. No es casualidad que series y películas recuperen de vez en cuando la estampa de la sala llena como símbolo de toda una época.

Detrás del cartón sigue estando el azar

Nada de esto cambia lo esencial. Es un juego de puro azar, donde el resultado no depende de la destreza sino de la suerte, y por eso las plataformas con licencia, supervisadas por la Dirección General de Ordenación del Juego, incorporan límites de depósito y opciones de autoexclusión. Es un ocio, no una manera de ganar dinero; como en la sala de siempre, la gracia está en el rato compartido, no en la cuenta.

Visto así, el tópico se cae solo. Este juego ha sobrevivido a la prohibición y a su mudanza a la pantalla agarrado a lo único que de verdad lo explica: las ganas de compartir con otros la tensión de un número que no acaba de llegar. Esa emoción, la de la sala repleta de los ochenta y la del salón conectado de ahora, es la que ha cruzado medio siglo sin apenas una arruga. Más que desaparecer, ha sabido cambiar de piel sin perder lo que siempre lo hizo reconocible.

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