A estas alturas, ya con el tour ‘El mal querer’ cerrado, se ha dicho todo sobre los conciertos de Rosalía. Sabemos de sobra que su nivel vocal está sólo al alcance de unos pocos, que ha creado un show impecable junto a su equipo y que hay pocos artistas que la igualen a día de hoy si hablamos de directo. Tres realidades que volvieron a confirmarse la noche del martes 10 de diciembre en Madrid. El WiZink Center recibió, lleno a rebosar, a la catalana, que se mostró emocionada y entregada desde el mismo instante en que pisó el escenario. Esto no sorprende, ya ha demostrado en incontables ocasiones que se deja la piel y el alma en cada actuación, en las que refleja su pasión y su amor por la música. 

Podría dedicar estas líneas a hablar de las maravillas vocales que nos regaló la cantante de ‘Malamente’, de la elección maestra de los temas y su orden, del siempre sublime cuerpo de baile o de lo bien acompañada que estuvo Rosalía por su banda durante toda la noche. Podría deshacerme en halagos hacia todos ellos y hacia una propuesta que no estamos acostumbrados a ver en España y que -ahora sí- sorprende de principio a fin. Pero prefiero hablar de emociones, que es lo que genera la música, de los muchos sentimientos que inundaron el WiZink Center y también mi interior. 

Llevo unos cuantos conciertos a las espaldas. He visto en directo a muchos de mis artistas predilectos y a algunas de las bandas más destacadas de la música actual y de todos los tiempos. He tenido la suerte de escuchar todo tipo de géneros musicales en vivo. Y ha sido Rosalía, con su unión de sonidos enfrentados, con su duende, con su voz y su fuerza, la que ha logrado erizar mi vello durante hora y media de concierto. Sin descanso, la emoción recorrió cada rincón de mi cuerpo mientras escuchaba a la catalana cantar ‘Bagdad’ o ‘A ningún hombre’, pero también cuando hacía lo propio con algunos de sus temas más movidos, como ‘A palé’. No tiene que ver sólo con el mensaje o con lo que canta, sino con esa pasión de la que hablaba, con ese amor que siente por lo que hace y que transmite en cada una de las notas que entona. 

Estoy convencida de que esa emoción que se apoderó de mí a eso de las 21:10 del martes 10 de diciembre en el antiguo Palacio de los Deportes de Madrid, también lo hizo con cada una de las miles de personas que coreaban el nombre de Rosalía, repetían sistemáticamente sus pasos de baile y gritaban ese ya por todos conocido ‘madre mía, Rosalía, bájale’. Incluso en el momento más surrealista de la noche, cuando el público aplaudió como loco a Ozuna, casi más que a la propia Rosalía, la emoción fue la culpable. Como si estuviéramos todos metidos en una burbuja, caímos hipnotizados ante el arte de la catalana, que una vez más -y he perdido la cuenta- se ha confirmado como una de las artistas del momento a nivel mundial. 

Un viaje por el tiempo, la música y el sentimiento

Algunos hablan de puro show, otros de espectáculo, otros directamente del mejor concierto de su vida. Todo esto es perfectamente válido para hablar de lo que hizo Rosalía en la última cita de su tour, pero yo prefiero definirlo como un viaje. Al igual que ocurre con ‘El mal querer’, la cantante y su equipo han construido un producto redondo, en el que nos llevan de la mano por los puntos que desean, hacia el destino que ellos mismos han escogido. Así, bailamos y nos deslizamos, sin darnos cuenta, desde la Rosalía más potente hasta la más reggaetonera, pasando por la más flamenca y la más sentimental. Por eso es un viaje por la música. 

También lo es por el tiempo, porque además de que lo elimina -‘¿en qué momento ha pasado más de hora y media?’, pensé al escuchar los acordes de ‘Malamente’-, nos cuenta una historia de empoderamiento, de amor y desamor, de traición, de dolor y de lucha. Esto ya lo hizo en su álbum, por supuesto, pero la fuerza del directo provoca que el relato tenga mucho más impacto. Ahí es donde llega el sentimiento, protagonista absoluto de cada una de las actuaciones de Rosalía, ya sea en los Grammy, en el WiZink Center o en su casa para sus amigos. 

La noche del 10 de diciembre no vi ni una sola cara seria entre el público, ni un solo gesto de hastío, todo eran expresiones de asombro y admiración, entre sonrisas y lágrimas -pero no como en la película-. Me quedo con ese ‘Catalina’ a capella, que aún ahora, recordándolo, me emociona, me eriza el vello y humedece mis ojos.

Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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