Finales, principios
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6.3

'Finales, principios'

Lo Mejor
  • El trío protagonista
  • Juego con la química
  • Fotografía y banda sonora
Lo Peor
  • Por momentos, Doremus parece perder el foco
  • Hay aspectos en los que se podría haber profundizado mucho más

Esta crítica no contiene spoilers de ‘Finales, principios’.

La ambición es un arma de doble filo que tiende, con mucha facilidad, a transformarse en pretensión. Un sustantivo del que no gusto demasiado, por su connotación negativa. Y porque implica un juicio de valor que, para ser verdaderamente fiable, debería basarse en algo que muchas veces no conocemos. Ocurre con ‘Finales, principios’.

Si tuviera la oportunidad de bucear por la mente de Drake Doremus, podría llegar a saber qué intenciones tenía con su última película. Sospecho que buscaba construir una historia de auto determinación femenina, de superación y de amor propio. Por algunas pinceladas que encuentro en el largometraje. Y eso me lleva a pensar que no supo gestionar bien su ambición. Porque, si bien es cierto que hay un poco de todo eso, el relato no es todo lo profundo que debería ser. Y queda mucho más centrado en el estudio de las dos relaciones que vemos y de los deseos y las necesidades de su protagonista, que en su evolución.

En ‘Finales, principios’ conocemos a Daphne (Shailene Woodley) en un momento muy complicado de su vida. Acaba de dejar su trabajo de manera abrupta y de romper con su novio Adrian, al que considera el amor de su vida. También acaba de mudarse a la caseta de la piscina de su hermana, donde se convierte en un elemento desestabilizador. Justo cuando parece haber tocado fondo, y cuando ha decidido darse un descanso en lo que al alcohol y a los hombres se refiere, entran en su vida Jack (Jamie Dornan) y Frank (Sebastian Stan). El primero, un escritor algo egocéntrico, pero perfectamente caballeroso y estable. El segundo, un hombre atractivo y con un toque salvaje, para el que la estabilidad no existe. Daphne comienza dos relaciones diferentes sin saber que son amigos. Y se ve así envuelta en un complejo triángulo amoroso.

A través de estas dos relaciones, exploramos las necesidades de una Daphne que nunca ha sabido encontrar la felicidad en sí misma. Y a la que condicionan enormemente su pasado y, especialmente, el pasado de su madre. También exploramos las propias relaciones de pareja, aquello que realmente queremos y lo que en teoría nos conviene. Lo que nos mueve y el poder de la química. En esto último he encontrado una de las principales claves de la película. Tanto a nivel de trama como a nivel de ejecución. Al contrario de lo que ocurre con, por ejemplo, el pasado más reciente de la protagonista, que debería haber sido mucho más explorado, la química está bien recogida. Y también está bien ‘eliminada’.

Los protagonistas y su química


Finales, principios

El principal punto fuerte de ‘Finales, principios’ se encuentra en su reparto. En la dulzura de una Shailene Woodley siempre tierna y emocional. También en el encanto natural y loco de Sebastian Stan. Y en la galantería de Jamie Dornan. Ese triángulo amoroso que surge de manera espontánea eleva la película del aprobado raspado al bien cómodo. También lo hacen su fotografía y una banda sonora perfecta para una historia de amor(es) intensa como esta. Pero me gustaría centrarme en el trío protagonista y en su química, porque sin ellos y sin ella todo habría quedado vacío.

Shailene Woodley continúa siendo una de las intérpretes que goza de una mayor química con la cámara. Probablemente, mucho de ello tenga que ver con la honestidad de sus trabajos, con su mirada transparente y, por supuesto, con esa dulzura que mencionaba. Esa química con el espectador se ve complementada en la película con la química que existe entre la actriz y Sebastian Stan. Eléctrica, casi palpable y, en ocasiones, envidiable. Se siente desde su primer encuentro y se incrementa hasta llegar a una complicidad que sólo conocen quienes la han sentido en primera persona. Es lo que requiere la relación que une a sus personajes, pero es además un regalo. Una conexión que, por muy deseada que sea, pocas veces se logra.

En el lado contrario, Jamie Dornan. Cuando su personaje, Jack, y Daphne están juntos, hay una química muy diferente. De hecho, a nivel físico, prácticamente no existe. Sí hay confianza y hay seguridad, la que aporta el sentirse en casa, pero falta todo lo demás. Y no es porque Woodley y él no encajen, ni mucho menos. Es porque esto también es lo que requiere la relación de los dos personajes. Jack es lo que le conviene a la protagonista, pero no lo que su cuerpo y su corazón piden a gritos. Y eso no sólo aparece en sus pensamientos en voz alta o en sus decisiones. También lo hace a nivel físico cuando ella y Jack se encuentran en una misma sala. Drake Doremus juega aquí con la química a muy distintos niveles, para comunicar tanto como lo hacen las palabras y las acciones de sus protagonistas.

Doremus y las parejas


Finales, principios
Foto: Samuel Goldwyn Films

Las relaciones de pareja, con todo los conflictos y los sentimientos que las acompañan, son la zona de confort de Drake Doremus. Y quizá por eso se esté confiando demasiado. O quizá las haya explorado tanto que ha perdido una parte de la perspectiva. Lo cierto es que ‘Finales, principios’ parte de una base muy sólida e interesante, aunque conocida. Una mujer rompe con todo y su vida se enreda aún más al verse envuelta en un triángulo amoroso. Un triángulo en el que, además, cada uno de los hombres le aporta algo diferente. Lo que enfrenta el deseo y la necesidad con el deber y la búsqueda de una estabilidad que nunca ha encontrado. Ni en ella, ni en su figura materna.

El problema llega cuando el director pierde parte del foco. Y digo parte, no todo. Porque pese a que se centra bastante en el estudio de las relaciones de Daphne, es ella quien sigue siendo protagonista. Y es a través de ella como estudiamos las consecuencias de eventos traumáticos que acaban con nuestra confianza e incluso con nuestra identidad. Esto se pierde un poco al estar rodeado de una intensidad que puede sobrepasar. Y que acaba transformando este drama romántico en un melodrama bastante arquetípico.

Hablaba antes de las pretensiones y las ambiciones. Probablemente Doremus quería construir un producto mucho más profundo, más alejado de lo típico y más trascendental de lo que resulta ‘Finales, principios’. Pero a veces conviene dejar a un lado esas intenciones y centrarnos en lo que sentimos al ver una película. Personalmente, y no tendría ningún sentido negarlo, he sentido mucho viendo esta. Quizá porque una parte me toca muy de cerca o quizá porque la mirada de Shailene Woodley siempre me lleva a donde quiere llevarme. Pero el viaje de Daphne, aunque precipitado en algunos puntos en los que no debería haberlo sido, me ha emocionado. Casi tanto como su particular versión de ‘Losing My Religion’.

Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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