La muerte no existe y el amor tampoco
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7.3

'La muerte no existe y el amor tampoco'

Lo Mejor
  • La manera en la que la nostalgia está presente
  • Dirección y guion intimistas, sencillos, cuidados
  • El trabajo del reparto, especialmente de Antonella Saldicco
Lo Peor
  • -

Esta crítica no contiene spoilers de ‘La muerte no existe y el amor tampoco’.

La muerte y el amor son dos conceptos que nos acompañan durante todo nuestro periplo vital. Porque estamos inevitablemente atados a ellos. El simple hecho de nacer y, por tanto, de vivir, está ligado e irrevocablemente conducido a la muerte. Y nuestro ser y nuestra existencia están unidas al amor y a la ausencia del mismo, y por tanto la necesidad de lograrlo. Por eso, ya desde su concepción y desde la premisa de la que parte, ‘La muerte no existe y el amor tampoco’ nos transporta a lugares que conocemos, que son comunes, universales. Porque reflexiona acerca de la muerte, de su impacto y de la manera de entenderla que tiene cada uno, y hace lo propio con el amor. Todo a través de un viaje ajeno en el que podemos vernos de muchas y muy diferentes maneras.

Fernando Salem adapta en este, su segundo largometraje, la novela ‘Agosto’ de Romina Paula. Y lo hace manteniendo la historia de Emilia, una joven que emprende un doble viaje: a su ciudad natal y a su pasado. Tras recibir una visita, detiene su vida en Buenos Aires de manera momentánea para regresar a la ciudad que la vio nacer y crecer. Lo hace con el objetivo de estar presente cuando la familia de su mejor amiga, fallecida años antes, esparza sus cenizas. También lo hace sin estar del todo convencida de querer hacerlo, por lo que supone regresar al sitio del que, sin saber muy bien cómo o por qué, huyó.

La nostalgia que acompaña a todo regreso está presente prácticamente desde el instante en el que Emilia se sube en el autobús. Lo está en la propia estética de la cinta, fría y árida como la Patagonia argentina. Pero también en la mirada insegura de su protagonista, en la emoción contenida en sus ojos y también en el miedo, la duda, el arrepentimiento y la necesidad que se aprecian en ellos. La nostalgia también es universal, como los lugares que transitamos en ‘La muerte no existe y el amor tampoco’, pero no es fácil lograr que al espectador le recorra un escalofrío al presenciar un beso en la mejilla. Salem y Esteban Garelli, coguionista, lo consiguen.

La despedida que nunca existió


La muerte no existe y el amor tampoco
Foto: Festival de Cine Iberoamericano de Huelva

Para Emilia, Andrea, su mejor amiga, sigue estando de alguna manera. Porque nunca llegó a despedirse de ella. Tampoco se despidió de su ciudad natal, de su primer amor o de la familia que la crio. Ni, por supuesto, de su padre. No lo hizo porque partió con la ilusión de que la suya sería una marcha temporal, que habría regresos y reencuentros en los que reavivar los recuerdos, que habría vuelta atrás.

Pero, atendiendo a su objetividad y visión cruda de la vida, no creo que tardara demasiado en comprender que no volvería a la Patagonia. Ni volvería a compartir risas con Andrea, ni besos con Julián, ni anécdotas con su familia ‘postiza’. Es más fácil marcharse sin decir adiós, dejando a los demás con esa falsa certeza de un regreso próximo, que despedirse sin fecha de retorno. De ahí las dudas de Emilia a la hora de volver para cerrar capítulos y heridas.

Esas despedidas, que son unas de las grandes protagonistas de ‘La muerte no existe y el amor tampoco’, son, como los principales temas que se tratan en ella, lugares comunes. Todos hemos vuelto a esas historias, a esas personas y a esos rincones que un día lo fueron todo y de los que nos alejamos. Todos hemos regresado, física y mentalmente, a nuestro pasado o a nuestros pasados. Y hemos temido cerrar definitivamente los libros que en su día nos marcaron. Todos, por un motivo o por otro, hemos recorrido el camino que recorre Emilia en la película. Y hemos compartido los sentimientos que en ella reconocemos. Frente a la muerte, frente a la vida, frente al amor, frente a la familia, frente a los sueños. Todo eso que tan bien retrata Fernando Salem nos pertenece de alguna manera.

Por eso esta cinta impacta de una manera personal en el espectador. Porque nos habla de lo que conocemos y de lo que hemos vivido, aunque lo haga de una manera concreta y a través de una historia determinada. Conocemos la amistad y la hemos sentido y sufrido. Al igual que la muerte y al igual que el amor. Conocemos la añoranza de un tiempo mejor o más intenso o simplemente idealizado. Y sentimos la misma necesidad de regresar a ello y el mismo miedo de hacerlo que siente Emilia. Lo difícil aquí era recoger todo esto sin que la emoción sobrepasara a los personajes, a la película y al espectador. De nuevo, Salem y Garelli lo han conseguido.

¿Cómo? Esto es fácil de señalar, pero no tanto de alcanzar. Lo han logrado a través de un guion en el que no falta ni una coma y en el que tampoco sobra nada. Un guion que no busca lucirse con discursos grandilocuentes y juegos indescifrables. De hecho, el juego que hay en él es con el silencio, y funciona sobremanera.

En parte porque la emoción contenida en las miradas comunica más que cualquier discurso. Pero también porque la cámara de Salem sabe captarlo, a través de una dirección delicada e intimista, en la que lo que importa es lo que nos cuentan, con palabras y con su cuerpo, los protagonistas. Un reparto que también cumple con su parte, especialmente en el caso de una brillante Antonella Saldicco. Su mirada es la que nos sostiene y nos guía a lo largo de todo el periplo, con la intensidad que requiere el camino de su personaje.

‘La muerte no existe y el amor tampoco’ es una experiencia personal y universal al mismo tiempo. Un viaje a sentimientos, a lugares y a vivencias compartidos, pero propios. Y una obra cargada de nostalgia, de la que araña pero abraza. Llega a España de la mano del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva y puede verse en Filmin.

Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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