La pintora y el ladrón (2020)
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6.5

La pintora y el ladrón

Lo mejor
  • La historia entre ambos, sencillamente; es real, sincera y auténtica
  • La facilidad con la que, pasados unos minutos, llega esta historia al espectador
  • Los propios protagonistas de la historia, a los que se toma cariño
Lo peor
  • Creo que cuesta entrar tanto en la propuesta narrativa de Ree como en la historia en sí

Lo primero que me suscita ‘La pintora y el ladrón’ son preguntas. Preguntas muy inocentes, del tipo pero esto… ¿Esto cómo está rodado? ¿Qué tiempo es realidad y qué tiempo es ficción? ¿Cuánto interpretación, cuánto realidad, cuánto fue tomado sin pretenderlo y cuánto es pretensión? En serio, ¿cuánta ficción hay aquí? Vale, pero ¿en cuánto tiempo se ha rodado esto? Y así pasa para mí la primera media hora de visionado de este documental noruego de Benjamin Ree que se llevó un Premio Especial del Jurado en Sundance, en la última edición. Luego me entrego a la narración, al retrato que se realiza de la pintora, del ladrón y de su relación, y entonces me dan igual las preguntas.

‘La pintora y el ladrón’ no es otra cosa que eso: un retrato. Un retrato cercano, íntimo y (creo que) real de dos personas que se conocen en una situación singular y que se entienden, a pesar de pertenecer a dos realidades muy diferentes. También tienen cosas en común: por ejemplo, la autodestrucción, que les llega impuesta por el mundo. Por cómo se ha portado el mundo. Aquello de que uno es quien le dejan ser, que vemos quizá con más facilidad en la figura de él pero que vamos comprendiendo también en ella a medida que pasan los minutos.

La pintora y el ladrón

Ella y él. Sus nombres son Barbora Kysilkova y Karl-Bertil Nordland. Ella es una pintora checa que se ha mudado a Oslo (Noruega) junto a su pareja; él es un hombre perdido, drogadicto, que una noche cualquiera roba dos cuadros de la pintora. Coinciden en el juicio, y ella le pregunta si puede hacerle un retrato. Él responde, perdido, que sí. Y así comienzan a verse. Él no se acuerda de lo sucedido aquella noche, ella no fuerza su memoria ni presiona para obtener información. Kysilkova intenta comprender el duro golpe que supuso el robo, pero lo hace a su manera. Con la pintura, que es la manera que tiene precisamente de comprender el mundo, o de darle un sentido ante sus ojos.

Pronto entendemos la fascinación que siente por Bertil, que viene dada en principio por la propia incomprensión y después por lo que empieza a ver en él. Que es una persona dañada, que es una persona muy sensible, que es una persona perdida. A mí se me presenta como un cachorro que ha sido abandonado y que solo quiere un poco de amor; y Kysilkova está dispuesta a dárselo, pero también lo necesita, porque también tiene heridas abiertas y cicatrices que intenta ocultar.

Y así se desarrolla ‘La pintora y el ladrón’. Benjamin Ree nos acerca a estas dos personas, a sus emociones y a la relación que se desarrolla entre ambos. Es una relación basada en la gratitud, en la sinceridad y también en el entendimiento, porque a pesar de pertenecer a dos realidades diferentes, a pesar de ser diferentes y punto, se entienden. Ven esa sensibilidad y también el corazón del otro, y además se ríen juntos. No fingen, ni tampoco pretenden dibujar un mundo que no existe para ambos. Y empiezan a necesitarse un poco, cada uno por sus razones. De nuevo hay autodestrucción aquí, pero vemos bastante luz y eso gusta. Porque ‘La pintora y el ladrón’ guarda esperanza, y esa ternura de las historias que surgen cuando uno menos lo espera y donde uno menos lo espera.


La pintora y el ladrón (2020)

El documental

No hay en este documental excesos ni pomposidades, ni tampoco, ni mucho menos, un drama calculado. Da la sensación de que todo lo que vemos lo vemos porque así fue, porque así les surge, porque así lo sienten. Y como hay dolor, pero también hay esperanza, es fácil lo que he comentado antes: entregarse a ellos y dejar de hacerse preguntas. Disfrutar de una historia de amistad, de una historia de personas, de una historia de emociones.

Si esto fuera una serie o una película, diríamos que es una serie o una película de personajes, porque lo que importa no es que ella sea pintora, que él sea un ladrón, ni el acto en sí. Pasamos, de hecho, bastante por encima de ello. Sólo nos sirve para arrancar. No nos importa la resolución del juicio, ni siquiera nos importa qué fue de los cuadros. Casi hasta nos olvidamos. Nos importa las lágrimas de él cuando ella le pinta, y nos importa la emoción de ella cuando él se abre y se muestra como es sin miedo. Y nos importa el final, y el camino, que es un viaje bastante completo que abarca un periodo extenso de la vida de ambos.

Lo que me llevo de ‘La pintora y el ladrón’ es, sobre todo, una historia inesperada que me ha interesado. Dos personas a las que no conocía, y de las que seguramente no hubiera escuchado hablar de ninguna otra manera, porque son, más bien, personas corrientes viviendo vidas corrientes hasta ese momento concreto. Vidas dañadas, y vidas complejas, pero corrientes en este mundo dañado y complejo. Todo en un documental grabado, montado y narrado de forma original.

No sé si este ritmo pausado, ajustado a los tiempos aburridos de la vida, es para todo el mundo. ‘La pintora y el ladrón’ no es un misterio emocionante, es solo una aproximación a las emociones y el carácter humano. Para quien esté interesado en esto último, que no se lo pierda. Que tampoco se lo pierda quien quiera observar de cerca cómo montar un documental con personalidad. Se puede ver en Filmin, y se ha visto también en el marco del Atlàntida Film Fest.


La pintora y el ladrón
Judith Torquemada
Periodista, taikista, marvelita y feminista. Escribo sobre cine, sobre libros y sobre viajes. También escribo historietas varias. Se me da bien hablar de Escocia, enamorarme de personajes ficticios y fantasear en general. Por Frodo. Y por Ned Stark.

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