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‘El otro lado de la montaña’, de Minna Salami: para reordenar mentes y almas

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¿Cuánto conocimiento cabe en 230 páginas? Si me hubiera hecho esta pregunta a mí misma antes de leer ‘El otro lado de la montaña’, de Minna Salami, mi respuesta habría sido muy diferente a la que daría ahora. En esta lectura, no esperaba encontrar un viaje tan extenso como el que nos plantea la escritora. Desde las primeras civilizaciones hasta las sociedades actuales, acogiendo religiones, modos de vida, filosofías y referencias de la cultura urbana. Una muestra del enorme trabajo de documentación y de deconstrucción que hay detrás de esta obra. En ella, Salami nos muestra una perspectiva diferente del mundo, de la historia, de los hombres y de nosotras mismas. Ofreciéndonos la visión de las mujeres negras, desde la que, según argumenta de principio a fin, debería guiarse el movimiento feminista. Y prácticamente cualquier movimiento de liberación.

Este viaje al que nos invita, a través de una prosa cuidada, pero natural, cuenta con diferentes paradas que permiten a los lectores profundizar en los aspectos claves de esta visión. Con la pausa que eso requiere y también con los apoyos necesarios para comprender que lo que encontramos ahí no es simplemente una opinión, sino una argumentación fundada. Respaldada por realidades, por hechos históricos, por testimonios y por análisis de intelectuales de muy diferentes épocas y procedencias. Así, visitamos conceptos complejos y universales como el conocimiento, la liberación, la descolonización, la identidad, la negritud, la feminidad, la sororidad, el poder y la belleza.

En las más de 200 páginas de ‘El otro lado de la montaña’, Minna Salami bucea en estos conceptos a partir de su propia perspectiva, la de una mujer negra. Una mujer que, además, cuenta con raíces muy diversas y ha vivido en lugares casi opuestos. Es a partir de las autoras y los autores que han marcado su vida como desarrolla su propio análisis. Pero también a partir de sus propias vivencias, que va entrelazando con los fragmentos más teóricos del libro. Y, por supuesto, a través de referencias más cercanas para quienes estemos iniciando esa deconstrucción o, mejor dicho, esa construcción de una visión del mundo mucho más inclusiva, real y diversa. Así, aparecen nombres como Beyoncé, Nipsey Hustle o Erik Killmonger al lado de los de la faraona Hatshepsut, Audre Lorde o Gloria Steinem.

Un aprendizaje constante


El otro lado de la montaña

Es cierto que, en mi caso, partía de una base bastante poco cultivada. Me considero una mujer feminista. Y también interesada y todo lo implicada en el movimiento de liberación negra que puede estar una persona blanca que vive en España. Sin embargo, no poseo un gran bagaje intelectual o literario en lo que apoyar todo esto. He leído y leo a diario, pero me falta mucha tradición por conocer, mucha historia por analizar y muchos nombres propios por estudiar a fondo. Por eso, mis descubrimientos en ‘El otro lado de la montaña’ han sido constantes. He comprendido que, hasta ahora, yo misma he mirado el mundo desde la perspectiva de un hombre blanco. Dejándome guiar por los usos sociales, muchas veces camuflados en una irreal sensación de igualdad, que no hace más que continuar protegiendo -o, a veces, simulando proteger- al todopoderoso hombre blanco.

Confieso que uno de los capítulos que más me ha tocado, supongo que porque he sentido una conexión más directa con él, ha sido el de la belleza. El de la feminidad también, pero en el de la belleza he descubierto que no poseo un concepto claro de lo bello. No termino de comprender qué es bello. Sé ver la belleza. Pero ¿la veo porque la siento como tal o porque la sociedad me ha indicado que es ahí donde debo verla? ¿Por qué me maquillo? ¿Por qué me gusta alisarme el pelo?

Son preguntas que, si bien probablemente no rocen la profundidad de muchas de las que se hace la autora a lo largo de la obra, sí han dejado una huella en mí. Como lo han hecho sus reflexiones acerca de lo femenino y de la importancia de sentirse orgullosa de ser mujer. Del significado de ser mujer. Y, por supuesto, esa definición de poder en la que nunca me había planteado pararme.

‘El otro lado de la montaña’ ha encendido en mí la chispa que autoras como Lorde encendieron en su día en Salami. También ha encendido en mí el orgullo de ser mujer y me ha descubierto un camino apasionante que compartimos, del que venimos, y que generalmente nadie nos cuenta. Por supuesto, ha mostrado ante mí la importancia de que, efectivamente, escuchemos por encima de todo a nuestras hermanas negras. No sólo porque mucho de lo que somos venga de ellas, del origen, sino también porque conocen el rechazo y la opresión mejor que cualquiera de nosotras. Y la importancia de esa sororidad, que habla de comprensión, que habla de amor por lo nuestro, de trabajo en equipo, de una lucha conjunta.

Esta lectura también ha evidenciado lo que ya sabía. Personalmente, me queda mucho trabajo por hacer. Y como sociedad nos queda un mundo por recorrer. Pero todo empieza por esto, por escuchar al explorador que ve la montaña de una manera. Y por saber cómo la montaña ve todo lo demás. Por desterrar de una vez por todas, con los pasos que sean necesarios, esa visión del hombre blanco que, muchas veces, ni siquiera hace bien al hombre blanco. En pos de llegar a ser quienes realmente somos. Creo que, con esto, el objetivo inicial que perseguía Minna Salami al comenzar a escribir ‘El otro lado de la montaña’, el de crear una conversación y ofrecernos esa visión de manera clara, está más que cumplido. Y también creo que volveré a este libro, aún con más calma. Porque su profundidad y su complejidad merecen, mínimo, una doble lectura.

Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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