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‘El secreto de los hermanos Grimm’ y las historias de la infancia

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Siempre me ha gustado ver ‘El secreto de los hermanos Grimm‘. Hace años, cuando empezaba a crecer, cuando empezaba a gustarme ver películas y nada más, sin importar cuál fuera la película en cuestión, me gustaba ver esta producción de Terry Gilliam. Supongo que porque seguía caminos que mi imaginación estaba más que dispuesta a recorrer. Ahora, quince años después, me sigue gustando verla porque me lleva a esos primeros pasos cinéfilos, a estos primeros pasos amando las historias de ficción. Y también porque sigue resultándome entretenida, emocionante aunque de otro modo y muy envolvente. Porque el escenario y el clima por el que apuesta van mucho conmigo, porque flipo viendo a Lena Headey y porque las horas en compañía de los hermanos Grimm se me pasan volando.

‘El secreto de los hermanos Grimm’, dirigida por Terry Gilliam y guionizada por Ehren Kruger, narra la historia de dos hermanos que desde pequeños se han visto afectados por las leyendas y las creencias en los mundos mágicos. Con el paso de los años, han aprendido a aprovecharse de la inocencia y la fe de las personas, y han pasado a convertir esos cuentos en algo real, recreado por ellos mismos en escenarios bien pensados. Crean esos monstruos y después luchan contra ellos, salvando a sus víctimas. Es decir: engañan a las personas, pero así han llegado a hacerse famosos en Alemania, su lugar de trabajo.

Hasta que tienen que enfrentarse a una amenaza real. Uno de ellos, Will (Matt Damon), no puede creer en ello, porque en su naturaleza no está creer, y a la que el otro, Jake (Heath Ledger), se entrega por completo, porque en su naturaleza, desde pequeño, está creer.


Matt Damon y Heath Ledger en 'El secreto de los hermanos Grimm'

Esos hermanos Grimm son un homenaje a los mismos hermanos que nos dieron todas esas historias con las que soñamos y disfrutamos de pequeños. Parte de esas historias están presentes en esta película; sirven como excusa para explicar una desaparición, son parte de un escenario que transitamos o se transforman en una leyenda real que atemoriza a los habitantes de la zona de acción. Así que ‘El secreto de los hermanos Grimm’ nos lleva directamente a nuestra infancia. Desde el mismo momento de su estreno, porque toma aquello que escuchamos de pequeños y le da un nuevo camino. Los cuentos con los que todos hemos crecido son en esta película una amenaza real a la que tienen que enfrentarse los protagonistas, que son un homenaje a los escritores de esos cuentos.

Dos cosas me gustan especialmente de ‘El secreto de los hermanos Grimm’, aun a día de hoy. En primer lugar, esa ambientación, ese clima, ese escenario de fantasía que está bien escenificado y que la fotografía de Newton Thomas Sigel captura bien. El bosque en el que se mueven los protagonistas tiene vida propia. Y a mí no me cuesta sentirme entre sus árboles. Quizá porque en otros inocentes años me atraparon, y ya sabemos lo que ocurre con las historias que pertenecen a la infancia, a la adolescencia, a esos primeros pasos. Pasa que no se van nunca, y que tienen ese poder de atracción que no tienen otras, tal vez por la nostalgia, tal vez por la huella que dejaron. Por estas dos razones no me cuesta nunca entrar en ese bosque, y me gusta quedarme el tiempo que me lo ofrecen.

Me gusta también esa decisión que se balancea entre los dos protagonistas sobre creer o no creer. Jake cree demasiado, y eso le lleva a cometer errores. Pero es que Will no cree nada, y no se puede vivir no creyendo, como queda demostrado. No es que yo crea en mundos mágicos, pero me gusta creer (se entiende la diferencia, ¿no?), y me gusta disfrutarlos. Así que también me suelen gustar las propuestas en las que este debate –creer o no– tiene un peso fundamental en la trama.

Supongo que porque también he sido siempre muy dada a inclinarme por los personajes cabezotas que terminan relajándose y viviendo como hay que vivir; en este caso, Will. Me gusta ver a Matt Damon, y me gusta ver a Heath Ledger. Y, como he dicho antes, me gusta ver a Lena Headey, a quien recordaba pero sin poner nombre. No es que estén especialmente brillantes, simplemente me gusta verlos.


Lena Headey en 'El secreto de los hermanos Grimm'

Lo cierto es que no puedo decir otra cosa. Soy consciente de las carencias de esta película, porque son evidentes, pero sigo disfrutándola. No hablaré del todo de placeres culpables, porque ningún placer cinéfilo tendría que generar culpa, pero lo menciono por si acaso así se entiende mejor lo que me sucede con esta película. Lo que creo que puede, en general, suceder. Porque no es una película brillante, por volver a usar esta palabra, pero es una película bastante cómoda. Una película que se ve sin esfuerzo, que es entretenida y que puede gustar por sus referencias, sus guiños y esos cuentos que son de los hermanos Grimm, y que de alguna manera son de todos.

También me gusta pensar que puede tener un efecto positivo en los niños, que pueden aprender a apreciar a estos contadores de cuentos y también las historias ficticias en sí. No solo porque pueden ser reales, sino porque conocerlas, simplemente, enriquece la vida de cualquiera. Disfrutarlas puede enriquecer la vida de cualquiera. Siempre que no nos dé por comprar habichuelas mágicas cuando no debemos, dejarse llevar por esa magia nunca viene mal. ‘El secreto de los hermanos Grimm’ lleva esta creencia al extremo pero, en fin, no deja de ser una película fantástica.

Espero que nunca me deje de gustar como me gusta ahora. Como un bonito recuerdo y como un conocido al que guardas cariño y al que siempre apetece volver a ver, aunque las cosas hayan cambiado.

Judith Torquemada
Periodista, taikista, marvelita y feminista. Escribo sobre cine, sobre libros y sobre viajes. También escribo historietas varias. Se me da bien hablar de Escocia, enamorarme de personajes ficticios y fantasear en general. Por Frodo. Y por Ned Stark.

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