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‘La línea invisible’: las pasiones y el camino de Txabi Etxebarrieta

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Han pasado más de 50 años desde la muerte de Txabi Etxebarrieta. Tuvo lugar tan solo un par de horas después de que el joven apretara el gatillo y asesinara a José Antonio Pardines, primera víctima de la banda terrorista ETA. Murió tras un enfrentamiento con la Guardia Civil y presa de un ataque de pánico que le atrapó segundos después de cometer su primer y único asesinato. Con él, se cruzó la línea invisible y comenzó el horror que se apoderaría de España durante las siguientes décadas. 

Así lo vemos en la nueva serie de Movistar+, ‘La línea invisible’, en la que Mariano Barroso nos traslada al Euskadi de los años 60 para mostrarnos cómo surgió todo, cómo se generó el horror que más tarde acabaría dejando más de 800 víctimas mortales en nuestro país. Àlex Monner es el encargado de dar vida a Txabi Etxebarrieta, al que ha construido, además de gracias a los guiones de Alejandro Hernández y Michel Gaztambide y la dirección de Barroso, a partir de un profundo proceso de documentación e inmersión en el personaje. 

No se sabe demasiado de este líder invisible de la banda, tan solo lo que ha quedado en biografías y en sus propios poemarios, o lo que se escucha de quienes le conocieron. Estas han sido las herramientas con las que ha contado el actor para construir al personaje detrás de la persona, un trabajo que se vio acompañado de una inmersión total en Euskadi y su ambiente. Allí se mudo semanas antes de que diera comienzo el rodaje, a su segunda tierra, en la que escuchó y se empapó de olores, colores, acentos y sentimientos, con los cuales trató de acercarse a la versión más veraz posible del invisible Txabi. Diría que sólo hace falta ver el primer episodio para llegar a la conclusión de que lo consiguió, y con creces. 

Txabi Etxebarrieta en ‘La línea invisible’

Txabi Etxebarrieta

Hablemos pues del trabajo de Àlex Monner y del personaje que nos entrega en la nueva serie de Movistar+. El Txabi Etxebarrieta que vemos en ‘La línea invisible’ es un joven inteligente y entregado a sus dos pasiones: el amor y su tierra. Un amor que vuelca sobre todo en sus poemas y en su relación con Julia, quien parece ser la mujer de su vida y a quien finalmente termina apartando de sí mismo para poder centrarse en su otra pasión. Y para protegerla. Es así como la balanza, finalmente, se inclina por la tierra, por una activismo político que poco a poco le fue radicalizando y alejando de sí mismo, hasta llevarle a cruzar la línea invisible. 

Pero antes de que lo hiciera, Txabi era un chico carismático, capaz de meterse en el bolsillo a una clase de universitarios en pocos minutos. Y sacándoles tan solo unos pocos años. Un joven brillante y divertido, aparentemente el hijo perfecto, pero que no terminaba de encontrarse a sí mismo. Esto es algo que vamos viendo en la serie en pequeñas dosis, sobre todo en los momentos de duda del propio Txabi y en las conversaciones con su hermano José Antonio. Hay instantes en los que el espectador no tiene demasiado claro cuánto hay de auténtico en él y cuánto hay que llega por influencia del resto. ¿Quiere ser como su hermano? ¿Quiere ser el novio que Julia quiere que sea? ¿Quiere ser el estudiante de 10 del que se enorgullece su madre? ¿O el poeta bohemio y retraído que sólo es capaz de expresar lo que siente a través de sus escritos?

Es precisamente la influencia de su hermano la que termina dándole forma. Creo que el activismo político sí nace del Txabi que se manifiesta en la universidad y que no titubea a la hora de alzar la voz ante la represión, pero a partir de ahí no sé cuánto hay de él y cuánto hay de José Antonio. Me pregunto si realmente quería ser el líder que llegó a ser o se convenció a sí mismo de que quería serlo, también por cumplir con el ‘sueño’ o la meta de un José Antonio mermado por la enfermedad. Cuando habla delante del resto y toma esa posición de líder, parece seguro, pero cuando se encuentra consigo mismo siguen apareciendo las dudas y los titubeos, que se transforman en ataque de pánico cuando aprieta el gatillo.

En el sexto episodio de ‘La línea invisible’, prácticamente no reconozco nada del Txabi Etxebarrieta ilusionado con estudiar en Oxford que vi en el primer capítulo. No sólo falta el brillo en una mirada que ahora se torna perdida y casi vacía, sino que siento que falta él mismo, o al menos quien era en un comienzo. No hay ni rastro de su fuerza, de su carisma o de su brillantez, no queda nada de su pasión ni de su entrega, ni mucho menos de la sensibilidad que desprendía en la intimidad o cuando se focalizaba en el amor. Se ha perdido por un camino en el que siento que está porque quiere, por supuesto, pero en el que es empujado por algo que no vemos y que creo que ni siquiera él ve

Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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