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Dicen que el Moulin Rouge ha sabido adaptarse a los tiempos y también a lo que debe ser, pero que no ha perdido la esencia con la que abrió sus puertas por primera vez. Fue el 6 de octubre de 1889 cuando sucedió. El cabaret más importante del planeta, el más popular y nombrado, protagonista de un total de nueve películas y de decenas de referencias en la cultura, nacía con el objetivo de entretener y provocar.

Fue el español Josep Oller quien lo hizo nacer, y fue la película de Baz Luhrmann, ‘Moulin Rouge’ (2001), la que terminó de convertirlo en un símbolo internacional. Protagonizada por Ewan McGregor y Nicole Kidman, el Moulin Rouge se convierte durante dos horas en el escenario de una historia de amor recordada que nos ha dejado, además, momentos musicales que seguimos tarareando.

130 años después de su nacimiento, se ha celebrado este cumpleaños con imágenes históricas proyectadas sobre la fachada y fuegos artificiales en el espectacular barrio de Montmatre de París, donde siempre se han reunido los artistas y donde hoy en día los turistas se cuentan por millones. Cada año, el Moulin Rouge recibe más de medio millón de espectadores. Es un local pequeño, como todos los que acogen espectáculos de variedades, hecho con la idea de que el artista y el público vivan un contacto más cercano, íntimo.

Moulin Rouge nació con idea de intimidad, con un carácter erótico y dispuesto a ser provocador durante la llamada Belle Epoqué, un periodo de tiempo en el que París fue la luz del mundo y que concluyó con el estallido de la Primera Guerra Mundial, que a su vez terminó con muchas cosas. Pero el Moulin Rouge resistió, y se ha reinventado desde entonces.

En sus espectáculos seguimos viendo a mujeres con elementos cuestionables si queremos eliminar la eterna y lamentable imagen de la mujer como objeto sexual, pero también en estos espectáculos hay hombres y todos se sienten bailarines, y nada más. Son artistas, atletas y llegan de todo el mundo. Cada noche se celebran dos espectáculos y se gastan mil trajes; las coreografías son ensayadas al milímetro y los escenarios preparados a conciencia. Se cuentan historias, se baila y se canta, como siempre se ha hecho y también de otra manera. 130 años después, el Moulin Rouge sigue existiendo porque siempre ha sabido, para bien o para mal, lo que el público quiere.

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