DestacadosDestinosViajando y Comiendo

Una semana en Florencia: qué se vive, qué se siente, qué se respira

0

El escritor Henri Beyle, más conocido como Stendhal, nos hizo un favor a todos con respecto a Florencia. Casi tres siglos después de los paseos de este francés por la ciudad, seguimos experimentando la misma sensación de fascinación desmedida que consigue, por momentos, abrumarnos. La belleza de Florencia abrumó a Stendhal hasta el punto de desencadenar síntomas físicos en él, por ser incapaz de asimilar lo que tenía ante sus ojos. Ritmo cardíaco acelerado, vértigo, confusión o palpitaciones son algunos de los descritos habitualmente.

Tal vez hayáis tenido la fortuna de vivir lo que ha terminado siendo conocido como, precisamente, síndrome de Stendhal, que nació en una de las ciudades más bellas del planeta y que nos sirve, como digo, para resumir de alguna manera lo que es Florencia. Podríamos entreteneros en buscar palabras exactas, precisas, que describan lo que provoca la capital de la Toscana, pero las vivencias de este escritor francés que recorrió Europa en general, e Italia en particular, nos sirven para sintetizarlo.

Una semana en Florencia es suficiente para conocer sus tesoros más evidentes, para descubrir sus rincones más aclamados, también para hacernos una idea de cómo se vive en esta ciudad que no llega a los 400.000 habitantes. Es suficiente para verlo todo, no es suficiente para sentirlo todo. No lo sentiremos, al menos, suficiente. Si te atrapa ese hechizo que atrapó a Stendhal en el siglo XIX, que también me ha atrapado a mí como ha atrapado a tantos, entonces querrás quedarte. Entonces una semana te parecerá insuficiente, pero agradecerás cada hora que pases pisando suelo florentino.


La cúpula del Duomo, en la distancia | Imagen: Judith Torquemada

Lo que se respira en Florencia

La primera vez que me encontré con Florencia, llegaba de Verona. La ciudad de Romeo y Julieta me gustó por su calidez, por su sencillez. Florencia es otra cosa. Nunca da la sensación de alardear de su grandiosidad, pero la sientes desde el mismo momento en que aterrizas en ella. Si nunca antes has visitado Italia, o si no estás familiarizado con sus formas y sus colores, entonces sobre todo éstos últimos te impresionarán. Los rojos, los blancos, los amarillos, los tonos pastel.

Florencia está pintada con una misma paleta de colores, y todos encajan entre sí hasta conformar un escenario con una armonía tremenda. Casi te arrepientes de ir vestido de azul. No pega entre esas calles, ni siquiera cuando serpenteas entre los edificios hasta llegar al río Arno y entonces el cielo, azul, se presenta infinito. Lo que se respira en Florencia es esto: arte. Parece exactamente lo que es: una ciudad pensada, ideada, desarrollada por artistas.



Es una de las ciudades más visitadas de nuestro planeta. Y los turistas también podemos abrumar mucho. Hay espacios en los que se siente especialmente esto, como la via dei Calzaiuoli, una calle que conecta el magnífico Duomo con la Piazza della Signoria. Este centro de Florencia, parte de lo que conocemos como casco antiguo, es la zona más comercial de la ciudad. Una tienda de Victoria’s Secret y otra de Swarovski conviven en un mismo escenario con iglesias tan fantásticas como la Chiesa di Orsanmichele. O con cafés que tienen siglos de antigüedad, como el Caffè Gilli, que abrió sus puertas a mediados del siglo XVIII. Creo que Florencia es una ciudad que vive en completa armonía también con su historia. La ha potenciado, desde luego, pero también la ha respetado. Esos siglos pasados se vuelven aquí patentes, quizá actualizados al nuestro, pero siempre respetados.

Así que el ambiente en Florencia es un ambiente que mezcla arte, respeto y turismo. Por eso una de las cosas que más me gusta hacer en cada viaje a la ciudad, y que aproveché especialmente en esa semana que tuve la fortuna de tener por delante, es sentarme en sus amplísimas plazas a observar el movimiento.

Las plazas de Florencia son preciosas. Suele engrandecerlas algún músico local, y si uno tiene suerte escuchará cómo canta canciones italianas de siempre y no el último éxito pop que podemos escuchar también aquí, en la radio. Recuerdo especialmente a un hombre ya de edad avanzada haciendo sonar su violín en la Piazza di Santa Croce. Sentarse en las escaleras que nos conducen a la bellísima Basilica di Santa Croce y limitarse a observar la vida en esa plaza, de turistas y de locales, es uno de los mejores recuerdos que conservo de esos días. Uno de esos momentos en los que sentí que estaba donde estaba.


Chiesa di Santa Croce | Imagen: Soff Garavano – Unsplash

Nada supera, en cualquier caso, al peregrinaje a la Piazzale Michelangelo. Lo siento así: como un peregrinaje. Cuesta llegar, porque el camino de ascenso es complicado, pero, como diría mi abuelo, vale tanto el camino como la comida. Esta plaza repleta de puestos de comida y de bebida está coronada por una escultura (réplica) de gran tamaño del David de Michelangelo Buonarroti. Es el gran mirador de Florencia, y el peregrinaje concluye con una admiración absoluta de la ciudad desde las alturas. La cúpula del Duomo, preciosa, inmensa, destaca junto a la torre del Palazzo Vecchio. Todas las grandes construcciones se observan bien, pero es la postal general la que conquista. Florencia, desde la distancia, desde las alturas, es preciosa. Desde este mirador, una fotografía inolvidable.

Y ese ambiente, lo que se respira, se convierte en otro recuerdo inolvidable. Este mirador dispone de unas escaleras que miran hacia la ciudad, y en ellas nos sentamos todos, turistas y locales, con nuestras botellas de agua o nuestras botellas de vino, o nuestras cervezas, nuestra ilusión o nuestro cansancio, que pronto se olvida. Estamos todos. Los de fuera, los florentinos, los italianos. Nunca he estado sentada en esas escaleras sin el sonido de las cuerdas de una guitarra. Se escuchan voces, conversaciones en diferentes idiomas, alegría. Lo que se respira en la Piazzale Michelangelo justifica parte de la popularidad de Florencia en este siglo XXI.


La postal más reproducida de Florencia | Imagen: Antonia Felipe – Unsplash

Lo que se siente

Una semana en Florencia da para pasearla tranquilamente, así que lo que se siente es, precisamente, tranquilidad, paz, serenidad. Es una de las ciudades más serenas en las que he tenido la fortuna de estar, quizá porque los lugares en los que un turista suele moverse no suelen estar frecuentados por vehículos. No asocio Florencia al tráfico, y creo que es una de las mejores cosas que se pueden decir de un lugar.

Se puede decir también, y enlazo con lo anterior, que es una de las mejores ciudades para pasear. Sin mapa. Empezando por los puentes que salvan el Arno, de uno a otro. Hay que cruzarlos, en la dirección que se quiera, y avanzar hasta el siguiente. Ponte Alla Carraia, Ponte Santa Trinita, Ponte Vecchio, Ponte alle Grazie. Si el Arno está bajo, entonces merece la pena descender y observar las aguas, de un color particular, desde cerca. La ciudad suele reflejarse en éstas, así que tendremos una perspectiva de Florencia curiosa y preciosa.

La Florencia más conocida es la Florencia que rodea el Duomo, pero al otro lado del Arno nos espera la misma ciudad. Sin tantos monumentos turísticos, pero el mismo tipo de arquitectura, el mismo tipo de historia. Pasear por los Giardino di Boboli, que abordaremos desde el Palazzo Pitti, es lo que puede hacernos sentir en otro lugar. Son monumentales, y son naturaleza, sin más. Se entiende pronto, en realidad, que es Florencia y no otro lugar. Esa grandiosidad, ese respeto por lo de antes, esa armonía, esos colores. Es Florencia.

Desde ciertos rincones tendremos también una vista de la ciudad preciosa, nos sentiremos cerca de su cúpula, casi como si pudiéramos tocarla. Y guardan secretos, como la Grotta del Buontalenti. También una de las historias que más me han fascinado siempre. El Palazzo Pitti está conectado por un corredor, conocido como Corridoio Vasariano, con el Palazzo Vecchio, al otro lado del Arno. Fueron los Médici, los señores de Florencia, quienes ordenaron esta construcción imposible para conectar sus dos residencias. Giorgi Vasari, uno de los grandes nombres de la historia de la ciudad, lo hizo posible. En Florencia parece todo posible.

He comentado antes el peregrinaje hacia la Piazzale Michelangelo. El peregrinaje nunca debería terminar ahí, aunque sea el lugar donde finalmente descansamos. Antes, siempre sigo subiendo hasta llegar a la Basilica di San Miniato al Monte, que corona una colina de altura considerable desde la que obtendremos otra vista de la ciudad.

Cuenta la leyenda que Miniato, un mártir florentino, subió hasta el lugar con su cabeza en la mano tras ser decapitado en la persecución de los cristianos. Miniato quería descansar en el que fue su hogar. La basílica se consagró en su nombre, y ha sido reformada, pero su belleza es espectacular. También el silencio que suele reinar en sus alrededores, donde encontramos un cementerio que cuenta con varios siglos de antigüedad y varios de esos rincones secretos en los que quedarse a descansar. Esto se siente en Florencia: la sensación de que siempre, te muevas por donde te muevas, descubrirás algo nuevo, amarás algo nuevo.

Lo que se vive

También amarás lo de siempre. Pensad en todo lo que hayáis escuchado sobre la grandiosidad de sus palacios, los ya mencionados y otros como el Palazzo Medici Ricciardi. Todo eso que habéis escuchado es lo que es. Estos palacios, salvando el paso del tiempo y las diferentes reformas necesarias, nos trasladan a otra época con precisión. Sobre todo en lo que respecta al Palazzo Vecchio, recorrer sus estancias, subir sus estrechas escaleras, asombrarse con sus grandes salones donde los artistas se batían para decorarlos con su firma… Se nos va una mañana entre realeza y anécdotas.

Y se nos va el aliento cuando abandonamos la residencia de los Médici y nos encontramos de golpe con la Piazza della Signoria. Se ha dicho en muchas ocasiones que Florencia es un museo al aire libre. Lo entiendo de esta manera: podrías detenerte en prácticamente cada uno de sus edificios y admirar sus formas, sus colores, su interior y también los pequeños guiños escultóricos que han ido colocando en rincones insospechados. Florencia, en sí, podría exponerse. Se expone, de hecho, y el público reacciona con fascinación, con admiración, como reaccionó Stendhal en su día.

La Piazza della Signoria es la amplificación de todo esto. Es esta intención llevada al extremo. Es una plaza en la que descansan réplicas de varias de las esculturas que más peso han tenido en la historia de la ciudad, custodiadas por la Fontana del Nettuno. No pude disfrutar de esta última en mis primeras visitas, pues las obras de reparación duraron un tiempo. Fue una sorpresa atravesar la plaza por vez primera, cuando ya conocía bien Florencia, para encontrarme con la figura imponente de Neptuno. Supongo que nunca conoces bien Florencia.


Un museo al aire libre | Imagen: Judith Torquemada

Impone esta plaza, y también imponen sus museos. La Galleria degli Uffizi es inabarcable. Necesitas una mañana, una tarde, una semana, una vida. La impresionante colección de arte que expone en cada una de sus salas solo puede abordarse poco a poco. Es uno de los museos más importantes del mundo, y no deja de renovarse para que los visitantes disfruten de nuevas exposiciones y de una manera de comunicación adaptada a los nuevos tiempos. Su entrada no es gratuita, y los precios, desde luego, podrían ser más accesibles, pero siempre he abandonado ese lugar pensando que cuesta lo que vale. Que el tesoro cultural e histórico que guardan sus paredes no está presente en ningún otro lugar en el mundo, en parte porque muchos de esos tesoros nacieron y existieron en esta ciudad del arte.

También merece la pena la Galleria dell´Accademia, no solo porque en este edificio descanse el impresionante David de Michelangelo Buonarroti, que siempre nos parece más grande, más hermoso, más imponente de lo que nos imaginábamos. También porque este museo, dedicado a la escultura y la arquitectura, con la mirada puesta en la antigüedad, es otro paseo por la historia. Esta ciudad del arte no puede entenderse sin la historia. Es la historia la que la ha dado forma.

Y rescato aquí las construcciones religiosas de Florencia, destacando en primer lugar la Basilica di Santa María Novella, que parece de papel, de mentira, y que tiene un interior riquísimo. Suele ser la primera construcción religiosa que abordan los turistas, porque está cerca de la estación más importante de la ciudad. El primer contacto, por tanto, nos parece de mentira. También quiero destacar la Basilica di San Marco, que es iglesia, museo y un convento cuyas paredes están decoradas por el arte de Fra Angelico. Recorrer el interior, en silencio, en la oscuridad, escuchando cada paso, con ese frío propio de los espacios dedicados a la oración, es una experiencia. Religiosa o no.


Iglesia de Santa Maria Novella
Santa Maria Novella | Imagen: Judith Torquemada

Solo hay una manera de concluir este texto, y creo que solo hay una manera de concluir una visita a la capital de la Toscana. Mirando por última vez hacia su gran símbolo, de fama merecida, de belleza indescriptible. Recuerdo perfectamente ver la Sagrada Familia de Barcelona por primera vez, cuando era una adolescente; recuerdo salir de metro y toparme de frente con esa enorme construcción, y sentir que me mareaba, como Stendhal.

También recuerdo muy bien subir la calle principal de la parte antigua de Edimburgo, con sus edificios característicos y la sensación de estar más cerca del cielo de lo que nunca había estado. Síndrome de Stendhal otra vez. Recuerdo caminar por Phoenix Park, el parque urbano más grande de Europa, en Dublín, pensando que no habría manera de salir de esos pequeños montes verdes. Soy capaz de recordar muchos momentos que han marcado mi vida viajera, que me han producido escalofríos y casi mareos. Pero nada se asemeja a la primera impresión que tuve, que uno tiene, del Duomo de Florencia.

Está encajado en una plaza de pequeñas dimensiones, que ha terminado siendo delimitada por las formas de la Cattedrale di Santa Maria del Fiore, su Campanile y su Battistero. Cuando uno recorre las calles de Florencia, y desde todas y cada una de sus calles puede verse la cúpula, no puede imaginar que de pronto, en medio de ese laberinto estrecho, aparecerá una construcción de semejante tamaño. Blanca, blanca, blanquísima. Recuerdo, por encima de cualquier cosa, caminar por Via dei Pecori despacio, siguiendo el camino marcado por la cúpula en el cielo, y de pronto estar ahí, sobre ella. Impresiona. Fascina. Abruma.

Entiendes a Stendhal y su necesidad de atención médica. Lo único que puedes hacer entonces es pasear por sus alrededores, intentar comprender sus formas, descubrir el verde que repta por sus paredes, llegar hasta el final, hasta esa cúpula que la corona. Una vez leí, no recuerdo dónde, no recuerdo firmado por quién, que esa cúpula podía dar cobijo a todos los pueblos de la Toscana. Algo así. Se entiende cuando uno la observa, desde cualquier ángulo.

Puedes subir hasta ese final, por unos pasadizos estrechos que de nuevo te parecen imposibles, pero que alguien (el genio Filippo Brunelleschi) hizo posible. Por el camino, los frescos que adornan su interior, obra de Giorgio Vasari, las diferentes sorpresas que aguardan en sus salas, seguirán gritándonos que Florencia es una ciudad en la que se pueden vivir mil acontecimientos diferentes. Solo hay que estar despierto y atento para captarlos. Podremos hacerlo en esa cúpula, en el camino hasta ésta, en el ascenso al Campanile, que también merece la pena para observarla desde otra perspectiva, o en los minutos de silencio que se viven en el Battistero di San Giovanni, cuyo interior, dorado, me ha sorprendido siempre de una manera particular, única.

En mi primera visita a éste, que fue lo primero que hice durante mi primera larga estancia en la ciudad, pensé que podría quedarme allí, simplemente allí, sentada en uno de los bancos de su interior, toda una vida. Fue la primera vez que lo pensé. No fue la única. Lo pensé, durante esa semana, en muchas otras ocasiones, en muchos otros rincones.


Duomo de Florencia
Duomo de Florencia en un día de lluvia | Imagen: Judith Torquemada

Un viaje a Florencia solo puede concluir plantándose uno de nuevo ante esta impresionante construcción y prometiendo un pronto regreso. Porque una semana nos da para respirar, sentir y vivir todo esto, pero como las emociones son tan fuertes, tan auténticas y tan reales, querremos más. De Florencia siempre se quiere más. De sus calles, sus iglesias, sus sorpresas, sus palacios, sus paseos, su río, su música, sus puentes, sus plazas y su Duomo. Y de su comida. Lo he dejado para el final, porque no es lo más importante, pero, en fin: la comida.

Judith Torquemada
Periodista, taikista, marvelita y feminista. Escribo sobre cine, sobre libros y sobre viajes. También escribo historietas varias. Se me da bien hablar de Escocia, enamorarme de personajes ficticios y fantasear en general. Por Frodo. Y por Ned Stark.

‘Matar a la madre’, primer cortometraje producido, escrito y dirigido por Omar Ayuso

Previous article

‘Euphoria’ nos acerca a Jules con ‘Fuck Anyone Who’s Not a Sea Blob’

Next article

Comments

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Login/Sign up