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Valerio (‘Élite’), el personaje que nos ganó a todos

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Cuidado, este artículo podría contener spoilers de la tercera temporada de ‘Élite’. 

Con una serie tan coral como ‘Élite’, en la que prácticamente todos los personajes son protagonistas y todos tienen la oportunidad de desarrollar sus tramas más allá de la trama principal, es fácil que cada espectador tenga sus favoritos. De hecho, en redes sociales encontramos la prueba de que efectivamente este fenómeno se da con la serie de Netflix. Y, sin embargo, hay un claro ganador en este juego: Valerio. Incluso para aquellos que prefieren a otros personajes como Lucrecia, Polo, Guzmán o Nadia, Valerio es uno de los destacados de la ficción, ese nombre que siempre aparece en las listas de favoritos o de mejores personajes y del que siempre hay algo que decir. Un puesto privilegiado que se ha ganado por méritos propios. 

Y es que ya desde que llegó, Valerio fue una especie de estallido de energía, de luz, de color y de locura capaz de arrasarlo todo y de llevarse toda la atención. Como cuando comienza un castillo de fuegos artificiales en medio de cualquier celebración. No importa lo que estemos haciendo en ese momento, todos dirigimos nuestra mirada a ese espectáculo y callamos durante unos instantes en los que todo se para. Así, cuando ya creíamos que nadie iba a robarle el protagonismo a nuestros personajes favoritos, este huracán chileno nos demostró que estábamos equivocados y capítulo a capítulo ha ido probando que no sólo puede ser explosivo y excesivo, sino que también es uno de los mejores personajes que nos ha entregado la ficción. 

Lo es por su complejidad y por lo bien plasmada que está en la pantalla, en parte gracias al carisma y al buen trabajo de Jorge López. Pero también lo es por lo que representa y por la bondad que, pese a toda la oscuridad que amenaza con engullirle, no deja de verse en ningún instante. Y también lo es porque, pese a estar muy lejos de nosotros en muchos sentidos -para empezar, en el nivel de vida que lleva-, es un personaje muy real y que representa a muchos, que significa mucho. Detrás de esa imagen de juerguista y casi de bufón en algunas ocasiones, encontramos un alma luminosa pero maltratada que muchos podrían reconocer como propia. 

Élite

Lo que muestra vs lo que esconde

Igual que ocurre con su hermana -y amante- Lucrecia, lo que vemos de Valerio dista mucho de la realidad. Por fuera, es un joven divertido y completamente despreocupado, cuya única motivación en la vida es salir de fiesta, emborracharse, drogarse e ir de flor en flor. Una motivación a la que se le une la enorme afición que tiene por derrochar los fondos que le ofrece su padre, con el que no tiene una buena relación, algo que tampoco parece perturbarle. Un chico egoísta y al que le gusta saltarse las normas por el mero hecho de llamar la atención y de hacer la gracia. El típico compañero de clase al que se le vaticina un futuro muy negro y, por desgracia, muy corto. 

Pero ya se sabe que, por norma general, las personas que se muestran tan excesivamente libres y felices como Valerio, por dentro son todo lo contrario. Y así ocurre con este personaje. No tardamos en comprender que todas esas llamadas de atención surgen precisamente de la falta de la misma por su entorno. Valerio es casi un hijo invisible, al que nadie mira, sobre todo porque la sombra de Lucrecia es alargada y no puede competir contra ella. Ni siquiera quiere hacerlo. Él mismo, después de muchos desprecios y de muy poco cariño, ha decidido borrarse del mapa y vivir en su propia burbuja, de aparente felicidad y verdadero dolor, de la que sólo sale para reclamar lo único que recibe por parte de su familia: dinero. 

Para ocupar todo el vacío que deja la ausencia de cariño, de apoyo, de reconocimiento y de auténtica compañía, este joven se refugia en unas drogas que primero le divertían, pero que después le mantuvieron prisionero. Tal y como vemos que le dice a Carla en esta tercera temporada, la droga puede arreglarlo todo o, al menos, tapar esos agujeros que por momentos nos absorben. Pero termina absorbiendo todo lo demás, hasta tu propia personalidad. Te termina llevando a un límite en el que hemos visto a Valerio durante esta última entrega, un punto de casi no retorno del que, evidentemente, es muy difícil regresar. Suerte que el personaje de Jorge López sigue manteniendo viva su bondad y su luminosidad, que son las que le permiten conectar con sus compañeros y las que terminan sacándole a flote, haciendo ver que detrás del loco y del bufón hay una buena persona, muy capaz y muy valiosa, que sólo necesita un poco de cariño y de reconocimiento por parte de quienes le importan. 

Élite

¿Qué más falla?

Las heridas de Valerio no se quedan sólo en la falta de cariño, sino que van mucho más allá. Creo, aunque no estoy firmemente convencida, que el ser humano puede acostumbrarse a esta ausencia, puede hacerse más frío y puede buscar cariño en otros lugares. También puede encontrar este tipo de muestras donde no las hay; tenemos una imaginación muy poderosa y que siempre busca protegernos. Sin embargo, lo que sí necesitamos de manera clara es una cierta confianza y un reconocimiento. Es importante que veamos que las personas de nuestro entorno, sobre todo aquellas que significan algo para nosotros, nos valoran y confían en nosotros, de manera que nuestro amor propio crezca a través de sus reconocimientos. Y esto es lo que Valerio más echa en falta. 

No aprueba porque le han dicho tantas veces que no vale para nada, que ni siquiera se esfuerza. Ha escuchado tantas veces que no sirve, que se lo ha creído. Ha terminado considerándose inferior al resto, un ser prácticamente inútil que sólo sirve para divertir a los demás y para romper las normas. Nunca ha sentido la confianza de sus padres y eso ha terminado por romperle completamente, difuminando casi del todo las posibilidades de un futuro brillante. De su casa sólo han llegado desprecios y una presión que no tenía como objetivo sacar lo mejor de él, sino machacarle. Y el resultado ha sido una adicción a las drogas y una depresión encubierta. 

Y, sin embargo, dentro de su infierno y también cometiendo errores, como todo ser humano, vemos cómo Valerio es generoso, se compromete con lo que considera que debe comprometerse, es amigo de sus amigos y es totalmente inofensivo. Una buena persona que, pese a encontrarse en lo más hondo del pozo, siempre tiene una sonrisa para el resto y siempre tiende la mano a quien lo necesita (aunque se equivoque). Lo único que pide en silencio es una mirada amiga que le diga que puede hacer lo que se proponga. Y parece que ya la ha encontrado. 

Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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