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Beth Harmon (‘Gambito de dama’): la lucha constante

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Beth Harmon (Anya Taylor-Joy) es el resultado de un cúmulo de heridas que no han encontrado cura. Sobre todo de una, la más dolorosa de todas, probablemente la herida más traumática para cualquier ser humano. Tanto que la protagonista de ‘Gambito de dama’ nunca llega a ser capaz de compartirla con su entorno. Ni siquiera con quienes le entregan ese amor que tanta falta le ha hecho y le hace durante toda su vida.

Hay muchas situaciones que pueden entrar dentro de lo que se considera como una infancia dura o difícil. Pero no se me ocurre una más horrible que saber que tu propia madre, presa de la desesperación y de la incapacidad, ha optado por sacrificar tu vida. Las últimas palabras de la mujer que le dio la vida y que trató de quitársela, ese “cierra los ojos”, no se borran de su memoria. Ni en los momentos más brillantes, ni en los más oscuros.

A sabiendas de que esa decisión fue tomada ante la imposibilidad de encontrar un futuro mejor, la huella que deja en Beth Harmon nos habla de una falta de amor y de cariño que la perseguirá el resto de sus días. He intentado ponerme en su lugar desde el primer episodio, pero es tan horrible lo que ha tenido que enfrentar desde una corta edad que me resulta imposible. No sé cómo se puede superar el saber que tu propia madre intentó matarte. Que, en cierta manera, pudiste ser un problema demasiado grande para ella, tanto como para arrojarse al lugar del que todos huimos. De hecho, ni siquiera ella encuentra una respuesta, una manera de afrontar eso y eliminar el trauma. Por eso se refugia en todo tipo de adicciones, desde el propio ajedrez hasta el alcohol.

Poseedora de una mente brillante y con un especial talento para los números, además de ese amor que le había sido negado, la pequeña Beth tenía la necesidad de encontrar algo retador que ocupara su mente y la alejara de todo lo demás. Es ahí donde entra en escena el ajedrez, hacia el que inicialmente se sintió atraída por la curiosidad. Pronto, en cuanto Shaibel permitió que entrara en su juego, comprendió que tenía ante sí el reto que estaba buscando. Pero también la atención, la admiración y el cariño que casi había olvidado entre tanta oscuridad. Y una de sus primeras adicciones, combinada con la de esas misteriosas pastillas para la tranquilidad, que la introdujeron, sin ser consciente de ello, en un camino casi sin salida.


Gambito de dama
Foto: PHIL BRAY/NETFLIX © 2020

El carácter retador del juego y la adrenalina que acompaña a cada jugada se acaban convirtiendo de dos de los pilares de su día a día. Pilares que se mantienen hasta su madurez, pero que también amenazan constantemente con derrumbar su vida. Beth Harmon, además de necesitar cariño y ser presa de un trauma difícil de superar, siempre fue competitiva. Aunque su competitividad aumenta conforme va cumpliendo años, hasta llegar a un punto dañino para sí misma.

Perder nunca fue una opción, algo que encuentra su por qué, de nuevo, en su infancia. Así nos lo recuerdan en ‘Gambito de dama’. Los huérfanos nunca se pueden permitir el lujo de perder, porque una derrota puede marcar la diferencia entre una buena vida en familia y una vida precaria en un centro de acogida, sin amor y sin cuidado. Una máxima que acompaña a Beth durante todo su camino. Las derrotas no son una opción y pueden llegar a mermar enormemente su autoestima y su ánimo, sumiéndola en una depresión que conoce a la perfección.

Beth también es una mujer, generalmente, segura de sí misma y orgullosa de sus capacidades. Unas capacidades y un talento que empieza a aceptar gracias a un Shaibel que pronto supo verlos y reconocerlos. Es un placer contemplarla jugando, dejándose llevar por sus conocimientos y por su intuición. Sobreponiéndose a situaciones adversas y disfrutando de los retos que aparecen ante ella como apareció el ajedrez.

También es un placer contemplarla cuando está segura y cómoda en su intimidad. Cuando se olvida de la coraza que siempre lleva puesta y se deja atrapar por ese gran desconocido que es para ella el amor. La que en su día fue una niña esquiva y reservada termina convirtiéndose en una mujer inquietante, con agallas y capaz de superar todo tipo de escollos. A veces por sí misma y a veces con ayuda. Aceptar esa ayuda también es un importante paso madurativo para ella, acostumbrada a vivir en soledad y sin recurrir a nadie.

A lo largo de los siete episodios que componen ‘Gambito de dama’, asistimos a la maduración de una Beth Harmon que poco a poco va librándose de sus ataduras y de sus miedos. Que se abre y se deja querer, mientras aprende a hacerlo. Que descubre su sexualidad sin miedo y con confianza. Y que aprende a gestionar los rechazos, las derrotas y los corazones rotos.


Gambito de dama
Foto: PHIL BRAY/NETFLIX © 2020

Pero en la que las adicciones siempre están acechando, aprovechando cada pequeña caída para apoderarse de ella. Principalmente porque su gran trauma continúa ahí, como también lo hace la necesidad de sentirse querida por alguien. De saber que hay alguien en el mundo que se preocupa por ella. Aunque lo haga de una manera extraña, como ocurre con su madre adoptiva. Ese es su talón de Aquiles. Un talón que ni siquiera le corresponde a ella, sino que es la consecuencia de la herida que se reabre cada vez que recuerda ese “cierra los ojos”.

Pero sería muy injusto para ella quedar definida por esas adicciones y por las sombras que la persiguen. Por encima de ello, Beth Harmon es una mujer con un talento increíble, enormemente inteligente y con unas ansias de saber que, en ocasiones, han llegado a generar en mí cierta envidia. Es divertida, es fiel y es valiente. Y es una persona que, a pesar del dolor que la acompaña constantemente, es capaz de darlo todo a quien quiere. De luchar por los demás antes que por ella y de escuchar y abrazar cuando alguien lo necesita. Pero, sobre todo, hay algo que sí la define. Beth Harmon es una superviviente.

Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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