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'El silencio de la ciudad blanca'

Lo mejor
  • El reparto
Lo peor
  • Pierde la esencia del juego propuesto en el libro, pues nos arrebata la intriga que acompaña a una historia así
  • El ritmo rápido y un exceso de escenas de acción puede despistar al espectador, que difícilmente se detendrá a analizar los conflictos de los personajes, sus relaciones y el folclore que recoge la historia

El silencio de la ciudad blanca‘ llega a los cines de toda España. Basada en la novela homónima de Eva García Sáenz de Urturi, la cinta está dirigida por Daniel Calparsoro (‘El Aviso’, 2018), guionizada por Roger Danès y Alfred Pérez Fargas y protagonizada por Javier Rey, Belén Rueda y Aura Garrido. Muchos grandes nombres en un solo párrafo; quizá por eso sintamos como en pocas ocasiones que el resultado final se ha quedado a medio camino de todo.

Se ha quedado a medio camino de ser una buena adaptación del libro. Ya he explicado en un análisis exhaustivo, en un libro vs. Película, por qué lo considero así, pero puedo resumirlo: creo que buena parte de la esencia de un libro que ha atrapado a un millón de personas se ha perdido en su versión cinematográfica. El viaje y la confusión que vivimos los lectores no está, porque el espectador sabrá demasiado desde el principio y en esta historia es fantástico no saber; es fantástico pensar, reflexionar, recordar, memorizar y esperar cualquier cosa. En la película no esperas cualquier cosa, solo esperas una explicación. Se pierden juegos y sospechas. Los personajes tampoco tienen la profundidad con que fueron construidos, y se pierden buena parte de los conflictos que les hace humanos.

Entiendo, se entiende, lo complicado que es adaptar un libro, incluso este libro tan directo y tan visual desde su inicio, pero no creo que haya sido problema de eliminar escenas, personajes o conflictos: creo que ha sido un problema de narración y desarrollo. Como ya he profundizado en este asunto, dejaré sus páginas para centrarme en las imágenes de esta nueva vida para la Ciudad Blanca.

He digerido ‘El silencio de la ciudad blanca’ un par de días. He charlado con su gran equipo y han conseguido que la observe desde otra perspectiva, aunque esa perspectiva no me convence del todo. Tras dejar atrás el shock inicial de la adaptación fallida, creo que he sido capaz de distanciarme de mi yo lector para concentrarme en mi yo cinéfilo. Y mi yo cinéfilo me dice que podría haber sido no solo una buena adaptación, también una buena película. Y que no lo termina de ser, que también en este sentido se queda a medio camino, aunque funciona en varios aspectos.

Funciona la dirección de Daniel Calparsoro; y aunque creo que la historia hubiera agradecido menos acción, buena parte de estas escenas son espectaculares. Vitoria es preciosa, y la inmersión en sus calles tampoco falla. Y está bien interpretada: Javier Rey me gusta desde hace tiempo, tiene una emoción en la mirada que valoro mucho y una presencia indiscutible, y Aura Garrido está tan natural como siempre la he visto, dando vida al personaje que tanto me gustó en su día en unas páginas de un libro. Es la Esti que me imaginé al leerlo, y él también es Unai, y aunque en ambos me hubiera gustado ver más matices y complejidades, saben aprovechar lo que se les ofrece. Me ha sorprendido Belén Rueda, porque no terminaba de verla en el papel, pero me ha convencido. Por momentos, veía a la Blanca de mi imaginación, y por momentos no necesitaba siquiera a esa Blanca porque tenía a Belén Rueda interpretando a la Blanca de la adaptación cinematográfica y con eso era suficiente. Manolo Solo está como se espera que esté: bien. Siempre bien. Me hubiera gustado ver más a Àlex Brendemühl, y esta es una de las cosas de las que acuso a esta película: no me han dado, no del todo, a mis gemelos. Hubiera querido más tiempo para ellos, para Brendemühl, en pantalla, pero entre todos, y gracias a una historia que es entretenida y que está contada con un ritmo rápido, pueden conseguir que esta película pueda funcionar para muchos espectadores.

Pero no ha terminado de funcionar para mí. El ritmo rápido, frenético, puede mantener al espectador atento, más bien pendiente, pero que los acontecimientos prácticamente se atropellen entre sí no da lugar a un momento de reflexión, de digestión, de asimilación de lo que estamos viendo y de la historia que nos están contando, que no es precisamente una historia sencilla. El guion tampoco ayuda; sin ser un desastre, no hace mucho más que aportar datos e informaciones que necesitamos para continuar con más. No dice mucho, no brilla. Hay escenas que casi calificaría como un completo error, porque apuntan hacia lo inverosímil y en según qué momentos puede terminar de sacar al espectador de la historia. Creo que eso de que los malos vayan con su papel pintado en la frente solo funciona en los cuentos para los más pequeños; en los thrillers, mejor apostar por los matices, por las sutilezas, por los tonos grises.

Y no hay intriga, cuando esta historia necesita intriga para funcionar, porque es el pilar básico en el que está asentada. También se asienta, desde luego, en los conflictos de los personajes, pero muchos no se podían mantener sin exceder el tiempo en pantalla, y se asienta en el folclore del que se sirve, del que quizá tampoco se podía abusar sin arriesgarse a confundir demasiado. Así que desde el principio me conformaba con un buen reflejo de la tensión y el misterio que tiene esta historia. Una historia que no necesitaba tanta acción para resultar visualmente atractiva ni para mantener al espectador despierto, porque ha conseguido que un millón de lectores se pregunten quién es el culpable de todo sin ello. Con enseñarnos cómo el Kraken y todo su equipo responden a esta pregunta, que en esta nueva vida lo hubiera hecho con rostros muy acertados y bajo la mano de un gran director, hubiera bastado para llegar a la meta que todos esperábamos. Pero aquí estamos. A medio camino.

Judith Torquemada
Periodista, taikista, marvelita y feminista. Escribo sobre cine, sobre libros y sobre viajes. También escribo historietas varias. Se me da bien hablar de Escocia, enamorarme de personajes ficticios y fantasear en general. Por Frodo. Y por Ned Stark.

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