Sympathy for the Devil
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8.5

'Sympathy for the Devil'

Lo Mejor
  • Retrato del mal de la guerra y de cómo esta cala en el reportero
  • Sin filtros
  • Homenaje a Marchand y a los reporteros implicados
  • Niels Schneider
Lo Peor
  • La guerra y la maldad humana

Esta crítica no contiene spoilers de ‘Sympathy for the Devil’.

He leído mucho sobre el mal de la guerra. Y sobre la guerra en sí. Incluso me he sentido presa de algo que ni siquiera he vivido. De la angustia, de la adrenalina, de la necesidad de contar y mostrar, de la sed de justicia que parece serle ajena a la parte privilegiada de nuestro mundo. Y he encontrado todo esto en ‘Sympathy for the Devil’. La ópera prima de Guillaume de Fontenay me ha entregado un retrato de lo que tantas veces he leído y he visto en documentales. En el que he reconocido cada paso, cada sentimiento y cada pensamiento. Y he visto reflejada la realidad de un conflicto armado, lo que pasa dentro, lo que se empeñan en que no veamos. Desde la mirada de un Paul Marchand que, como tantos otros, es un gran desconocido para la mayoría.

La película, protagonizada por un Niels Schneider del que siempre quiero más, está ambientada en el Sarajevo sitiado de 1992. Allí se encontraba desplazado Paul Marchand, periodista que cubría el conflicto para la mayoría de los medios francófonos y que llegó a la Guerra de los Balcanes en busca de una manera de ganarse la vida. Así lo señala en los primeros compases del largometraje, en los que la guerra aún no ha penetrado en su alma. A través de él, conocemos el interior del conflicto y las huellas que deja en quienes lo viven desde diferentes ópticas y situaciones. Como víctimas, pero también como testigos aparentemente ajenos a lo que ocurre.

‘Sympathy for the Devil’ funciona porque no aplica filtros a la realidad que muestra. En ningún sentido. No suaviza la dureza de la guerra, ni para los habitantes de Sarajevo, ni para los combatientes, ni para esos periodistas que llegan siendo unas personas y marchan -si tienen suerte- siendo otras completamente distintas. El ritmo trepidante y la tensión creciente ayudan, pero no son la clave de la cinta. Como también ocurre con la interpretación de su protagonista, siempre rozando la perfección. Aquí la clave, lo que hace que estemos ante una buena película, es lo que cuenta y cómo lo cuenta. Su mirada hacia ese mal desconocido y hacia una figura como la de Paul Marchand, que representa a cientos de reporteros y de historias.

Sobre cómo la guerra entra en ti


Sympathy for the Devil
Foto: Shayne Laverdiäre – Monkey Pack Films – Gofilms

Qué bien construido está el camino de Paul Marchand. Cómo la guerra le transforma en cuanto decide entrar verdaderamente en ella y, por supuesto, en cuanto la guerra entra en su alma. Un cambio paulatino, pero evidente, que reconocerán todos aquellos que hayan pisado ese terreno farragoso compuesto por cadáveres y pérdidas. Y también quienes hemos leído testimonios e historias similares a la suya.

Cuando conocemos a Marchand es un hombre al que la adrenalina parece sentarle bien, que sale a la calle, al lugar en el que ocurren las noticias, y las cuenta al mundo. Para volver al hotel, jugar a las cartas, beber algo de alcohol y regresar a la cama. Un periodista que hace su trabajo, por dinero, pero al que parece que no se le ha caído aún el muro de contención que todos construimos para no salir dañados. Un Paul que no tiene absolutamente nada que ver con el hombre cuya alma se ha oscurecido hasta un punto de no retorno del que nos despedimos. Un hombre que ya no sólo ha encontrado la verdadera vocación del periodista, sino que se ha implicado de manera activa en el conflicto.

Su angustia está perfectamente plasmada, en un recorrido hacia el infierno en el que el amor, la pérdida y el dolor son paradas que encontramos sin ningún problema. Como también encontramos esa extraña sensación que impide a muchos reporteros alejarse del conflicto. La guerra marca y se cuela por los poros de la piel, convirtiendo el campo de batalla en una especie de zona de confort que soñamos con que no exista. Pero de la que es imposible huir. Ese magnetismo está en Paul Marchand y en algunos de sus compañeros, aunque quizá con menos énfasis. Y está en los cientos de reporteros que han dejado su vida y su alma en los lugares que nadie quería pisar. Con el único objetivo de dar voz a quienes no la tienen y de contar lo que los poderosos muchas veces no quieren que sepamos.

El valor de una película


Sympathy for the Devil
Foto: Shayne Laverdiäre – Monkey Pack Films – Gofilms

‘Sympathy for the Devil’ es, objetivamente, una buena película. Con un buen guion y una dirección acertada, con aspectos bastante interesantes. Y con una tensión bien cimentada y resuelta, que hace que el visionado sea cómodo, pese a la dureza de lo que estamos viendo. Un buen reparto, encabezado por Niels Schneider, completa la ecuación. Así, como buena película que es, tiene un valor alto, pensando en una nota numérica que invite al espectador a verla o a apostar por otro título. Pero, con cintas como esta, el valor es incalculable. Y responde a parámetros de cuantificación mucho más compleja.

La de Guillaume de Fontenay es una película valiosa por el homenaje que hace a una figura que para muchos ha caído en el olvido. También por el reconocimiento de la labor del reportero de conflictos vocacional, que se entrega a las historias y las vidas de los demás. Y por ese retrato del sitio de Sarajevo, ya muy lejos en el tiempo, pero cuyas consecuencias y secuelas siguen latentes en quienes lo vivieron. Es una película valiosa por su retrato del mal de la guerra, un gran desconocido al que sólo nos enfrentamos cuando llama a nuestra puerta.

Soy consciente, y creo que mi deber es aclararlo, de que ‘Sympathy for the Devil’ ha tenido un impacto más fuerte en mí por lo que significa su historia a nivel personal y profesional. Pero, dejándome a mí misma a un lado, siento que es una película valiosa porque responde a ese carácter social que va unido al séptimo arte y que muchas veces también se nos olvida. Porque su objetivo primordial, o así lo he sentido yo, es el de concienciar, el de contar una historia que merece ser contada y el de mostrar una realidad que muchos no conocemos. ¿Entretiene? Claro. Pero eso, en este caso, es lo de menos.



Rosa Suria
Periodista. Escribo y hablo continuamente de cine, series y música.

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