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El mágico Monte Saint-Michel

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Normandía, con sus bosques, sus pueblos y sus siglos de historia, invita como pocos lugares en el mundo a creer en la magia. Cuando poco a poco acercamos nuestro mapa y nos dirigimos a esa imposible isla rocosa que parece existir desafiando todo, nos convertimos en creyentes (de la magia). El Monte Saint-Michel ha despertado la fascinación y la admiración de las personas desde el principio de los tiempos; con la masificación del turismo, ha alcanzado la increíble cifra de tres millones de visitantes al año. Una isla que no llega a los 50 habitantes.

Es uno de los destinos por excelencia de los turistas que se animan a conquistar Francia. Esta isla, situada en el estuario del río Couesnon, tiene lo mejor de los atardeceres de Normandía, lo mejor de la historia antigua, lo mejor de los pueblos que no han cambiado con el paso de los siglos. Durante mucho tiempo, en cualquier caso, fue difícil acceder a la isla: solo podía hacerse vía terrestre cuando la marea estaba baja, o vía marítima cuando la marea era alta. Hoy en día, si las mareas suben demasiado se cubre por completo la construcción que nos permitiría tomarla. Este juego de mareas es un espectáculo, como lo son las olas que se levantan en torno a la isla.

La cultura celta nos habla de un bosque, llamado Bosque de Scissy, donde se localizaba un gran peñón que terminó siendo rodeado por las aguas del mar. No hay ninguna prueba que certifique que este bosque existió, por lo que es una de las tantas leyendas en torno a este lugar. Lo localizamos aquí, por cierto:

Monte Sant-Michel

La leyenda más popular es la que sigue. A comienzos del siglo VIII, el demonio se convirtió en un dragón marino con la intención de atacar a los habitantes de las costas de Normandía; acompañado de un ejército de seres malignos de diversa índole, aparentemente su intención era ensañarse con aquellos que aún creían en esta cultura celta mencionada, asentados sobre todo en un monte que se localizaba en pleno mar. El arcángel San Miguel llegó a conocer los planes del demonio, y se propuso detenerlos. Con su propio ejército de seres celestiales, bajó del cielo a Normandía para dar su merecido a estas fuerzas del mal. Fue una gran batalla, según la leyenda; una batalla que duró días y que podría haberse resuelto en favor de cualquiera de los dos bandos. Pero ganó San Miguel, que acabó con sus propias manos con ese dragón marino.

Aubert de Avranches, obispo de la localidad de Avranches, presenció esta batalla y quedó tan maravillado como el resto. Poco después, vivió algo aún más espectacular: el mismísimo arcángel San Miguel se le apareció en sueños, hasta tres veces, ordenándolo construir un oratorio en el monte que con tanta fuerza había defendido, para así conmemorar la victoria del bien. No fue hasta la tercera visión cuando Aubert de Avranches cumplió con los deseos del emisario del Altísimo, así que san Miguel le dejó una marca en la cabeza con forma de cruz, un poco como castigo. En el año 709, en cualquier caso, el monte ya contaba con su oratorio y sus reliquias imprescindibles, y se bautizó como solo podía ser bautizado: como San Miguel. Es decir, Saint-Michel.

Monte Sant-Michel (2)
Foto: Matt Seymour
Judith Torquemada
Periodista. Escribo sobre cine, libros, música y viajes. También escribo historietas varias. Se me da bien hablar de Escocia, enamorarme de personajes ficticios, cantarme las canciones de Xoel López y fantasear en general. ¡Por Frodo! Y por Ned Stark. Y por Taylor Swift.

¿Apuestan más por el cine las plataformas de streaming o las productoras y distribuidoras tradicionales?

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