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Los puntos fuertes y las debilidades de ‘La casa de papel’ en su cuarta temporada

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‘La casa de papel’ nos ha ofrecido otra temporada que devorar en un día. Con los ánimos más calmados y dispuestos a desentrañar todo lo que tienen estos nuevos episodios y sin otra cosa que hacer mientras esperamos la quinta parte, vamos a repasar los puntos fuertes y las debilidades que hemos encontrado, partiendo de la base de que, en general, ha sido una buena temporada. Cuidado con los spoilers.

Me ha gustado especialmente la forma en la que ha sido concebida esta temporada. Sus creadores parecen apostar menos por la acción y más por la parte humana en los primeros compases, y esto es importante para que volvamos a recordar por qué estamos donde estamos: por los personajes. Teníamos que reconectar con ellos, volver a sufrir por ellos, así que nos dan una tregua de 48 horas para que los volvamos a sentir cercanos y empaticemos con sus conflictos. La parte humana de ‘La casa de papel’ ha sido siempre muy importante, y aunque es la acción la que nos lleva a sufrir taquicardias, necesitamos comprender, conocer y querer (u odiar) a esos personajes para que esa acción taquicárdica tenga un efecto en nosotros. Eso se consigue en los primeros episodios, por eso los últimos nos afectan tanto.

Nos afecta porque lo que les pase a estos personajes nos afecta. Me decía Álvaro Morte, con mucha razón, que una de las claves de este éxito de ‘La casa de papel’ es que ya conocemos y queremos a los personajes, por eso el fenómeno sigue creciendo. No vamos a dejar de quererlos, ni siquiera aunque estemos un tiempo sin saber de ellos y por tanto nos despeguemos un poco de las emociones que nos provocan. Son el punto fuerte de esta ficción, a mi modo de ver las cosas. Y si en la tercera parte sentí que la introducción de los nuevos rostros se había quedado un poco a medias, en esta nueva entrega considero que el peso de los de siempre y el peso de los nuevos está perfectamente equilibrado; ya queremos a los primeros y los segundos nos importan más que nunca. De hecho, personajes como Marsella (Luka Peroš), que habían pasado un poco desapercibidos, se han llevado buena parte de los comentarios posteriores al visionado.

La casa de papel - Palermo
Palermo (Rodrigo de la Serna) es otro personaje que me ha gustado mucho esta temporada

De todos los personajes hay que destacar una construcción milimétrica, que se aprecia sobre todo en el Profesor (Álvaro Morte), con sus gestos y hasta su forma de caminar (le reconocimos en el tráiler de la cuarta temporada con careta puesta). Tienen una personalidad definida, y aun con sus pomposidades y su histrionismo siempre nos resulta real. Buena parte de culpa de que esto sea así la tiene el reparto, que otra vez destaca como hay que destacar: en la línea con el tono de la serie, haciéndonos creer que sus personajes tienen vida de verdad.

Digo que los personajes son el punto fuerte de esta ficción, y lo son, sobre todo cuando están unidos. Cuando son La Familia. El choque entre las distintas personalidades y el mensaje que esto nos manda entre líneas (que personas muy diferentes pueden llegar a entenderse y quererse) tiene mucha fuerza; a poco que seas algo sentimental, a poco que quieras a uno de ellos, ya estás dentro, porque te gusta este mensaje. A mí me gusta mucho pensar que hemos aprendido a querer a esta gente a través de los ojos de quienes los rodean, a través de interacciones entre ellos, de comparar modos de actuación y comportamiento, formas de entender la vida. Los creadores de ‘La casa de papel’ siempre han apostado por esto, y en esta temporada tiene aún más valor que nunca, porque hemos perdido a uno de nuestros miembros más queridos y todos han llorado por ello, a pesar de las diferencias y los conflictos. Porque se llevan al límite los unos a los otros, pero también se proporcionan calma, consuelo y comprensión cuando menos lo esperamos. Y algunas relaciones son más especiales que otras, como la de Nairobi (Alba Flores) y Helsinki (Darko Peric), pero hay complicidad incluso entre quienes no se terminan de entender. Y esto… Pues esto es muy bonito. Y está muy bien logrado.

En general: las relaciones entre los personajes, sean de La Familia o no. La que tienen Alicia Sierra (Najwa Nimri), que esta temporada también ha sido una sorpresa, y nuestra querida Raquel Murillo (Itziar Ituño) nos ha regalado tensión, conversaciones llenas de significado y esa dualidad que siempre ha existido en ‘La casa de papel’ entre “no te entiendo” y “te respeto”. Cuando Nairobi muere, por ejemplo, Sierra pide respeto por la compañera caída de Raquel. Es un pequeño detalle, pero dice mucho de ellas y de la relación que las une.

La casa de papel - Alicia y Raquel
Varios de los mejores momentos de la temporada los han protagonizado ellas

Os guste o no: Gandía (José Manuel Poga). En realidad os gusta, solo que no lo estáis viendo con perspectiva. Narrativamente hablando, os gusta. El personaje de Gandía nos ha dado una dosis de acción y tensión necesaria para que todo lo anterior tenga aún más valor; cuando más queremos a nuestros personajes es cuando tenemos miedo de perderlos, y por fin tenemos un villano en ‘La casa de papel’ que ha hecho que el universo de la Resistencia se tambalee de verdad. No nos engañamos: la policía ha tenido sus victorias, pero nunca nos ha dado demasiado miedo. Gandía da terror. Ha sido un gran acierto apostar por él como se ha apostado.

Por cierto: esos flashbacks que nos llevan al momento en que él y Berlín (Pedro Alonso) se conocieron… Excelencia. Cuánto me hubiera gustado ver una batalla sin máscaras entre ambos.

La casa de papel - Gandía
Todos odiamos a Gandía, pero vaya papelón

Por otro lado, hablando siempre desde un punto subjetivo pero mirando por el rabillo del ojo las opiniones generales, creo que la mayor debilidad de ‘La casa de papel’ está sujeta a esta pregunta: ¿nos lo creemos o no? Hay cosas que, uno piensa, simplemente no pueden ser. A veces tengo la sensación de que se han olvidado de lo que ha sucedido dos escenas antes; por ejemplo, Tokio (Úrsula Corberó) emborrachándose sin control para media hora después extraer un cacho de pulmón a Nairobi (Alba Flores) en una complicada operación. Siempre hemos tenido esta clase de momentos en ‘La casa de papel’ y a mí, por la razón que sea, no me molestan en exceso, pero es cierto que pueden sacarte de la ficción si estás peleón y decides no creértelo. Si decides dejarte llevar, puedes hacerlo. Yo puedo, al menos.

Apunta mi compañera Rosa Suria que esos momentos surrealistas siempre han estado presentes en ‘La casa de papel’, pero que antes tenían su base en la extrema inteligencia del Profesor. No te lo podías creer… hasta que él te lo explicaba. En esta cuarta temporada no siempre se explica todo; se hace, se muestra y ya está. Si tenemos un plan descabellado, queremos la explicación posterior. No solo para creérnoslo: también porque nos encanaban esas explicaciones.

La casa de papel - Antoñanzas
El ejemplo que me pone mi compañera es el de Antoñanzas. ¿Cómo entraron en su casa? ¿Por qué todo tan atropellado? Queremos saber, queremos detalles.

También ciertos discursos y conversaciones pueden sacar al espectador de la ficción. Leía por ahí que algunas partes del guion parecen sacados de la época Tuenti; es decir, un poco como reunir un conjunto de frases manidas que de tanto decirse pierden significado. Yo creo que las intenciones siempre son muy buenas, que si Nairobi denuncia que las mujeres corremos peligro volviendo solas a casa es porque sus creadores así lo sienten, pero en muchos momentos estos discursos no respetan un camino de coherencia para con las escenas. Y esto puede ser un error.

La casa de papel - Nairobi
Pero a nuestra bellísima Nairobi se la quiere, y punto

En cualquier caso, en general, como ya he dicho, esta cuarta temporada ha sido una buena temporada. Emoción y acción a partes iguales, sin que una entorpezca a la otra. La tenéis ya en Netflix.

Judith Torquemada
Periodista, taikista, marvelita y feminista. Escribo sobre cine, sobre libros y sobre viajes. También escribo historietas varias. Se me da bien hablar de Escocia, enamorarme de personajes ficticios y fantasear en general. Por Frodo. Y por Ned Stark.

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