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Rescatando ‘Outlander’ – 1×11: la marca del diablo

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¿Qué pasa en ‘Outlander’ – 1×11: ‘la marca del diablo’?
Claire (Caitriona Balfe) y Geillis (Lotte Verbeek) se enfrentan a un juicio, acusadas de brujería. Aunque Ned Gowan (Bill Paterson) acude en su ayuda, su defensa no es suficiente y es Geillis quien debe sacrificarse por las dos. Jamie (Sam Heughan) acuda al rescate de Claire, y juntos escapan cuando ya no hay nada que hacer por Geillis. Claire, abatida, completamente derrotada, le cuenta la verdad a Jamie: la verdad sobre quien es y la verdad sobre su viaje. Jamie cree en ella, y le ofrece la oportunidad de volver a su mundo. Aunque Claire está a punto de tocar esas mágicas piedras y regresar a su siglo, finalmente decide quedarse.
Dirigido por Mike Barker. Escrito por Toni Graphia.


Este undécimo episodio de ‘Outlander’ no es solo uno de los más importantes: es, además, uno de los que más conclusiones extraemos. Conclusiones que se extienden en el tiempo y que marcan el devenir de las temporadas, porque prácticamente con cada afirmación que se realiza en esta hora de duración tenemos un crecimiento para los personajes y también un avance en la trama. Y este capítulo contiene, por supuesto, el momento. El momento que todos esperábamos. Pero llega más tarde, casi al final. Empezamos.

El juicio a las brujas

Una de los elementos más interesantes de ‘Outlander’ en estos primeros compases de la ficción tiene que ver con la relación de Claire (Caitriona Balfe) con Geillis (Lotte Verbeek). Como venimos analizando desde el principio, entre ambas existe una conexión instantánea, pero también un recelo por los secretos que ambas esconden, y por los secretos que saben que esconde la otra. Su relación está basada en un constante tira y afloja que se ve también en este capítulo, que además lo cierra todo entre ellas, al menos en este siglo. Y lo cierra muy bien.

Claire y Geillis están encerradas en una cueva oscura y fría, sin apenas comida, sin más compañía que la de la otra, y sin ningún tipo de consuelo. Pienso, al principio, que Claire está desesperada porque es plenamente consciente de lo que les sucedía en el siglo XVIII a las mujeres acusadas de brujería. Lo cierto es que Geillis también lo sabe, pero no es desesperación lo que hay en ella. Hay orgullo, como siempre ha habido, un orgullo que se refleja en su silencio y en sus miradas a Claire. Sin dejar de sentir ese recelo, respeta a su compañera, otra constante entre ellas. Un cierto tipo de respeto que sentimos por quienes llegamos a ver como enemigos al tener objetivos distintos, que serían sin duda amigos de estar en el mismo bando. ¿Están en el mismo bando?



En el juicio, lo están. También aparece Ned Gowan (Bill Paterson), dispuesto a enfrentarse no solo al pueblo que las acusa, también al mismísimo Colum MacKenzie (Gary Lewis). Gowan lo deja bien claro: Colum se ha opuesto a su rescate. El abogado actúa por su cuenta, porque también él respeta a Claire, que además está casada con Jamie (Sam Heughan), ausente, pero siempre presente. El resto de los presentes en la sala, jueces incluidos, no sienten ningún respeto ni por Claire ni por Geillis. Mucho menos los testigos que van pasando por la sala. La criada de Geillis, a quien sin embargo Gowan desmonta. También la madre del bebé a quien Claire encontró casi muerto en el bosque. La acusa de brujería contra él, porque en efecto murió, pero también Gowan consigue dar la vuelta a su testimonio.

La propia Claire se deja en un lugar regular, pues no puede evitar vociferar que es inocente y cargar, por ello, contra la audiencia deseosa de verlas arder. ¿Qué era lo que provocaba que esas personas tuvieran tantas ganas de ver cómo se quemaban?, se pregunta Claire. Yo también me lo pregunto. Entramos aquí en un conflicto de épocas. Creo que ese pueblo necesitaba un enemigo al que poder derrotar, y creo también que el ser humano ha disfrutado históricamente de pisotear a quienes considera inferiores. Las brujas, contrarias a la religión, adoradoras de la maldad, incapaces de explicar, eran inferiores dentro de su concepto de moral. Eso creo.

También pienso, como dice Gowan, que la estrategia vociferadora de Claire es una mala estrategia. Pero ya conocemos a la protagonista de esta historia, y sabemos que también en ella hay orgullo y un deseo imposible de retener de poner lógica a todo lo imposible con lo que se va cruzando. Un juicio contra dos mujeres acusadas de brujería es mucho más de lo que puede soportar, así que no puede callar. Lo que vemos en ese juicio, por cierto, es fantástico. Es un capítulo de lo más emocionante para quienes, como yo misma, sientan predilección por los dramas judiciales.

Concluye el primer día, y tendrán un segundo. Esa noche, también a la mañana siguiente, las cosas entre Claire y Geillis están menos tensas. Descubrimos que lo que unió a Geillis y a Dougal MacKenzie (Graham McTavish) fue la política: Geillis es, como el propio Dougal, una jacobita que ha estado recaudando dinero para la causa. Pero lo que existe entre ellos va más allá. Es el único hombre que encaja bien con ella, le dice a Claire, y más tarde entendemos todo lo que hay en esta afirmación. Hay una lucha eterna por Escocia, pero también hay amor. Geillis quiere de verdad a Dougal, lo vemos, lo sentimos en la oscuridad de esa cueva.

También vemos que Claire quiere a Jamie. Es el nombre que grita cuando duerme, le dice Geillis. Hace varios capítulos que no pensamos en Frank, que la voz en off de Claire no nos lleva hasta él. Es más que evidente lo que hemos visto en imágenes: Claire se ha enamorado de Jamie. Contra todo pronóstico inicial, siguiendo la atracción más evidente que surgió desde el principio.


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Segundo día del juicio. Amanecen contemplando la libertad de un estornino entre las rejas de la jaula en la que están atrapadas; otra imagen muy significativa, en esta ocasión una imagen que nos habla de la vida. Claire y Geillis están a punto de perderla. Se acercan a la hoguera con el testimonio de Laoghaire (Nell Hudson), cuyas lágrimas y cuya historia de desamor con Jamie, pociones de amor incluidas, deja a Claire en una muy mala posición. Sucede algo parecido con el padre Bain (Tim McInnerny), si bien su testimonio nos sorprende por sus concesiones a las artes curativas de Claire. Claro que esas palabras las carga el diablo.

No hay vuelta atrás. Gowan les suplica que elijan: puede salvarse una de ellas, o pueden condenarlas a las dos. Claire es la persona que mejor posicionada está para salir airosa, pues la fama de Geillis como bruja viene creciendo desde hace tiempo. Y aunque todo parece estar dispuesto para que, en efecto, Claire declare que ha sido hechizada por Geillis, no puede hacerlo. Simplemente, no puede hacerlo. No puede testificar contra una mujer inocente, contra una amiga. Contra la única amiga que ha tenido allí, en otro tiempo, en otra vida. Así que las condenan a ambas, y Claire termina de perder los nervios. Enloquece, los maldice, los insulta. Antes de morir, por tanto, tiene que recibir un castigo: azotes. Cuando Geillis aparta la mirada de esa escena atroz, yo siento un escalofrío.

Es entonces cuando aparece Jamie. Siempre he pensado que es en ese momento cuando Geillis toma la decisión, porque es Jamie quien aparece, no Dougal. Creo que esto es determinante. Siempre lo he visto en sus ojos. Geillis toma la decisión: Claire no es una bruja, pero ella sí lo es. Enseña, como prueba, la marca del diablo. Habla de sus encuentros con éste, se desnuda, enseña el fruto de sus relaciones. Así que la multitud, enloquecida, se olvida de Claire, que aprovecha para escapar, pero condena a Geillis a la hoguera.

Antes de esto, Geillis tiene algo que decirle a Claire: aun sin que ninguna haya desvelado sus secretos, “es posible”, le dice. 1968, le dice. Volveremos a ver a Geillis. “Sólo lamento no tener más que una vida que perder por mi país”, le dice Claire en esa cueva. Como resumen de una parte muy importante de lo que es esta serie.


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Llévame a casa

Claire y Jamie escapan. Son muchos los momentos en los que Claire se muestra conmocionada en esta serie, pocos como este. Apenas puede levantar la mirada. No deja de llorar. Pero cuando Jamie le pregunta si es una bruja, porque ella también tiene esa marca del diablo, Claire se arma de valor. Como si no tuviera nada que perder. En realidad, pienso, está cansada. Está exhausta. Ha visto tantas injusticias, se ha encontrado con una sociedad tan intolerante, tan anclada en un siglo que no entiende, que solo encuentra esperanza en Jamie y su carácter. Así que le cuenta todo. Le dice que la marca del diablo es, en realidad, la vacuna contra la viruela, y también le cuenta todo lo demás. Desde el principio. Le habla de Frank, de los jacobitas, de su vida en otro tiempo, en otra vida.

Es en este capítulo en el que yo me enamoré de Jamie Fraser. Por todo lo que sigue. “Confío en tu palabra y en tu corazón”, le dice Jamie cuando todavía Claire no ha empezado su relato. “Confío en que hay una verdad entre nosotros”, añade. Porque cuando has alcanzado el grado de intimidad y conexión que han alcanzado ellos, simplemente sabes que en ese espacio que queda entre los dos no puede haber mentiras sustanciales. No hay mentira que empañe la verdad que existe. Jamie lo sabe.

Y, cuando ya lo sabe todo, lo que lamenta de que Claire tratase de escapar y volver con su marido no es este hecho, es que le castigara por ello. No es Claire no siendo suya, es Claire siendo castigada por intentar ser quien es. Es Claire no siendo libre. Esto es querer. Por eso esta historia ha pasado a la historia. Y hay muchísimas cosas que les separan ahora que no queda ninguna mentira, pero aun así Jamie abraza a Claire y Claire no solo se deja abrazar: quiere estar ahí, en sus brazos.

Pero si hay un momento exacto en el que decidí que una pequeña porción de mi corazón le pertenecería para siempre a Jamie Fraser es el momento en que decide llevar a Claire a casa. Mientras le habla de la suya propia, de Lallybroch, la conduce sin decir una palabra hasta Craig Na Dun. Porque Claire tiene que poder decidir, tiene que ser libre, tiene que ser quien es. Antepone el bienestar de la mujer que quiere a todo lo demás, incluido él mismo. La quiere bien, por eso quiere que vuelva a casa, aunque sea sin él. “No hay nada para ti en este lado, salvo violencia y peligro”, le dice.

Sin embargo, Claire encuentra una razón para quedarse. Un anillo hecho con la llave de la puerta del que puede ser su hogar. Primeros planos preciosos, siempre de colores fríos, porque Escocia es fría, y al final calor. Claire vuelve con Jamie, y su deseo es uno: llévame a casa. A Lallybroch.


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Judith Torquemada
Periodista, taikista, marvelita y feminista. Escribo sobre cine, sobre libros y sobre viajes. También escribo historietas varias. Se me da bien hablar de Escocia, enamorarme de personajes ficticios y fantasear en general. Por Frodo. Y por Ned Stark.

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